Había nevado toda la tarde, y el cielo macilento transformaba el resplandor de las farolas en halos borrosos que difuminaban el contorno de los rascacielos de Chicago. Un enjambre de figuras encorvadas se apresuraba por la calle del supermercado, luchando contra el viento helado para llegar cuanto antes al calor de sus hogares. El hombre que salió del taxi era pequeño y rechoncho, y se escondía dentro de un abrigo caro de lana. Llevaba guantes de piel, botas puntiagudas y una bolsa naranja y azul por la que se suponía que O'Malley debía reconocerlo. A medida que se aproximaba al punto de encuentro, su pelo, fino y canoso, se enredaba con el viento. De hecho, podría haber pasado por un típico ejecutivo de no ser por su gesto sombrío y por la manera en la que se aferraba a algo pequeño que llevaba en el bolsillo del abrigo.
Dado que la cita era dentro del mercado, el cazador prefirió esperar fumando junto a la puerta para ver pasar a aquel hombre de mirada abatida y triste. Este no advirtió la presencia de su contacto o de nadie más que pudiera mirarlo. O'Malley negó con la cabeza; intuía que era un error, pero sabía que no tenía elección.
Dio una última calada al cigarro y lo dejó caer en la nieve. Cuando el hombre estuvo a su altura, O'Malley lo agarró por el brazo.
—¿Harry Winston?
Winston retrocedió de un salto, asustado por el dolor. Cuando se volvió hacia el hombre que lo había parado, empujó el objeto que tenía en la mano contra la tela del bolsillo y su mirada brilló con una mezcla de miedo e ira. A medida que O'Malley le apretaba el brazo, él iba abriendo los ojos. El cazador se le acercó hasta casi tocarle la nariz.
—No hables —susurró el cazador—, y suelta esa pistola, no vayas a hacerle daño a alguien.
Winston sacó la mano del bolsillo. O'Malley medía lo normal, solo un par de centímetros más que aquel hombre, pero era ancho de hombros y fuerte, y tenía un aire innato de autoridad que ni sus tejanos descoloridos ni su desgastada chaqueta de cuero lograban ocultar. Quizá fue guapo alguna vez, pero ahora su mirada era vacía y fría. Winston parpadeó nervioso.
—¿Eres... el Poli90?
—Me llamo John; dejémoslo así —le aconsejó el cazador—. Dijiste que traerías el portátil, Harry. ¿Dónde está?
Este respiró profundamente y miró a O'Malley a los ojos.
—Está en un lugar seguro. En cuanto matemos a esa... cosa, será tuyo.
O'Malley titubeó durante un segundo. Una parte de él quería reír, otra quería arrastrar a aquel idiota a un lugar apartado y empezar a romperle dedos hasta averiguar dónde estaba el ordenador. Entonces, alzó la vista hacia el cielo y meneó la cabeza.
—¡Joder, Harry, esto no es una película!
En aquel momento se abrieron las puertas automáticas del supermercado y pasó rápidamente un grupo de chicas. O'Malley bajó la voz.
—Tu mujer estaba cazando... y eso y alguien más la mataron. Es todo lo que sabemos. ¿Por casualidad se te ha ocurrido que quizá haya dejado notas sobre esto en la memoria del portátil? ¿Quizá algo que, sencillamente, nos salve el pellejo?
—Claro que lo he pensado —respondió Winston sarcásticamente. De nuevo, la desesperación se apoderó de él del mismo modo que brota la sangre de una herida profunda.
— Lo he revisado todo, y no he encontrado más que los archivos que copió de esa lista de correo y una relación pormenorizada de contactos. Nada sobre el... monstruo —Winston se zafó del cazador—. Jamás habrías venido si no me hubiera comprometido a traerte el ordenador. Mi esposa no te importa un comino y lo único que quieres es impedir que esos ficheros acaben en malas manos.
—Te equivocas —contestó.
O'Malley no mentía, al menos en parte. Ya sabía lo que era perder a un ser querido, especialmente cuando se iba al otro barrio, pero la llamada de Winston, la mañana anterior, le había hecho cagarse de miedo. No tenía ni idea de cómo se había hecho la esposa de aquel hombre con su número de teléfono o de cuánto tiempo lo había tenido en su poder, pero con un número de teléfono era muy fácil conseguir una dirección. Había monstruos aguardando en la sombra que estarían muy interesados en saber dónde dormía el "Poli90".
