Actualmente me encuentro en mi periodo de vacaciones, no actualizare la pagina ni podre responder sus dudas hasta finales de Febrero, de todos modos si necesitan ayuda pueden visitar el Grupo de Facebook para resolver sus dudas. Nos vemos y gracias por visitarme :D

Héctor Juárez (Bakersfield, California, 2006)

Edit
Héctor Juárez. Un Ancilla Brujah atrapado mientras intentaba fugarse.

Héctor hizo una mueca de dolor cuando resbaló por la grava. Miró rápidamente a su alrededor, pero no hizo ademán de levantarse. Probablemente sólo conseguiría que lo golpeasen otra vez, y el martillo de Gato hacía mucho daño. Sintió que la Bestia se agitaba y gruñía en su interior, pero rápidamente la obligó a agachar la cabeza. Como Brujah, sus instintos lo empujaban al Frenesí, pero caer en él en ese momento sería un desastre.

Aparte de su propia supervivencia, llevaba dos Chiquillos con él de los que, por alguna loca razón, se sentía estúpidamente responsable. Tras contener a la Bestia se limpió el polvo de los ojos y miró a su alrededor. A ambos lados de él estaban Jaime y Nico, apaleados y asustados, pero todavía dispuestos a seguirlo. Los dos habían sido Ghouls durante cinco años antes de que él los convirtiese no hacía ni seis meses. Eran jóvenes e inexpertos y sólo de la Duodécima Generación. Héctor era mucho más poderoso, pero ni por asomo lo suficiente en la situación de inferioridad numérica a la que se enfrentaba. Casi todos los Comancheros, la banda de moteros vampiro que gobernaba Bakersfield, se habían reunido en un círculo en torno a Héctor y sus Chiquillos: doce vampiros y casi el doble de Ghouls. Otros tres Ghouls más que no eran oficialmente Comancheros estaban de pie al fondo, mirando impasibles con sus uniformes de la policía de Bakersfield y sus rifles de asalto. Héctor podría ser capaz de ponerse a salvo si su Vitae lo permitía, pero Nico y Jaime se convertirían en ceniza si lo intentaba. Él los había metido en eso y Héctor Juárez respetaba sus obligaciones. Así que se levantó despacio y se limpió el polvo de su ropa de cuero, pero no intentó huir. Sus Chiquillos lo imitaron enseguida.

Gato miró a Héctor con evidente desprecio. Hizo un gesto y uno de los Ghouls tiró entre los dos Brujah una bolsa de lona del ejército. «¿Qué hay en la bolsa, Hec?», gruñó. Héctor lo miró directamente a los ojos. «Suponiendo que tu hombre no perdiese nada por el camino, exactamente 800.000 dólares en efectivo. Un quinto de lo que guardabas en tu caja fuerte. Ése era el trato, ¿no, Gato? Quiero decir, fuimos cinco los que empezamos con los Comancheros y desde el principio dijiste que si alguna vez alguien quería dejarlo, éramos libres de llevarnos nuestra parte e irnos. ¿No es eso lo que dijiste, Gato?». La punta izquierda del labio de Gato se crispó como la de un perro que gruñe, pero con algo de dificultad reprimió su rabia. «¿Por qué lo hiciste, Hec? Después de todo lo que pasamos juntos. Don Sebastián, el Sabbat en el 65, los Setitas en el 79… ¿Qué ocurrió para que quieras huir de nosotros sin siquiera decírmelo a la cara?». «¿¡Te pusiste como loco porque no fui a decírtelo!? Carajo, Gato, te he estado hablando del tema durante años, pero nunca me escuchabas». Héctor dio un paso hacia su Barón y lo señaló con un dedo acusador. «Tú cambiaste. Yo cambié. Todos cambiamos y estoy harto». «¿De qué carajo te lamentas? Pareces una vieja histérica». Los otros miembros de la banda rieron, pero Héctor negó con la cabeza y miró más allá de Gato, a uno de los vampiros que había detrás de él.

