Kuei-Jin

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Se adentra en la noche hirviente. El neón de Tokio se refleja en el cuerpo español. Con una sonrisa observa el cielo chillón y ríe entre dientes al escuchar el aflautado gemido de las calles. Estos pequeños monos han hecho un gran trabajo copiando lo más desalmado de Occidente. El lugar perfecto para comer. Pensando en películas de samurái, el Ventrue cruza la calle Naka Meguro. 

Gente diminuta vestida con colores brillantes abre paso al extranjero. Ninguno representa una amenaza. Tras él, se encuentra el peso de los siglos, la fuerza de un Cainita, el poder de un clan. Es tan fácil.

Una canción sibilante corta sus pensamientos... y su cuello. El pavimento salta para recibir la mirada del Cainita y convertirse en un borrón lejano, calle y cielo, hasta que un montón de basura detiene el paisaje. A lo lejos oye cómo su cuerpo se desploma. Un fogonazo. Un movimiento a su espalda. El olor de la carne cocida. Desde el otro lado de la calle puede oír cómo una espada caliente descuartiza su cuerpo. Un último espasmos mientras su corazón muere. Quinientos años desaparecen con él. Nadie se da cuenta. "Konnnichi-wa, gaijin" dice una voz joven. "Bienvenido a mi hogar".


Durante miles de años los Vástagos han asolado el Mundo de Tinieblas. Asegurando descender del Primer Asesino, Caín, estos parásitos han invadido tanto el Nuevo como el Viejo Mundo. Los Hijos de Caín manipulan, subvierten y pervierten los mayores escalones del gobierno, la economía y la cultura de los mortales. Nada, aseguran, escapa de su toque corruptor.

Se equivocan.

Un reino está a salvo de sus garras: la antigua tierra de Asia. Aunque el continente ofrece riquezas inimaginables y océanos de sangre, los Vástagos que acuden lo hacen temerosos. Desde las noches de los galeones, los intentos de los vampiros occidentales por explotar esta tierra han terminado siempre en el más horrendo fracaso. Porque otro tipo de vampiro gobierna en las noches de Asia. Estas criaturas se burlan del mito de Caín ya que son cohorte de Espíritus y Demonios. Las indulgencias de la generación no son para ellos: el respeto, el poder y la edad deben ganarse. Su maldición no es un Abrazo aleatorio y sin sentido, sino una deuda kármica que hay que devolver. Su Bestia no es un adversario salvaje y sin mente, sino un arma de doble filo. Los Vástagos han aprendido, para su desgracia, que sus contrapartidas orientales han desarrollado temibles poderes y artes arcanas propias.

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