—De acuerdo, Harry. No voy a mentirte. Tu mujer nunca debió elaborar una lista semejante, porque pone en peligro la vida de mucha gente. Sin embargo, su vida sí es importante. Era una de los nuestros. Encontraré la cosa que la mató y haré que pague por ello. Lo prometo.
El hombre lo miró a los ojos.
—¿Tanto te importa, aunque no la conocieras?
—Por supuesto —respondió O'Malley.
—Mira, John, llevábamos casados quince años. La quería más que a la vida misma, así que imagina lo mucho que me importa a mí.
El cazador apretó los dientes. Su interlocutor no era uno de los elegidos, no tenía el temperamento necesario. Si tuviera que enfrentarse a las bestias no sería más que un lastre. Con todo, después recordó lo que significaba para ellos perder a alguien.
—Como quieras, Harry —O'Malley miró el reloj—. Son las seis y doce. Vamos a echar un vistazo al sitio.
—¿El "sitio"? —preguntó Winston.
—El lugar de los hechos. El sitio en el que murió tu mujer.
• • •
La estación estaba en el corazón de la ciudad, a algunas manzanas del supermercado. El cazador procuraba no preocuparse por el portátil y se concentraba en lo que sabía del asesinato, que era más bien poco.
—Harry, el informe de la policía dice que tu mujer murió de un ataque al corazón. ¿Cómo se encontraba de salud?
Winston se encogió de hombros.
—¿Que cómo se encontraba Debbie? Era bastante activa. Salía a andar mañana y tarde, se pesaba regularmente y hasta empezó a ir a kárate después de... ya sabe, del cambio.
—El cambio —repitió el cazador—. ¿Cuánto le contó?
—Me habló de muchas cosas a las que no daba crédito —en ese instante, una ráfaga de viento los roció de escarcha. Él pareció no darse cuenta—. Creo que trató de ocultármelo todo lo que pudo, pero entonces empezaron las pesadillas. Debbie se despertaba gritando y no volvía a dormirse en toda la noche. A veces llegaba temprano del trabajo y ella no estaba. Decía que había ido de compras o a tomar café con una amiga, pero mentía miserablemente. Entonces, una mañana me pidió el divorcio. Le pregunté si tenía otra relación y ella se volvió histérica; acabó contándomelo todo.
—Dijiste que no creías lo que te decía. ¿Por qué ahora sí?
Al principio Winston no contestó y se quedó mirando fijamente la nieve. Después suspiró y dijo:
—Prefiero creer que un monstruo me ha destrozado la vida a aceptar que fue culpa de un conjunto de sucesos naturales. Al menos un monstruo es algo de lo que me puedo vengar.
No había manera de rebatir eso.
Cuando llegaron a la estación, empezó a nevar con más fuerza. O'Malley sintió que se le aceleraba el pulso a medida que avanzaban rápidamente por la calle. Observó con mayor atención los alrededores, mirando a todo y a todos con esa intensidad que le había dado la experiencia, se volvió hacia Winston y comenzó a andar en dirección a las escaleras que llevaban al andén.
—Oye, no creo que haya nada allí arriba, pero pégate a mí por si acaso. Te aseguro que si ocurriera algo no lo verías venir, de modo que haz lo que te diga y saca la mano del bolsillo. No toques la pistola a menos que te diga lo contrario. ¿Estamos?
El hombre asintió. Ambos pasaron junto a un grupo de viajeros y subieron por las escaleras salpicadas de sal.
Arriba, el viento soplaba con más fuerza. El apeadero estaba abarrotado de gente y O'Malley se preguntaba si los trenes llegaban a su hora con este tiempo. A medida que él y su acompañante pasaban entre la gente, intentaba relacionar lo que veía con lo que había leído en el informe.
Winston caminaba detrás de él, examinando amargamente la estación.
—¿Sabemos dónde murió?
El cazador asintió.
—Un poco más adelante.
Una vez andados tres cuartos de la zona de tránsito, se detuvieron junto a unas vigas gruesas.
—Justo aquí —dijo el cazador—. La encontraron un par de personas, tirada en el suelo.
O'Malley miró a ambos lados y trató de imaginar la escena. Murió en un lugar público. No hubo gritos, ni lucha. Nadie vio nada.
—Uno de los presentes empezó a darle masajes cardíacos mientras alguien llamaba a la policía desde un móvil. Cinco minutos después llegaron los enfermeros, pero no pudieron revivirla.