«¡Eh, Vance! ¿Te estás haciendo cortes otra vez?», gritó. El Ventrue se quedó paralizado un momento y movió la vista de Héctor a su brazo, que sangraba a causa de los números que se había estado grabando en el brazo con un machete mientras estaba ensimismado, y después otra vez a Héctor. «Sí. ¿Y? El brazo es mío». Héctor se giró hacia Cal. «¡Ése es tu Sangre Azul, hermano! ¡Ése es el cuate que trajiste para que se encargara de los impuestos y de blanquear el dinero! ¡Y ahora se hace cortes cuando está estresado y así tener una excusa para atiborrarse de sangre! Jesús, Gato, ¿te acuerdas de cómo eran las cosas cuando comenzamos con los Comancheros? Tenías ideas y planes. Por el amor de Dios, ¡hablabas sobre Cartago! ¡Hablabas de convertir el chingado Bakersfield en la nueva Cartago, igual que aquélla de la que el Sire de nuestro Sire nos contaba historias!». Héctor hizo una pausa, luchando una vez más por reprimir su Bestia. «Todo lo que nos chingamos, la droga, el tráfico de armas, la prostitución… sólo eran medios para un fin. Pues adivina: ahora esos chingados medios son el fin. Es lo único que importa. Robamos, lisiamos, matamos y saqueamos. Prácticamente somos una asquerosa manada del Sabbat, excepto porque no compartimos Sangre. ¿Y para qué? Para que puedas ser un chingón señor del crimen. El Padrino de Bakersfield».

Gato no dijo nada. Héctor ya no estaba enfadado, sólo cansado. «Y lo peor de todo es que yo aún estaba dispuesto a seguirte. Eres un monstruo, Gato. Frankie, Rayleen, Vance, Maggot, todos monstruos. Y yo iba a convertirme en un monstruo sólo para seguir en la banda. Pero entonces mandaste a Jaime y Nico, mis Ghouls, a los que yo introduje en esta banda cuando eran muchachos, a los que vi crecer. Los mandaste a que les disparasen en una estúpida guerra por el territorio contra los Peregrinos y tuve que Abrazarlos. Demonios, me ordenaste que los Abrazara como “recompensa” por luchar lo mejor posible contra una chingada manada del Sabbat. Bueno, hermano, eso me hace responsable de ellos. Y no pienso dejar que se vuelvan monstruos como nosotros».

Gato miró largo tiempo al hombre que había sido su mano derecha durante más de setenta años y su hermano de sangre aún más tiempo. Cuando habló, su voz sonó grave y malvada. «Siéntate. Con las piernas cruzadas. No te muevas ni hables hasta que yo lo permita. Si lo haces, te haremos pedazos y tus chicos sufrirán tormentos que no puedes ni imaginar». Los tres vampiros obedecieron lentamente. Gato se giró hacia un Ghoul y le susurró alguna instrucción que hizo que se fuese a la carrera. Los minutos pasaron en un espeso silencio. Entonces se oyó el rugido de un motor calle abajo; el Ghoul regresaba con el camión blindado que usaban para sus mayores operaciones de contrabando. Gato caminó hacia Héctor y se alzó amenazador junto a él. Parecía más calmado, pero a la vez más aterrador. «Recuerdo el pacto que hicimos en el 49. Si hubieras venido a mí abiertamente, puede que lo hubiera respetado. Pero ahorita no. Ahorita no te vas a llevar un quinto de nuestro banco. No vas a cruzar la frontera del condado y abrir un negocio en la Baronía de al lado con 800.000 dólares de nuestro dinero, dos muchachos y el conocimiento de todos nuestros secretos. No, hermano. Tienes que decidirte. La primera opción es ésta: te damos una paliza, así, por el gusto no más. Entonces tú y la bolsa de lona se suben a un coche y te pones en marcha. Cuando te hayas ido, Vinculo a tus chicos a mí y los convierto en mis perras, en cualquier sentido que yo quiera dar a la expresión. Y cuando me aburra, los mato. Lentamente». «¿Y la segunda opción?», dijo Héctor calmadamente.

