10 - En Noches Recientes

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En los años siguientes a la caída de los buwayhidas tuvo lugar la escisión del Imperio Musulmán en tres reinos. Los abasíes controlaban parte de Arabia (La Meca y Medina incluidas), Irak y Persia. Los fatímidas gobernaban Egipto, Siria y Palestina, y las marionetas omeyas luchaban por mantener su presa frente a la reconquista española. Los abasíes se vieron aún más debilitados por la muerte del nieto de Toghrul, Malik Shah, que obligó al califa marioneta a dividir el imperio entre sus tres hijos.

Esta terrible merma del poder abasí llegó en un momento crucial: en Occidente, se había hecho un llamamiento en las cortes de Francia para liberar Jerusalén de las garras de los infieles. Si los europeos se hubiesen enfrentado a un Imperio Abasí unificado, la Primera Cruzada nunca hubiera tenido éxito, pero al no ser así, no se encontraron con ninguna fuerza preparada para oponerse a los caballeros occidentales, que barrieron Palestina y tomaron Jerusalén al asalto. Mientras los abasíes observaban paralizados por el estupor, los cruzados se abrieron paso con sus filos hasta la ciudad santa y cometieron una horrenda masacre, matando a todo hombre, mujer y niño que alcanzaron, hasta que sus caballos estuvieron cubiertos de sangre al nivel de los tobillos. La bestialidad de los caballeros cristianos horrorizó a los abasíes que nunca habían podido contemplar un espectaculo tan atroz ni en sus peores pesadillas, como también horrorizó a los Ashirra ante la ola de Cainitas infieles que siguieron a los cruzados como cuervos carroñeros, asentándose en el recién formado Reino de Jerusalén y provocando todo tipo de injusticias contra los auténticos creyentes de la región.

Los abasíes observaban los acontecimientos con desesperación, deseando algún tipo de fuerza que pudiese reunir a los fieles y expulsar de la región a los invasores. Esta fuerza surgió del lugar más inesperado. Salah al-Din Yusuf ibn Aiyub era un kurdo, hijo del gobernador de Azerbaiyán, al norte de Persia. Poseía un intelecto vivaz, y una presencia imponente. Era puritano tanto en su devoción al sagrado Qur'an como en su odio a los cruzados y consideraba el Reino de Jerusalén una afrenta al califa. Tan grande era su resentimiento que reunió un ejército de seguidores para aplastar a los infieles en Palestina.

Con una serie de campañas relámpago, Salah al-Din recorrió como un huracán todo el Imperio Fatimida, poniendo Egipto, Siria y toda Arabia de nuevo bajo el control de los abasíes. Luego el gran líder dedicó su atención al odiado Rey Balduino. Al igual que los poderosos califas de antaño. Salah al-Din condujo a sus ejércitos contra los cruzados y les aplastó de forma definitiva en Hattin el año 1187. Salah al-Din capturó al rey de Jerusalén, y en nombre de la justicia le ejecutó y aceptó la derrota de la ciudad santa.

Salah al-Din trató la ciudad conquistada de la misma manera civilizada en que Umar, el segundo califa, lo había hecho hace tantos siglos atrás: los cristianos y judíos no sufrirían ningún daño, sino que tendrían que pagar de nuevo el impuesto si querían seguir en la ciudad. Quitaron la gran cruz dorada que los cruzados habían colocado en el Templo de la Roca y alzaron en su lugar la luna creciente dorada del Islam, pero por lo demás los habitantes recibieron un trato bastante mejor que los que se rindieron a los cruzados hacía casi un siglo.

Igual que la llegada de los cruzados había unido al imperio, la cuidad de Jerusalén y la llegada de Cainitas occidentales unió a las distantes facciones de los Ashirra contra un enemigo común. Ambos bandos vieron en Salah al-Din la esperanza del renacimiento del imperio, con su fe renovada y unidos en la meta de diseminar la voluntad de Alá.

Ahora, pese a que la muerte de Salah al-Din en Damasco ha sido una terrible pérdida para los fieles, Suleiman sigue aferrándose a la esperanza de que los ayúbidas (las sucesores de Salah al-Din) continúen con la obra de su fundador y expulsen a los infieles de sus escasas avanzadillas en Palestina. Mientras tanto, los combativos emplean Jerusalén como grito de guerra para impulsar alguna campaña de castigo contra los vampiros europeos atrincherados en la ciudad santa y en Antioquia, decididos a proteger a las verdaderos creyentes de su toque corruptor.

Los días de gloria del Islam han pasado, pero la esencia de su grandeza permanece. Si así lo quiere Dios, volverá a ser grande.
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