Winston tocó uno de los puntales.
—Vaya lugar para morir —dijo en voz baja.
El cazador negó con la cabeza.
—Ningún lugar es bueno para morir, Harry.
Él no iba a dejar que esto le afectase. Aquel hombre se lo había buscado.
—Murió entre las siete menos cuarto y las siete en punto, más o menos ahora. Mira alrededor. Mira a la gente. Es imposible que la mataran sin que nadie se diera cuenta.
—¿Crees posible que... no sé, que muriera de miedo?
—¿Acaso no gritarías si vieras algo que provocara un ataque al corazón?
El hombre pequeño juntó las manos.
—¿Entonces, qué fue?
O'Malley negó con la cabeza.
—No lo sé. No tengo ni idea. Eso es lo que me preocupa.
El cazador retrocedió y observó detenidamente la zona. Trató de verlo como cualquier otro crimen. Los malos siempre se equivocaban en algo, siempre dejaban alguna pista minúscula que la agitación no les permitía destruir. Pero nada.
Los enfermeros no apreciaron contusiones en el cuerpo de la víctima, lo que descartaba un posible forcejeo. La ausencia de señales que indicaran pérdida de sangre instaba a pensar que no fue obra de chupasangres o parpadeantes, ¿pero y los fantasmas? O'Malley detuvo la mirada en la multitud de viajeros.
Entonces lo vio.
En mitad del andén, había una figura pálida en medio de un mar de mejillas sonrosadas que desprendían vaho al respirar. El cazador se dirigió a su encuentro, escudriñando entre los huecos del gentío, y atisbó una cara descolorida que se ocultaba bajo un sombrero de fieltro negro. Luego comenzó a distinguir el cuello y los hombros de un abrigo oscuro de lana y, al adelantar a un par de tipos trajeados que hablaban distraídamente por el móvil, lo vio del todo, esperando el tren como cualquier pasajero. La figura se mantenía tan rígida que daba miedo; de su boca no salía vaho que diera forma al aire. Tenía el pelo cano, casi albino, y lo llevaba muy cuidado y recogido en una coleta a la altura de la nuca. El abrigo le colgaba de los huesudos hombros como si fuera un espantapájaros.
O'Malley entrecerró los ojos, intentando descubrir algo. Había más detalles que le llamaban la atención, como la sombra negra azulada que le cubría la piel, el tono mate de su pelo o el sarpullido blanquecino de huevos de gusano que le recorría la oreja izquierda.
Entonces sintió que alguien lo cogía del brazo y dio un brinco. Winston también retrocedió.
—¿Ves algo? —preguntó.
El cazador lo atravesó con la mirada, pero asintió.
—Un pútrido. Ahí, delante de nosotros.
El hombre frunció el ceño, haciendo de su frente un rompecabezas, y examinó la multitud.
—¿Un qué? ¿Dónde?
—El hombre del sombrero y el abrigo oscuros. Piel pálida. Parece tener cuarenta y tantos o, en todo caso, poco más de cincuenta.
—¿Estás seguro? Se parece a mi padre —contestó Winston, inseguro.
—¡Me cago en la hostia, Harry! ¡Es un zombi! Se mueven entre nosotros escondiendo su verdadera naturaleza.
De pronto, O'Malley se acordó de que estos bichos no eran muy listos; no eran sutiles. No eran capaces de hacer que se le parara el corazón a alguien. Al menos, según lo que sabía.
—Mierda —dijo en voz baja—, esta cosa podría ser el asesino o no serlo en absoluto.
—¿Cómo lo averiguamos?
—Lo sacamos de aquí, le cortamos las piernas y lo torturamos hasta que hable.
Winston palideció y volvió a mirar al monstruo.
—No hablarás en serio.
—Bienvenido a mi mundo, Harry —respondió el cazador con aire sombrío—. Limítate a hacer lo que te indique y no digas nada.
O'Malley respiró profundamente y se armó de valor. Se tocó la sobaquera para comprobar que llevaba la pistola, sacó la placa y, con el corazón en un puño, se acercó al monstruo.
—Disculpe.
Aquello se volvió y lo miró. Tenía restos de polvo y suciedad en las arrugas de los párpados y la boca, las mejillas hundidas, la piel tirante, los pómulos huesudos y los labios delgados, torcidos permanentemente en un gesto de reproche. El bigote canoso y la nariz griega le daban un aire de profesor severo, y tenía un extraño brillo húmedo en la cara.
