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Monica Chang, “Lady_Hemlocke” (Washington, EE.UU., 2001)

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Monica Chang, “Lady_Hemlocke” Una Ancilla Tremere que anhela una meritocracia.

Davis vaciló frente a la puerta de Monica y miró a su alrededor una vez más, como si le preocupara que lo estuvieran siguiendo. Su Auspex no mostró nada excepto música techno demasiado alta para su gusto. Satisfecho de que Monica estuviese sola dentro, Davis se pasó la mano por el pelo y presionó el timbre. Inmediatamente, ella gritó: «¡Pasa! ¡La puerta está abierta!». Se estremeció al oír aquella voz tan nasal y entró al apartamento.

Dentro la luz era tenue, procedente en su mayor parte de los muchos televisores de pantalla plana que había dispuestos alrededor de la habitación. Algunos, entre ellos uno con un salvapantallas turbulento que seguía el ritmo de la ruidosa música, funcionaban como monitores de los diversas computadoras que había repartidos por la sala. Otros estaban sintonizados con varios canales de televisión sin sonido pero con subtítulos para sordos. Unos pocos parecían ser pantallas de cámaras de vigilancia entre las cuales había una del vestíbulo. Monica Chang estaba sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá justo frente al aparato más grande, tecleando frenéticamente en un teclado inalámbrico encajado en su regazo. La gran pantalla mostraba el producto de su trabajo: una larga cadena de código de programación con frases latinas intercaladas ocasionalmente; Davis reconoció en ellas algún tipo de significado ocultista. Junto a esa pantalla había otra más pequeña en la que, extrañamente, había abierta una partida de póker online que Monica estaba jugando bajo el pseudónimo de “Lady_Hemlocke” acompañado por un caricaturesco avatar de mujer fatal.

«Llegas pronto», dijo por encima de la música sin siquiera mirar hacia Davis. La etiqueta nunca había sido el punto fuerte de Monica, una de las principales razones de que no medrase en el Clan Tremere. Ella, una Ancilla Abrazada en Hong Kong en los años 80 del siglo XIX , parecía estar orgullosa de ser tan ácida y condescendiente con sus pares como era capaz sin pasarse y, lo que es peor, también con sus superiores. Durante el siglo pasado había ido rebotando de Capilla en Capilla, la última vez de Boston a Washington, transferida por un Regente feliz de librarse de ella. En aquella época era una de las pioneras de la Senda conocida como Tecnomancia, que entonces estaba en sus inicios, y el uso cada vez más habitual de tecnología por parte de varias agencias del gobierno la había hecho valiosísima para la Capilla de Washington (algo que el Pontífice nunca admitiría en público).

«¿Siempre dejas la puerta abierta?», dijo Davis. «Has pasado por cuatro cámaras de vigilancia y seis protecciones y tu colonia se huele desde el vestíbulo», contestó ella sin énfasis y sin dejar de mirar la pantalla. «Ahora cállate. En un minuto estoy contigo». Monica ignoró completamente a su invitado durante mucho más de un minuto y continuó escribiendo su código, haciendo pausas a veces para subir las apuestas, pasar o retirarse en la partida de póker y para responder a varios mensajes instantáneos. Davis esperó pacientemente todo ese tiempo, mirando a veces su reloj, pero por lo demás negándose a morder el anzuelo de lo que creía que era una estrategia pasivo-agresiva para incomodarle. Finalmente, al cabo de casi cinco minutos, Monica pulsó la tecla “Enter” y en la pantalla principal apareció una caja gris que decía “Guardando…”. Entonces se retiró de la partida de póker pese a tener una buena mano, quitó la música, dejó el teclado a un lado y se levantó para estudiar a su visitante. Davis sonrió triunfante a la mujer que técnicamente era su superior. El Clan Tremere rara vez permitía que algo tan banal como la apariencia de una persona fuese un criterio a la hora de tomar decisiones sobre el Abrazo, pero comparado con la mayoría de Brujos, Davis era considerado muy atractivo. Era bastante joven, había pasado apenas medio siglo desde su Abrazo, pero su Sangre era potente, había sido diligente en sus estudios y ya dominaba dos Sendas de Taumaturgia. Conoció a Monica durante sus estudios introductorios a la Tecnomancia.

Por su parte, Monica era la prueba concluyente de que la belleza física no era un factor que el Clan considerase importante. Medía un metro cincuenta y ocho y estaba rellenita rayando en simplemente gorda. Rara vez llevaba nada que no fuese negro liso, y el lápiz de ojos negro y el lápiz de labios a juego acentuaban la palidez de su piel. Podría haber pasado por gótica si se hubiese preocupado lo suficiente por su apariencia como para hacer las elecciones necesarias según ese estilo. Tenía más de 150 años, pero sólo estaba a once pasos de Caín. Eso hacía que fuese notablemente más débil que Davis en muchos aspectos, pero un Tremere listo siempre tiene un truco para superar ese obstáculo en concreto. «Entonces, ¿lo has traído, chico guapo? ¿O me estás haciendo perder el tiempo?», dijo.

