La Ciudad Sobre un Monte

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Rachel:

Me disculpo por anticipado por contribuir al drama vespertino. Cuando regreses y leas esto yo debería estar a muchas millas de distancia, por lo que espero que no te arriesgues a enfrentarte al Sol para buscarme. Me he llevado todo lo que quiero conservar, el resto es tuyo para que hagas con ello lo que quieras. Quémalo si quieres, aunque debo señalarte que algunas cosas podrías venderlas a buen precio en el mercado de antigüedades dentro de una o dos generaciones.

Sin duda pensarás que es otra de mis estratagemas, algún intento de castigo, alguna zancadilla maternal. Tendrías buenas razones para ello. Eso es lo primero que quiero decirte ahora, lo que soy incapaz de decirte a la cara. A tu hermosa cara. Tenías razón. En todo. Ya está, ya lo he hecho. Y este gran alivio (la sensación de paz, como no la he sentido en décadas) me confirma que hago lo correcto, sin importar el daño que nos cause a corto plazo.

Mi Chiquilla, te tomé porque creía que tu alma era semejante a la mía. Aún siento que lo que compartimos es profundo, que la misma pasión nos sustenta más allá de la muerte: la misma intransigencia, el mismo desamor. Pero, al parecer, lo que no compartimos también es muy fuerte, quizás demasiado. Hay grilletes en mi alma que no puedes ver y tal vez nunca entiendas. Pese a todas mis valerosas palabras y hazañas, aún me atan esos fantasmas: el del Dios en cuya cara escupí, los de los guardias de la cárcel que aplastaron huevos crudos dentro de mi garganta, el de la madre que interpretó mi rebeldía como un signo de odio hacia todo lo que ella era, los de los vecinos que murmuraban que la única razón por la que querría tener un trabajo y vivir por mi cuenta era para prostituirme (o sucumbir a vicios aún más antinaturales). Se suponía que la no-muerte sería mi escapatoria. Sin embargo, allí estaba yo al cabo de un año, contemplando cómo el Príncipe obligaba a mi Sire a entregar su bien atendido dominio a su Antiguo, recién despertado de un sueño de medio siglo.

Para ti, éstas son rarezas desconcertantes de una civilización extranjera y primitiva. Te encoges de hombros ante ellas como una semidiosa. Supongo que es una señal de nuestra victoria, mía y de mis hermanas muertas desde hace mucho, y aun así siento envidia en vez de alegrarme por ti. Ahora veo que la envidia ha envenenado nuestro amor y, si supiera como arrancármela, lo haría, pero no tengo ni idea de por dónde empezar. Lo siento, Rachel. No pretendía decir lo que dije antes, o espero no haber pretendido decirlo. En cualquier caso, era mentira. Eres libre. Siempre lo has sido, por derecho natural y, todavía más importante, por tu educación. De todos modos, para lo que pueda servir, especialmente tan lejos de lo que se supone que es la sociedad de los nuestros, te libero formalmente. No creo que el Barón cuestione tu palabra, pero esta carta debería bastar como prueba en caso de necesitarla. También puede confirmarle que no hay una nueva Diabolista suelta, o algo así. Está paranoico con ese tema.

En tu nueva soledad, por muy breve que sea, puedes preguntarte “¿adónde iré ahora?”. Después de todo, has pensado en viajar (sí, sé cómo encontrar un historial de navegador, querida). Puedes sentir que ha llegado el momento de presentarte ante tus colegas de otros dominios Anarquistas, una presentación que una vez te prometí. Obviamente, estoy rompiendo esa promesa (no es la primera vez), pero déjame darte lo mejor que puedo dadas las circunstancias, es decir, información para ayudarte en tus decisiones.

Me esforzaré para no sucumbir a la tentación de aconsejar. Lo que has conocido en tus pocos años es sólo un modo por el que los Anarquistas nos organizamos, cuando conseguimos hacerlo. Valoramos profundamente las idiosincrasias o, al menos, el derecho a tenerlas, y en otros dominios debes tener cuidado de no atreverte a decirles cómo ser Anarquistas.

Ay, ¿lo ves? Ya he fallado en mi resolución. De todos modos, proseguiré.

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