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Variaciones Tzimisce

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Con el cadáver del Ghoul a mis pies, sabía que yo estaba muerto. Porque, hace años, la Condesa había jurado acabar conmigo y los espíritus de la tierra enojada oyeron sus promesas. ¿Me había enviado el Cardenal a morir? ¿Un alma envuelta para regalo a la que exprimirle los jugos? Dijo que sería un gesto de amabilidad, un viejo enemigo dándole la bienvenida al Nuevo Mundo. Yo era el elegido, el único superviviente de mi manada (o de todas las otras manadas, ya que estamos). Mucho prestigio, pero no fue más que suerte. Mis noches rumanas. Las noches malas. La clase de infierno en el que sólo puedes entrar cabreando a una Demonio antiquísima y consolidada. Aún despierto por el día sudando Sangre y quitándome la tierra de tumba con la que cada noche me cubro como si fuera una sábana tras la que esconderme. Conduje por la larga carretera de acceso sin creer que una criatura como la Condesa pudiera desarraigarse y mudarse a Nueva Inglaterra.

Nunca pudimos con la astuta Koldun. Una noche, nos ofreció la paz y prometió no pelear con la Espada de Caín. Tenía una lista muy específica de exigencias. Las aceptamos todas. Al acercarme a la mansión, me vinieron algunos recuerdos, reconocí árboles, piedras, enladrillados y estatuas. Podía olerlo (en las plantas en macetas y en el jardín): tierra de la Vieja Patria, eones de sangre y marga. Es lo que pasa con la tierra: huele a parto y podredumbre, y te asaltan los sueños de quienes murieron en ella. La Condesa era la tierra y la había traído con ella, pedazo a pedazo. Esperé a que un sirviente me invitara formalmente a entrar antes de cruzar el umbral. El manso estaba lleno de viejos recuerdos. En el comedor, una mujer lloraba. Mortal. Cena. Entonces encontré a un hombre muerto en la lujosa alfombra con la garganta desgarrada. Lo reconocí, un Aparecido Ghoul, el favorito de la Condesa. Se abrió la puerta de golpe. «¡Mi señora, venid rápido!», gritó una voz. Otra cara familiar, Janos. Compartíamos una historia sangrienta. Ambos mostramos nuestros colmillos. —Saludos. Me encogí. No la vi entrar. Tan sólo una ráfaga de viento y luego su rostro severo, con los pómulos altos como hojas de guillotina. —Condesa— tartamudeé.

¿Cuándo aprendí a hacer reverencias? Estaba resplandeciente con su levita. De repente, me sentí cohibido por mi cuero y mis modificaciones corporales. Soy un hijo de la noche. Un cabrón desollador y pateacolmillos. ¿De dónde salía esta puta vergüenza? —Mató a uno de los suyos en su propia casa — dijo Janos. Una oscura y mortífera ceja se arqueó. El resto de ella seguía siendo una estatua, excepto esos largos y poderosos dedos. Sus manos nunca paran de moverse. Me miró. Me atravesó con la mirada. Me estremecí. Luego miró a Janos. —No— dijo —. Eso no es lo que ha pasado. —¡Mató a Mircea! —Ya son dos mentiras, Janos. La boca del Chiquillo de su Chiquillo se abrió. Se cerró. Luego susurró: «Lo hice por usted, Baba. Ahora podemos matarlo». —Eso no es lo que debe pasar ahora. —No...— Janos parecía herido —. Soy de su Sangre. Él es el enemigo. Ellos mataron a tantos... ¡Él, él, él!— Janos se enfureció y salto hacia mí cuchillo en mano. De repente, la Condesa estaba allí, protegiéndome, con el cuchillo en su pecho. Su rostro estaba tranquilo, pero las ratas rabiaban en las paredes, el viento aullaba y las ventanas se oscurecieron con miles de alas coriáceas. Janos se encogió de miedo. —No, Baba. No me mate. —Shhh— dijo, con un dedo sobre los labios de Janos, quien se quedó paralizado—. Honro a los enemigos con la muerte, no a los transgresores. —Entonces pronunció antiguas palabras en su oído.

Escuché el nombre “Kruchina”. Llanos lloró estremeciéndose con todo su cuerpo, hasta volverse un mar de lágrimas y mocos de Sangre. La Condesa devoró a Janos con los ojos y dijo: «Vete y dile a Ficko que te trate con ternura». La cabeza de Janos se movía aterrorizada, mientras sus piernas traidoras se lo llevaban. La señora de la mansión tomó gentilmente mi brazo, sacó una silla y me sentó a la mesa del comedor. Colocó a la chica viva frente a mí. —Tenía razón— dije—. Era una oportunidad perfecta para matarme. —Eres mi invitado— dijo la Condesa, como si explicara la gravedad a un niño que hubiera lanzado un juguete a un pozo profundo sin eco —. Quizás un día nos honraremos el uno al otro, pero esta noche sacrificaré cada gota de mi Sangre y cada libra de mi carne para protegerte. Tomando asiento, abrió una ornamentada caja de música. Tocaba una alegre canción de cuna rumana. Dentro había un puñado de tierra antigua. Rezando, se abrió la muñeca y sangró sobre la tierra. Luego, comenzó a comer. Mi smartphone vibraba salvajemente en mi bolsillo, pero no me atrevía a contestar. Fuera, algo aulló. En alguna parte, Janos gritaba. Fue cuando supe que estaba muerto. Más tarde o más temprano. La Condesa cumple todas sus promesas. Levantó la vista de su cena de arcilla escarlata. “¿No tienes hambre?”.

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