Parte 14: Quédate en la Luz

C me ha llevado a las afueras de Bear Creek, una ciudad que pasaría por un pantano si estuviera un poco más limpia. No me dirá por qué estamos aquí. Necesito abandonarle, dejarle aquí y dedicarme a lo que tengo que hacer. Pero no puedo. No es más que un niño. Es increíble lo listo que es, sí, pero carece de sentido común. Su anteriores amigos también lo sabían. Por eso eran tan protectores con él. No tiene a nadie más. Vive en una caravana con una tía y un tío, cuyo CI combinado sería una impresionante tarjeta de golf.

Sin embargo, le he contado demasiado. Debería empujarle a una alcantarilla y acabar de una vez.

Pero no es más que un chaval. Cazador, exaltado o no, es un niño. Por ahora, le seguiré el juego. No estoy sola en este cuerpo. Dentro de mí crecen unos agresores feroces que se alimentan de mi odio. Puedo sentirlos. Me siento como si nunca necesitara volver a dormir.

—En cualquier momento —dice, apuntando a un campo sin interés cubierto de hierba desigual y a la curiosa pieza de un coche. Tiembla cuando el viento sopla. Debería llevar un jersey—. Mira —dice ahora, y la forma en que lo dice me indica lo que quiere decir.

De modo que sigo su indicación y entonces yo también lo veo. Algo que sale del suelo, y otro, y otro. Son manos, manos humanas, algunas lo bastante cerca para ver un anillo en el dedo, o un reloj en la muñeca. Con lentitud, las manos preceden a los brazos, y estos a los hombros.

Seven times five! They were living creatures... —Aparecen las cabezas. Los torsos, las piernas. Los cuerpos transparentes están brillando, pulsando con colores como las medusas que ves en las exposiciones de naturaleza. Los cuerpos fantasmas que fulgen con suavidad flotan hacia arriba, rotando con lentitud. El aire está lleno de ellos. Docenas, cientos.

Mientras levitan, los cuerpos brillan con más intensidad y pierden su forma, hasta que ya no son cuerpos sino ruedas de fuego, estrellas de luz pura. Orbitan las unas sobre las otras, llenando el aire de neones de color, arcoíris de llamas pintados sobre el cielo nocturno. Algunas de las formas chocan y se unen, mezclando sus luminosos colores en espectaculares fuegos de artificio. Otras se dividen en lluvias de luz fragmentada que llamean en la noche como estrellas fugaces. Los orbes de luz bailan los unos con los otros, describiendo círculos, dando vueltas y cruzándose. Uno pasa junto a nosotros, y casi puedo ver una cara en el interior del resplandor violeta. No sé cuánto tiempo ha pasado antes de hacerse evidente que hay menos apariciones en el cielo, y compruebo entonces que están parpadeando, una a una, hasta que no queda nada más que otra vez oscuridad.

—¿Qué te parece? —dice C, y odio su voz por romper el silencio.

—¿Para qué me trajiste aquí? ¿Qué es esto?

—No lo sé. Lo encontré por casualidad, pero ocurre cada veintiún días. Como un reloj. Trato de no perdérmelo si puedo evitarlo. Es importante observarlo.

—¿Andando por qué?

—Bueno, porque... ya sabes, me recuerda a la gente como nosotros, los que sabemos que las cosas no son en realidad como todo el mundo dice que son. Pero eso no significa que lo sepamos todo. Quizá solamos ver la parte fea de las cosas, pero puede que haya más en marcha de lo que siquiera sospechemos. Si tratáramos de ver el cuadro en general en lugar de concentrarnos en las partes feas, tal vez nos iría mejor.

No contesto. No le miro. No quiero que vea la lágrima que está cayendo por mi mejilla. Tengo calor, estoy agotada, y siento el fuego enredado y serpenteante en mi interior; la lágrima parece hielo sobre mi piel. No lloro por sus palabras. Es porque acabo de presenciar la cosa más bella que jamás haya visto, y en todo lo que puedo pensar es en la urgencia con la que quiero destruirla.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."