05 - La Dinastía Omeya

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El califato gemelo que compartían Mu'awiya y Alí continuó mediante el hijo mayor de Alí, Hasan, pero en cuestión de años Mu'awiya le obligó a abdicar a cambio de un enorme soborno de cinco millones de dinares. Hasan se esfumó de la política para rehacer su vida en sus vastas propiedades, y el califato pasó a Mu'awiya en solitario, quien desde el principio tomó la firme decisión de evitar cualquier futuro problema sucesorio... tenía la intención de crear una dinastía.

Mu'awiya fue un maestro de la conspiración y extremadamente traicionero, y no le importaba traicionar o asesinar a un amigo con tal de mejorar su propia situación. Al mismo tiempo era un líder y hombre de estado brillante, y su reinado contribuyó de manera importante a deshacer los abusos de Uthman, su pariente. Gobernando el imperio desde Damasco sus generales continuaron con la expansión de la influencia islámica hacia el norte de África, los limites de China y las murallas de la propia Constantinopla. En dos ocasiones, el año 669 y el 674, los ejércitos musulmanes combatieron contra los bizantinos bajo la sombra de su gran ciudad, que les rechazaron. Mu'awiya, gobernante inteligente e imaginativo, creó una armada islámica y re diseño las tácticas del ejército según el modelo de falange bizantina apoyada por caballería a los flancos. Representó una transición desde los gobernantes islámicos al estilo rudo de Arabia, hacia un tipo de califa más civilizado que intentaba emular a Bizancio y Ctesifón. Sin embargo, al contrario que los bizantinos Mu'awiya, insistía en seguir siendo accesible para su pueblo, e incluso hacía algún chiste cuando alguien acudía a su corte para pedir algo. Era la viva imagen del déspota ilustrado y gobernó durante veinte anos, después de las cuales pasó el califato a su hijo Yazid.

Yazid, hijo de una cristiana de nombre Maysun, era un hombre amigable y encantador enamorado del arte y la poesía pero sin talento para el liderazgo. Se dice que no pasó sobrio ni un solo día de su reinado. Gobernó el imperio durante tres años, y fue una completa tragedia sin remedio. En su lecho de muerte Mu'awiya había avisado a su hijo de que la mayor amenaza a su gobierno procedía de dos hombres: Husayn ibn Alí, el segundo hijo de Alí y Abdullah ibn Zubayr, un chiíta de La Meca que se
negó a jurar lealtad a los Omeyas. El primer acto de Yazid como califa fue enviar mensajeros a ambos para pedir su juramento de lealtad, y en breve le fueron enviadas de vuelta las cabezas de los dos mensajeros.

Convencieron a Husayn, que habitaba en al-Khufa, en el hogar de su padre, de que se rebelase y usurpase el califato. Los Ashirra, que habían protegido a los hijos de Alí del peligro durante el reinado de Mu'awiya, se sintieron obligados de nuevo a contribuir a un intento de rebelión. Los Ashirra concentraron sus esfuerzos en ir dando forma a un levantamiento popular de apoyo a Husayn, pero el hijo de Alí no tenía paciencia para emplear tácticas indirectas y partió sin perder un instante a Damasco. Yazid, alertado de la inminente llegada de Husayn, ordenó que lo interceptaran a sólo treinta kilómetros de al-Khufa y lo aniquiló junto con toda su cohorte mientras sus mayores aliados dormían incapaces de intervenir. Este acto tan precipitado de Yazid polarizó a sus oponentes, y los dos hijos de Alí pasaron a ser venerados por los chiítas como mártires. El asesinato no sólo encendió el odio de esta secta. sino que tuvo repercusiones que amenazaron con dividir a los Ashirra también. Los hombres de Yazid perseguían y asesinaban a los chiítas donde quiera que los encontrasen. Por primera vez en casi un siglo cazaban vampiros en las ciudades islámicas, no por ser lo que eran, sino por creer en lo que creían. Suleiman instó a las Ashirra a permanecer a un lado de esa masacre... en las manos de los Cainitas ya había demasiada sangre. Pero muchos de los Ashirra, sobre todo el Brujah Khalid, se negaron en redondo: el asesinato de los hijos de Alí clamaba venganza, y nadie excepto los Ashirra tenía la fuerza para llevarla a cabo. Por primera vez en su historia, los Cainitas musulmanes se vieron castigados por luchas intestinas justo cuando el imperio necesitaba con más urgencia su influencia.

