L’Ospedale dei Viaggiatori Perduti, el antiguo hospicio para los desdichados Benandanti atrapados fuera de sus cuerpos y, por tanto, «comatosos», era lo más parecido a una sede que tenían los místicos. El material que presentamos a continuación describe aquel lugar en su época dorada para todo aquel Narrador que desee integrarlo intacto como escenario.
El hospicio fue en su día una granja de remolachas erigida en un recodo del río Po. También era el hogar ancestral de Pietro Scarpa, del que se rumoreaba que era descendiente directo del fundador de los Benandanti. Scarpa tenía casi sesenta años cuando tomó como aprendiz al hijo de su hermana, Salvatore. Salvatore, con la gallardía que confiere la juventud, se aventuró en solitario en las tierras de los muertos y se quedó atrapado en ellas. Se convirtió así en el primero de los numerosos «pacientes» del que terminaría llamándose, según rezaba en las tarjetas de visita que distribuía Scarpa, L’Ospedale dei Viaggiatori Perduti.
En el mejor de los casos, la antigua estructura de piedra resultaba inapropiada para el uso que le daba Scarpa. Las tejas habían volado durante alguna catástrofe ya olvidada y habían sido reemplazadas por una techumbre de paja. Las luces de emergencia colgaban de las perchas de los goteros o estaban sujetas a los postes de las excéntricas camas que conseguía reunir Scarpa. Incluso en el umbral del siglo XXI, el lugar todavía no estaba conectado a ninguna red eléctrica y carecía de teléfono fijo. La energía necesaria para la iluminación, los ventiladores portátiles, el anticuado equipo de seguimiento y demás procedía de uno de los tres generadores de la propiedad, uno de los cuales siempre estaba siendo reparado. La plantilla de empleados se componía de un puñado de aprendices cuyos maestros eran los pacientes. Scarpa recibía unos ingresos magros pero constantes de los maestros desposeídos para mantener el lugar (y a sus residentes) con vida.
Las urgencias médicas eran, afortunadamente, infrecuentes, teniendo en cuenta la formación autodidacta de los cuidadores. Algunos pacientes fallecían a causa de las infecciones o de inesperados ataques al corazón, pero la mayoría de los acogidos en el hospicio se limitaban a... resistir. Las verdaderas amenazas las planteaban los fantasmas que veían aquel lugar como un almacén de cuerpos a la espera de ser poseídos, y los Benandanti ajenos a la naturaleza del lugar. Al menos un místico confundió la piadosa labor de Scarpa con algún tipo de experimento ideado por olvidados Resurreccionistas, una facción extinguida que se dedicaba a proporcionar a los fantasmas los cuerpos «útiles» de personas en coma o mentalmente discapacitadas. Los jóvenes miembros de la plantilla se turnaban siempre para supervisar a sus pacientes y se asomaban a sus talismanes para prevenir cualquier posible amenaza.
En primavera e invierno, Scarpa viajaba frecuentemente de una a otra reunión del consejo de Benandanti para propagar la noticia de la existencia (y el número del teléfono celular) del hospicio a tantos místicos como le fuese posible. En verano y otoño, trabajaba junto a sus empleados. Debido a que Scarpa predicaba fervientemente en contra del Ekstasis completo, la mayoría de las llamadas telefónicas eran amenazas anónimas. Solo algunos Benandanti estaban lo bastante preocupados por los bondadosos Aislacionistas como para viajar hasta su remoto hogar y efectuar las amenazas en persona. Otros visitantes llegaban desesperados, no enfadados, para ingresar una nueva carga humana, no para airear sus iras.
Narrador: El Hospital de los Viajeros Perdidos
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