Davis se sobresaltó y entonces rebuscó en su chaqueta hasta que sacó un papel doblado. Se lo tendió a la otra Tremere, que se lo arrancó de la mano. Ella examinó la larga cadena de números y letras un instante y fue a un armario del que extrajo un CD-ROM. Al principio, a Davis le pareció un disco normal, pero cuando ella lo levantó para examinarlo con luz, notó que había gran cantidad de símbolos ocultistas minuciosamente grabados en su superficie. Monica lo cargó en uno de los muchos dispositivos que había y volvió al sofá y al teclado que reposaba en él. Mientras ella tecleaba, él estudiaba el nuevo código que aparecía en la pantalla principal. «Eso es… ¿latín?». «En parte. Mi propio lenguaje de programación, una mezcla de latín y COBOL. Dos lenguas muertas entrelazadas para dotar de hipertextualidad a sistemas tecnológicos cotidianos».

«¿Eh?». Davis, un neófito en la Tecnomancia, no tenía ni idea de sobre qué estaba hablando Monica. «Así que esta… hipertextualidad, junto con los códigos que he robado, te permitirá entrar en los archivos confiden- ciales del Pontífice?». Monica sonrió. «Algo así».

«¿Qué es lo que esperas encontrar ahí, para empezar?». «Lo más probable, que el Pontífice y todos mis otros supervisores piensan que soy una zorra. Lo que está bien, creo. Los hombres llaman “zorra” a las mujeres que se niegan a ser felpudos o prostitutas».

Monica acabó el programa introduciendo en la última línea la secuencia que Davis le había entregado y lo ejecutó. Era una aplicación que ella misma había diseñado, un poderoso ritual tecnomántico infiltrado en el código informático que había estado preparando durante bastante tiempo. Apareció otro mensaje, esta vez era una barra de estado, anunciando que se había comenzado a subir un archivo y que el proceso tardaría algunos minutos en completarse. Monica se levantó y pasó junto a Davis hacia la pequeña cocina que estaba separada del resto del apartamento por una barra y dos taburetes.

«¿Te apetece una copa mientras esperamos?», dijo mientras llenaba dos vasos de tubo de hielo y después sacaba una botella de un armario. «¿Te vale un bourbon?». «¿Me vale para qué?», preguntó Davis, más confundido aún por la oferta de bebida que por la discusión sobre la hipertextualidad. Monica sonrió y vertió tres dedos de un líquido ambarino rojizo sobre el hielo. Entonces hizo resbalar el vaso hasta Davis. «Tú has dominado la Senda de la Sangre. Dime qué opinas de esto». Él agarró el vaso y lo olfateó titubeante. «Esto… esto es sangre humana. Y también… ¿bourbon de Kentucky? ¿Cómo es posible?», preguntó boquiabierto. Monica sonrió. «Es un ritual alquímico. Sangre mortal en suspensión en una bebida alcohólica de forma que tiene las propiedades de ambas. Mi primer campo de estudio tras el Abrazo fue la Senda de la Alquimia. En aquel tiempo aún se consideraba que… estaba de moda, supongo”.

Él probó a tomar un trago. Entonces sonrió y exhaló innecesariamente. «Aaah. No había bebido ningún tipo de licor desde… bueno, desde que dejé de respirar. Y sin embargo, se asimila como sangre caliente. ¿Dónde encontraste este ritual?». «No lo encontré, lo inventé yo. Todavía hago mis cositas con la Alquimia, aunque el Pontífice preferiría que me dedicase exclusivamente a la Tecnomancia como una buena esclava». Se sirvió un vaso para sí misma y lo bebió con ligereza. «Tú realmente lo odias, ¿no?». «Davis, todo el mundo odia al Pontífice, hasta los que le lamen el culo con placer. Me imagino que el mismo Pontífice se odia a sí mismo cuando se mira en el espejo. Es un taumaturgo relativamente competente para alguien de su edad, pero nada especial. Ha alcanzado su posición sobre todo mediante agresivos politiqueos combinados con su baja Generación, un accidente de nacimiento que le dio ventajas sociales que no se merece por ninguna de sus acciones salvo la de sobrevivir a sus iguales. Si el Pontífice tuviera mi Sangre y la cara de un Nosferatu, estaría fregando suelos». «¿Es por eso que eres una Anarquista?», dijo Davis con picardía entre dos tragos de bebida.