Con la muerte de Husayn, Yazid pasó a dedicar su atención a Abdullah ibn Zubayr. que continuaba protestando contra los abusos de los Omeyas desde la ciudad santa de La Meca. Zubayr envió agentes a las calles de La Meca y Medina, provocando un levantamiento contra el gobernador local. Yazid respondió con un ejército de 12.000 sirios enviados a acabar con la incipiente revuelta. Un ejército rebelde partió de Medina para combatir a los sirios pero no podía equipararse a las fuerzas del califa. Yazid había ordenado al comandante del ejército que no mostrase compasión, y éste siguió sus órdenes al pie de la letra. Tres días después del enfrentamiento, el ejército sirio llegó a Medina y se dedicó a expoliar a sus habitantes y saquear sus hogares. Los sirios convirtieron la mezquita de Muhammad en un establo y destruyeron universidades, hospitales y escuelas y luego se dirigieron a La Meca. El ejército capturó los cerros que rodeaban la ciudad y llevaron maquinas de guerra para atacar a los defensores hasta que capitulasen. Durante el prolongado bombardeo, la sagrada Ka'ba ardió hasta los cimientos, y la piedra bendita se partió en tres pedazos. Abdullah envolvió los fragmentos en un paño de seda y los escondió en su casa hasta que levantaron el asedio.

La Meca nunca se sometió a los sirios: llegaron noticias a los atacantes de la muerte de Yazid el 10 de noviembre de 683, y regresaron a Damasco dejando al mando a Abdullah. El hijo de Yazid, Mu'awiya II, murió por una plaga justo dos meses después de convenirse en califa. Para sucederle los Omeyas recurrieron a Marwan ibn Hakam, que murió también después de llevar menos de nueve meses en el poder. Para cuando su hijo 'Abd al-Malik llegó al poder, el imperio estaba acosado por los enemigos externos e internos, y requería un líder fuerte y brillante como el primer Mu'awiya, pero con 'Abd al-Malik lo que obtuvieron fue toda la fiereza de aquel, pero nada de su encanto. Durante veintiún años lucho con tenacidad para mantener unido el imperio y eliminó sin miramientos a los disidentes de Arabia, Irak e incluso su Siria nativa.

Persiguió y mató a los chiítas siempre que le fue posible, hasta que el movimiento se volvió solapado y sus creyentes comenzaron a ocultar su auténtica fe. Para combatir el reinado del "anticalifa", Abdullah en La Meca, 'Abd al-Malik ordenó la construcción de un templo aún mayor en donde los súbditos leales del imperio pudiesen rezar. La Gran Cúpula de la Roca se erigió en Jerusalén sobre las ruinas del templo de Salomón porque allí fue donde Muhammad montó sobre su caballo con alas para regresar volando a La Meca. Irónicamente este salvaje califa dio comienzo a una era de gloriosa arquitectura y arte con mosaicos que convirtieron las casas, las mezquitas y los edificios públicos en elegantes y hermosos objetos de reflexión y hermosura. Trece años después de alcanzar el poder. 'Abd al-Malik rompió la influencia de su rival Abdullah en otro asalto más a La Meca. Al morir, el califa logró entregar la responsabilidad de gobernar el imperio en un periodo relativamente pacífico a su hijo al-Walid, que a su vez vivió el momento álgido del Islam en cuanto a poder e influencia.

