Estoy de rodillas junto a Keith mientras gime y solloza.
—No puedo ver —dice. Su cabeza está deformada como una fruta podrida. Huelo la sangre y los sesos—. Oh, Dios, duele. ¿Mamá? Ayúdame.
Es el último... So wake up! Young lovers / The whole thing is over...
Hice bien en utilizar su grupo para comprobar las defensas del monstruo. Me enteré de información valiosa. Observé caer a cada uno de ellos. Vi cómo "M", un fornido segunda línea, corrió tras la criatura blandiendo un hacha. Conté en silencio mientras la cosa se dio la vuelta (un segundo), le cogió por la cara (dos segundos) y se arrojó contra una pared (tres segundos). M no se movió después de eso.
Después contemplé cómo los demás cazadores se ponían en posición, con redes y una escopeta. Les oí burlarse del monstruo, como niños en un patio de colegio. Unos pocos latidos de corazón después ya estaban tirados en el suelo, claveteados con las púas que habían salido de los dedos de la criatura para hundirse en sus rostros.
Obtuve una panorámica de la cosa mejor que la que nunca tuve, después de todos los meses que había estado siguiéndola. Mide tres metros de altura, quizá tres y medio, aunque suele caminar encorvado. Algo le pasa en la espalda. Tiene una especie de abrigo largo y arrugado, que siempre parece mojado de sudor o de aceite. Jirones de cabello enmarañado, como sucios gusanos amarillos, le cuelgan sobre los ojos, poblando su cabeza y también sus brazos. Sus manos, casi esqueléticas, terminan en garras.
Mi cara se calienta. He visto antes esas manos. Ya he observado esa silueta distorsionada moviéndose por mi césped. No hay duda. Esta es. Esta es la criatura que se llevó a mis hijos.
El gigante se mueve entre los cazadores moribundos como una rata correteando entre pilas de basura. Se inclina sobre casi todos, susurrándoles algo al oído, retorciendo a continuación sus cabezas hasta que el cuello se rompe.
Espero a que la criatura se vuelva hacia mí. Cuando se acuclilla sobre "K" y aferra su cabeza entre las manos, evoco a mis propios hijos. El rostro de Ethan. La voz de Chloe. La pequeña mano de Amber dentro de la mía. Refuerzo mi presa sobre la barra de hierro y casi la siento arder con mi furia. Planeo la secuencia de ataque en mi mente, igual que Vincent me enseñó a hacer: Acercarse, golpear, alejarse. Tres segundos.
Entonces, lo que parecía imposible, el brazo de K se alza, sosteniendo un destornillador al rojo vivo. Huelo la carne quemada cuando empala la herramienta en la boca de la criatura para salir por la nuca. Esta aúlla y me tapo los oídos.
El monstruo retrocede tambaleándose, lejos de K, indeciso, desorientado. Me sitúo en el ángulo correcto, justo en su ángulo muerto, y golpeo con mi barra su columna. Es como golpear un saco de cemento. Mis hombros estallan en dolor, pero el monstruo cae de rodillas. Siento temblar la barra de hierro, amenazando con caérseme.
—¡Ethan! —grito—. ¡Amber! ¡Chloe! ¡Esos son sus nombres! ¿Me estás escuchando?
Me siento enfebrecida, eléctrica, como un rayo a punto de caer a la tierra. Nada me detendrá.
Debería golpear de nuevo, pero me siento invencible, ebria con la idea de que esta cosa fea esté sufriendo. Escupe un diente gris y entonces habla. Su voz es como pelo creciéndote en las orejas.
—Chicos malos, muy malos —dice.
Después se pone en pie, en absoluto herido. Se da la vuelta para mirarme directamente. Su mandíbula, que colgaba de un jirón hace un momento, está otra vez en su sitio, sin fracturas.
—Castigo —dice, soltándome la palabra como un insulto.
Una oleada de aire, un hedor a excrementos mezclados con violetas, flota a mi alrededor. Es asqueroso, pero inofensivo. Levanto la barra para golpear otra vez, pero el gigante ya está corriendo. Me estiro para agarrarlo y me suelta un revés en la clavícula. Me acuerdo de protegerme la cabeza y rodar en la caída. La ropa me protege las rodillas, pero algo del suelo me acuchilla el muslo. Está pasando de nuevo, me doy cuenta. Parece vencido, pero cuando me muevo para matarlo se vuelve fuerte otra vez.
La cabeza de K oscila a un lado y a otro. Sus ojos miran en direcciones diferentes. Me reclino sobre él.
—Escúchame —le digo—. ¿Tenéis a alguien de reserva? ¿Conoces a otros a los que podamos llamar?
—Me dijo que era mi madre... Oh, Dios, ¿dónde está mi madre? ¿Dónde estoy? ¿Mamá? Mamá, ¿eres tú?
—Soy yo —le miento, con las palabras arrastrándose por mi garganta como escorpiones—. Soy mamá. ¿Sientes mi mano?
—Quincy, Trinity, Jude —pronuncia con una voz que no es la suya, y muere.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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