«Tú eres el que usa esa palabra, Davis. No yo. Yo creo que los Anarquistas, en teoría, tienen un montón de buenas ideas. El estatus debería basarse en los propios logros y contribuciones, no en el éxito en juegos sociales juveniles o en si tuviste suerte y te tocó un Sire con Sangre poderosa. Eso no cambia el hecho de que la mayor parte de los Anarquistas son una pandilla de idiotas alborotadores que no se atienen a esas ideas, y desde luego no significa que yo sea una, no importa lo insolente que sea con el Pontífice». «Venga, Monica, no salgas con evasivas. A lo mejor no te pasas las noches pintando con espray símbolos anarquistas invertidos en las paredes de los baños, pero todo el mundo sabe que has estado hablando con Anarquistas. Tú y probablemente la mitad de la Sección de Investigación Tecnomántica de la Capilla. Cuando no estás peleándote con los Antiguos, estás enviando correos a todas partes diciendo que el Pontífice y el resto de líderes de la Capilla son un montón de fósiles que no aprecian lo que haces». «La mitad de la S.I.T., ¿eh? ¿Por casualidad sabes qué mitad?».

Davis suspiró. «Claro que no. Es por eso que estoy intentando pasar tu ritual de iniciación, ¿no? Tenía que robar el código de seguridad del Pontífice para probar que se puede confiar en mí antes de que me presentes a tus compañeros de viaje. Todos los demás han estado agachando la cabeza, pero tú no. No vas a dejar que nadie te fastidie, ni siquiera el Pontífice. Por eso te respeto. Por eso…». Davis observó su bebida durante un segundo y después volvió a alzar la mirada para centrar su atención en la cara de Monica. «Es por eso que creo que me estoy enamorando de ti». Sus ojos eran grandes y conmovedores y podrían haber fundido los corazones más pétreos. Se hizo el silencio mientras los dos Vástagos se miraban el uno al otro por encima de la barra. Entonces, Monica sonrió, ya que el cordón de seda azul que llevaba debajo de la camisa le produjo un leve hormigueo. Davis también sonrió, aunque de forma más bien estúpida, ya que su propia Presencia había sido reflejada hacia él. Intelectualmente, una parte de Davis se percató de que estaba siendo víctima de sus propios Poderes de manipulación emocional, pero su intelecto no era rival para su pasión, y así, el galán de la Capilla de Washington quedó hechizado por la belleza interior que ahora sentía que se escondía tras el exterior poco atractivo de Monica.

Monica se inclinó sobre la barra como si fuese a susurrarle algo a su embelesado huésped. «Sí, Davis, creo que estás enamorándote de mí, así que, ¿por qué no me cuentas más sobre cómo conseguiste los códigos?». De repente, Davis parecía acongojado cuando miró por encima de su hombro hacia la computadora. La pequeña parte de él que aún era capaz de resisti  exigió que guardase silencio, pero no era rival para la oleada de emoción que provocó que sus palabras salieran a trompicones. «Los códigos… el Pontífice me los dio… Dios mío, le hablé de lo tuyo… de que me ibas a presentar a tus compañeros revolucionarios, a los otros subversivos, si te daba los códigos… Dios mío, Monica, ¡lo siento!». «Shh. No pasa nada, Davis. Ya lo sabía. Pero dime una cosa: ¿los códigos son auténticos?».

«¿Qué? Sí, son códigos de acceso auténticos, pero no importa. Han modificado tu expediente. El Pontífice no quería que supieses que sospecha que eres una traidora». «No me importa el expediente ni la opinión del Pontífice sobre mí. Sólo quería el acceso a la computadora central de la Capilla». Mientras hablaba, Monica extrajo un pequeño vial de un cajón y mezcló su contenido con su bebida. Davis la contempló como si estuviese despertando de un profundo sueño. «Pero… eres la directora del proyecto de Tecnomancia. Ya tienes acceso a la computadora central». «Sí, pero no acceso remoto a las copias de seguridad. Sería más bien inútil robar toda la base de datos sobre Tecnomancia sin eliminar las copias de seguridad, ¿verdad?». «No entiendo».

«Claro que no. Eso es porque eres un idiota que se ha dedicado a aprovecharse de su aspecto, de una Disciplina empática poco frecuente en nuestro Clan y un talento natural para la falsedad, así que te lo voy a explicar despacio, Davis. Atlas se está rebelando oficialmente [N.d.T.: Referencia al libro de Ayn Rand La rebelión de Atlas].  Soy Anarquista, estoy en contacto con otros Anarquistas de todo el país y mis amigos y yo estamos a punto de traicionar al Clan Tremere. Hemos invertido demasiado en la Tecnomancia como para verla abandonada en la parte de atrás de un estante porque nuestros líderes están atascados en la Edad Media. Nos vamos a llevar todo lo que la Capilla de Washington sabe sobre Tecnomancia y lo único que le vamos a dejar al Pontífice es un enorme letrero de “archivo no encontrado”».