O'Malley le enseñó fugazmente la placa.
—Soy el agente Smith, de la brigada de homicidios. Estamos tomándoles declaración a los viajeros en relación con un asesinato que tuvo lugar aquí la semana pasada. ¿Le importaría acompañarme y responder a algunas preguntas? No lo entretendremos demasiado.
El zombi parecía atravesarlo mientras lo observaba con ojos vacíos. A O'Malley se le puso la carne de gallina. Entonces, la criatura abrió la boca y habló con voz ronca y áspera.
—Solo quiero que me dejen en paz.
—Bueno, verá. Lo entiendo, pero solo llevará un par de minutos. Es el procedimiento ordinario.
La criatura dio un paso atrás y gruñó encogiendo los labios.
—¿Es que no puede dejar tranquila a una persona mayor?
El cazador se llevó la mano a la pistola justo en el momento en que llegaba el tren. La gente empezó a subir en tropel y el zombi se dejó llevar. Él lo agarró por la muñeca, pero la presa resbalaba por la piel antinaturalmente húmeda de la bestia.
—¡Oiga! —dijo apresuradamente—, lo detendré si es necesario.
—¡Déjeme! —bramó la bestia intentando zafarse.
O'Malley se dio cuenta de que su oponente era fuerte, pero ni mucho menos tan fuerte como se temía. Cuando se echó la mano a la espalda para coger las esposas del cinturón, Winston se adelantó y asió al monstruo por el otro brazo.
—¡Estate quieto y acompáñanos en silencio! —gritó—. ¡Sabemos lo que eres!
El zombi gruñó como un animal herido pero, en lugar de intentar soltarse, empujó a uno contra otro haciendo que ambos cayeran al suelo. Después subió al tren y desapareció entre la gente.
—¡Mierda! —exclamó O'Malley mientras se quitaba al gordo de encima y se ponía en pie—. ¿Qué cojones te había dicho?
Winston recogió las gafas del suelo y se las puso.
—¿Qué tenía que hacer según tú?
—¡Calla y sube!
Los dos hombres intentaron a duras penas hacerse un hueco entre los pasajeros que atestaban el tren. Sobre ellos llovieron miradas de enfado. Después se cerraron las puertas y el vehículo se puso en marcha.
El zombi se había esfumado.
• • •
O'Malley calculó que tardarían cinco minutos en llegar a la siguiente parada desde la parte trasera del vagón. Winston sacó un pañuelo y se frotó las manos.
—¿Qué tenía en la piel? —preguntó en voz baja al tiempo que se olía los dedos y ponía cara de asco—. Huele a disolvente.
—Colonia de garrafón —contestó el cazador con indiferencia mientras se limpiaba la mano en la pernera del pantalón—. A veces se perfuman para disimular el hedor.
—¿Por qué no nos paró el corazón como hizo con Debbie? Casi lo teníamos.
—Porque no sabía que íbamos a por él hasta que la cagaste —el cazador pareció enfurecerse—. Ahora que te has ido de la lengua, nos lo jugamos a doble o nada. Si sale de aquí, lo habremos perdido.
—Parecía tan normal —dijo Winston mirándose la mano—. Pero la piel... era como pescado podrido... Dios mío, ¿qué está pasando?
—Si alguna vez lo descubres, no dudes en avisarme —concluyó O'Malley con amargura—. Vamos. Hay que encontrarlo.
Dicho esto, los dos recorrieron el coche en busca de una figura pálida entre las caras de la gente. Cuando llegaron al final miraron cuidadosamente por la ventanilla de la puerta que comunicaba ese vagón con el siguiente y cruzaron para seguir con la búsqueda.
El zombi estaba en el tercer coche, a medio camino antes de llegar a la puerta del fondo. O'Malley empezó a oír el bajo machacón de un radiocasete. El ruido ensordecedor del rap había hecho que muchos pasaran a otros compartimentos, pero el zombi se limitaba a frotarse las manos con un pañuelo, sentado frente a los pandilleros que habían invadido esa parte del tren. El monstruo los miraba sin ocultar su ira, pero los chicos estaban demasiado ocupados tratando de hablar más alto que la música.
O'Malley se detuvo antes de entrar y se quedó viendo la escena sin soltar el picaporte. Winston se asomó detrás de él.
—¿Qué sucede?