Al-Walid reinó durante la etapa más grandiosa de la dinastía Omeya, y posiblemente de todo el dominio islámico en general, aprovechó al máximo la paz que con tanto esfuerzo había alcanzado su padre y construyó maravillas arquitectónicas como la mezquita omeya de Damasco, contratando a artesanos desde lugares tan lejanos como Bizancio para adornar sus muros. Cuando la increíble estructura estuvo acabada, los cuadernos de cuentas del proyecto eran tan numerosos que debieron acarrearlos una comitiva de dieciocho mulas: al-Walid se negó ni tan siquiera a mirados, y ordenó que se quemasen. Los sabios se convinieron en importantes figuras en la corte durante una etapa en la que el califa hizo traer a eruditos de todo el imperio para refinarlo. Los generales de al-Walid, libres de nuevo para poner sus ojos más allá de las fronteras del imperio, sometieron a la zona norte de la India al dominio islámico.

Pero la mayor conquista de todas, mayor incluso que el triunfo sobre la antigua Persia, tuvo lugar en 711 cuando un berebere desconocido de nombre Tariq ibn-Ziyad cruzo el angosto estrecho que separa África de España. Después de conquistar una isla rocosa que aún lleva su nombre (Jabal Tariq o Gibraltar), avanzó con 7.000 hombres y cayó sobre la provincia española de Algeciras. Allí puso en fuga a un ejército de 25.000 hombres al mando de Rodrigo, el último rey visigodo.

En tres años los musulmanes habían hecho retroceder a los españoles hasta las faldas de los Pirineos, y lo que comenzó como una incursión repentina se convirtió en el saqueo del reino más acaudalado que los musulmanes habían visto nunca. Cuando los conquistadores de España hicieron su entrada triunfal en Damasco en 715 fue al frente de una columna de 400 nobles visigodos que aún llevaban sus pesados collares de oro que indicaban su rango, mil vírgenes españolas y una caravana llena con un botín de oro y joyas que se prolongaba a más de un kilómetro de distancia. Al-Walid vivió para presentarle el convoy de riquezas al pueblo en el patio de la Gran Mezquita Omeya, y murió dos semanas después, en la cumbre de la gloria del imperio. Después de su fallecimiento los Omeyas siguieron gobernando durante otros treinta y cinco años, pero en la fortaleza chiíta de al-Khufa se alimentaban pacientemente los fuegos de la rebelión.

La persecución de los chiítas había continuado durante toda la dinastía Omeya, y cada año que pasaba más actos de violencia alimentaban la furia de sus miembros. Los miembros más resentidos de los Ashirra, liderados por Khalid, no deseaban otra cosa que atacar a los "usurpadores" que ostentaban el título de califas. A la manera tradicional de los Cainitas esperaron a que apareciese un líder mortal adecuado para comenzar el asalto al poder omeya. Mientras tanto, Khalid estrechó los lazos con los Ashirra Banu Haqim de Alamut. Finalmente dos líderes chiítas comenzaron a destacarse, listos para ahogar en sangre a los omeyas: un antiguo esclavo persa que se hacía llamar Abu Muslim, y Abdu'l-'Abbas Abdullah, líder del clan abasí. Ambos reunieron un ejército de 120.000 hombres en al-Khufa, y Abdu'l-'Abbas juró lealtad al recuerdo de Alí, y a continuación fue elegido califa por los chiítas. El ejército partió a Damasco.

El ejército abasí se encontró con los omeyas cerca de Arbela en enero del 750. Los soldados abasíes estaban vestidos completamente de negro, y según se dice se movían como autómatas, haciendo caso omiso de cualquier peligro. No pronunciaron ni un sonido en la batalla, pero lucharon como demonios, e hicieron huir al ejercito omeya. Algunas de estas historias se originaron por la participación de los Ashirra y Banu Haqim que marcharon entre las fuerzas de los abasíes, pero la determinación, indignación y fanatismo de los guerreros chiítas son los máximos responsables de su destreza casi inhumana en la marcha sobre Damasco. Persiguieron a sus enemigos hasta al capital, y mataron al último califa omeya, Marwan al-Himar. Abdu'l-'Abbas, que adoptó el nombre de al-Saffah o 'Derramador de Sangre', asumió el califato y fundó una dinastía que perdura hasta nuestros días.
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