Davis se retiró de la barra al tiempo que su rabia negaba los efectos de su sobrenatural carisma. «¿Me has utilizado?». «Sí, chico guapo. Te he usado. Te he mentido. Te he traicionado». Sonrió amplia y maliciosamente y levantó la botella de licor. «Y lo mejor de todo: ¡te he envenenado! Y no seas tan hipócrita. He leído todos los correos que le has mandado al Pontífice explicando tus planes de seducirme para encontrar a los otros Anarquistas que trabajan en la S.I.T. Los abriría en mi portátil para enseñártelos, pero probablemente estés muerto antes de que llegue a encenderse. Así que no te molestes en enfurecerte conmigo. Los dos sabemos lo que estabas planeando que me hiciera el Pontífice sólo para que tú pudieses conseguir otro ascenso».

Las duras palabras de Monica eliminaron los últimos vestigios del efecto emocional, lo que permitió que los verdaderos sentimientos de Davis se reafirmasen… violentamente. Con un gruñido gutural, levantó las manos para desatar una explosión de llamas en la cara de Monica. En cambio, gritó cuando sus propias llamas hicieron arder la Sangre de sus venas y se extendieron por su cuerpo. Instantáneamente, se dobló agonizante. «¿Qué ha sido eso, Davis? ¡Claro, es verdad! ¡Parece que usar Vitae activamente cuando has tomado una dosis de toxinas hemofágicas hace aumentar enormemente la letalidad del veneno! Escribí un artículo sobre el tema hace más de sesenta años. Creo que deberías haberme investigado más». Monica sonrió con crueldad mientras acababa el resto de su vaso y hacía una mueca debido al sabor del reactivo que había añadido para contrarrestar los efectos de la toxina sanguínea alquímica. Davis cayó al suelo, incapaz de hacer nada que no fuese lloriquear débilmente. «Tú… zorra». Al cabo de unos segundos se había convertido en cenizas. Monica se apoyó en la barra para ver el resultado de su trabajo y entonces respondió. «Sí, Davis. Creía que eso había quedado claro».

Al otro lado de la habitación, la computadora emitió un suave aviso. Monica regresó al teclado e introdujo varios comandos rápidamente. En la pantalla apareció otra notificación, esta vez mostrando el progreso de una descarga, no de una subida. En pocos segundos su trabajo estuvo completo y Monica extrajo el disco. Ahora era de color rojo sangre. Tras revisar la pantalla para asegurarse de que la base de datos sobre Tecnomancia ya no existía en la computadora principal, cerró la sesión de la cuenta del Pontífice. No era el final del programa de investigación de la Tecnomancia, pero al Clan Tremere le costaría años llegar al punto que habían alcanzado ella y sus compañeros. Dejó el disco a un lado y se tomó algo de tiempo para enviar un correo a todos los miembros de su sección de investigación para recordarles que en A&E [N.d.T.: Una emisora estadounidense] había programado un documental sobre Alan Turing para la noche siguiente. Para una parte de esos colegas, su amable recordatorio era la señal para activar sus largamente estudiados planes de emergencia para huir de la ciudad.

Acabado el trabajo con la computadora, Monica finalmente agarró unos auriculares inalámbricos que descansaban sobre la mesa y se los puso; después se movió para dirigirse a una cámara web cuidadosamente camuflada que había dispuesto para grabar su encuentro con Davis. «¿Bien? ¿Preguntas? ¿Comentarios? ¿Críticas?», dijo. Por los auriculares recibió aplausos y felicitaciones y reaccionó haciendo una exagerada reverencia. Finalmente, una voz habló en nombre de las demás. «Magnífico, Hemlocke, simplemente magnífico. Una interpretación inmejorable», dijo Hurricane. «Creo que hablo por todos cuando digo que estamos deseando trabajar contigo y tu equipo. Preveo grandes cosas para todos nosotros».

«Aquí, aquí», dijo Blood4BloodGod. «¡Ahora sal pitando de Washington para acá, a Cupertino! ¡Es hora de cambiar el mundo!». Los otros vampiros del canal bramaron su aprobación. Lady_Hemlocke sonrió a la cámara. «Ya he hecho las maletas y estoy preparada. Hurricane, llegaré a Chicago mañana por la noche». Los demás se desconectaron cuando Monica se quitó los auriculares. Ella regresó a las cenizas que había dejado el que quería traicionarla y movió la cabeza con tristeza. «Una pena, Davis. Ojalá hubieras usado la Presencia antes de que te envenenase… Te habría matado igual, pero al menos nos habríamos divertido un poco antes». Entonces se encogió de hombros, se volvió para ir a buscar las maletas que estaban esperando en un armario y se fue tarareando en voz baja.
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