«Tú y tus chicos suben a ese camión. No se llevan nada con ustedes. Tres Ghouls se relevan para guiar el camión hasta que hayan atravesado al menos dos estados, quizá más. El camión está reforzado. Los dos sabemos que no eres tan fuerte como para fugarte, ni siquiera usando la Sangre. Ellos abandonan el camión durante el día, pero lo dejan abierto. A dónde vayan después es su problema, pero si alguno vuelve a Bakersfield, me beberé sus almas». Gato retrocedió y le dio una patada a la bolsa de lona para acercársela a Héctor. «¿Entonces, qué eliges, Hec?». Héctor se levantó y, sin desperdiciar una mirada en la bolsa de lona, se dirigió a la parte trasera del camión blin- dado; Nico y Jaime lo siguieron. Vance sostuvo la puerta reforzada a la vez que hacía una exagerada reverencia. Justo cuando iban a subir, Gato le ladró que se estuviese quieto. «¡No escuchas, Hec! He dicho que no te llevas nada contigo. No hay razón para que lleves el símbolo de los Comancheros, así que nos quedaremos con esa chaqueta». Héctor suspiró y él y los otros dos comenzaron a quitarse las prendas. Entonces el Barón continuó. «También con todo lo demás». Jaime y Nico se quedaron helados al tiempo que varios Comancheros se echaban a reír. Héctor miró a Gato con cansancio.

«Nos vas a botar a mil millas de aquí, desnudos». «Héctor, tienes un chingo de suerte de no salir de este lugar en forma de montón de ceniza meado». Héctor se encogió de hombros y se desnudó; sus Chiquillos lo imitaron nerviosamente. Un minuto después los tres Anarquistas desnudos subieron a la trasera del camión blindado entre los silbidos de Rayleen y las demás féminas de la banda. Una vez estuvieron dentro, Vance y el Ghoul camionero cerraron la puerta rápidamente y pusieron los seguros. Entonces, el Ghoul fue corriendo hasta su reinante. «¿A dónde, jefe?». «No me importa un carajo mientras sea a más de mil millas de aquí o más. Túrnense para conducir. Cuando estén lo bastante lejos, alquilen un coche y dejen el camión en alguna parte, pero asegúrense de que queda a más de veinte millas de la población más cercana. Vacíen el depósito y llévense las bujías con ustedes». El Ghoul titubeó. «Jefe, para tomarnos tantas molestias, ¿por qué no quemamos el camión no más mientras duermen de día?». Gato miró al Ghoul con tanta furia que éste casi se lo hizo encima allí mismo.

 «Vas a seguir mis instrucciones al pie de la letra. ¿Entendido?». El Ghoul asintió aterrado y corrió para ir a buscar a sus compañeros de viaje. Gato volvió la vista al camión. «Se ha ganado una oportunidad. No se la negaré». Mientras observaba el camión, Vance se puso a su lado, usando el machete como mondadientes improvisado. El brazo del Ventrue seguía manchado de Sangre por sus cortes autoinfligidos de antes, de los que colgaban jirones de piel como flecos. Detrás de ellos, el resto de los Comancheros estaban cargando sus motocicletas y camiones para marcharse.

«Vance». «¿Sí, jefe?». «¿Somos monstruos?». «Bueno, sí. Claro que sí», contestó Vance, como si fuera la pregunta más tonta del mundo. «Somos chingados vampiros». El trastornado Ventrue se alejó, dejando atrás a Gato, que miraba alejarse al camión hacia la autopista y la oscuridad de la noche de California, llevándose al último amigo que jamás tendría.
¿Te gusto la entrada?
Compartir en Google Plus
Sobre las Fuentes
Por favor visita el apartado “referencias” para encontrar las paginas originales de donde fue extraída la información, vampiro.cl es un compendio, nuestro objetivo es recopilar la mayor cantidad de contenido que circula por la web, son muchas personas que día a día traducen y/o comparten conocimientos que verteremos acá, nuestro aporte es clasificar, ordenar y compartir con la comunidad rolera.

0 comentarios:

Publicar un comentario