—Un puñado de gamberros con ganas de robarle a alguien —contestó el cazador—. Por eso tienen la música tan alta: ahuyenta a los testigos y disimula las voces de cualquiera que pida ayuda. Ahí está nuestro amigo, a punto de meterse en problemas.
En ese momento, uno de los chicos le devolvió la mirada a la bestia y se acercó a él con actitud agresiva y los hombros echados hacia atrás. Miraba al monstruo con desprecio mientras los demás lo animaban. Entonces, se levantó la camisa y dejó al descubierto una pistola que tenía metida en la pretina. El zombi se quedó observándolo.
Winston miró a O'Malley.
—¿Es que no vamos a hacer nada?
—Sí, vamos a fijarnos en lo que hace con esos desgraciados y tomar nota. Si buscan problemas, merecen lo que les espera.
El mucho se había puesto junto a la criatura y la había agarrado por la solapa. Esta miró atrás, serena, sin inmutarse. O'Malley advirtió que las bravatas del joven atracador estaban teñidas de incertidumbre.
El tren entró en la Estación de Roosevelt y, por la puerta situada en el extremo opuesto del vagón, entró un policía alto y musculoso que les clavó una mirada amenazante. El chico soltó la solapa, pero siguió observando al zombi, frente a frente, hasta que el policía lo agarró por el cuello y lo echó del vagón. Sus compañeros salieron con él. El agente se quedó vigilando a los pandilleros desde la puerta y, entretanto, el monstruo a su espalda lo miraba con vehemencia. Finalmente, el muerto se levantó y salió por la puerta que daba al vagón contiguo.
O'Malley meneó la cabeza.
—¿Quién dice que la policía nunca está cuando se la necesita? ¡Mierda! Podríamos haber aprendido algo.
—Iba a dejar que esa cosa matara a los chicos, ¿verdad?
—Ya lo creo —contestó—. Mejor a ellos que a mí. Esos angelitos eran escoria, asesinos.
—¿Y en qué narices lo convierte eso a usted? —dijo Winston fríamente.
—Soy un cazador, Harry. Tengo que ver la mierda que le pasa desapercibida a la gente como tú. Tengo que ver cómo esos hijos de puta hacen lo que les viene en gana con la gente inocente solo porque pueden. No sé por qué cojones me tocó a mí vivir esta pesadilla. No sé, ni por asomo, lo suficiente como para evitar que los malos me jodan la marrana. No tengo a nadie que venga al despuntar el alba y me saque las castañas del fuego. Lo único que sé es que todos los cazadores que he conocido están locos o muertos. Tarde o temprano, a mí también se me acabará la suerte, así que vete a la mierda. No soy su caballero andante. Estoy viviendo una vida prestada, y si no salvo a todo el mundo, al menos podré vengar a unos pocos, como a su esposa.
Winston desvió la mirada y, algo cansado, se apoyó en una de las paredes del vagón.
—¿Por qué vuelven?
—No lo sé —respondió el cazador—. Supongo que dejan cosas sin hacer. He oído muchas historias, muchas teorías. Algunos te sueltan chorradas bíblicas, el fin de los días y todo eso, pero yo no tengo ni idea. Me he encontrado con muchos zombis que solamente perseguían a quienes los ofendieron mientras vivían.
—¿Hay muchos?
—Más de los que crees, Harry, pero ahora ocupémonos de este. Luego podrás seguir con lo que te quede de vida.
—De acuerdo —dijo Winston mientras asentía para sí. A esto siguió un débil suspiro—. ¿John?
—¿Si?
—No te preocupes por el portátil, Debbie sabía lo que hacía. Me dio instrucciones precisas acerca del ordenador... y de lo que había dentro. Después de quedar contigo lo saqué todo, lo rocié con gasolina y le prendí fuego.
El cazador apoyó la cabeza en una de las puertas y rió con pesar.
—Eres un hijoputa manipulador, Harry, pero podrías llegar a caerme bien. Es una pena que no seas de los nuestros.
Winston se incorporó.
—¿Cómo que no? Estoy aquí, ¿no? Pues encarguémonos de ese bicho, que quizá luego te ayude a buscar otro.
• • •
Aún se veía a la criatura a través de la ventanilla que separaba los vagones. Mientras, el tren seguía su camino y paraba en todas las estaciones. Cada vez había menos gente en el vehículo, pero la bestia permanecía sentada con las manos sobre las rodillas, como una estatua.
—Casi hemos llegado a Cottage Grove —dijo O'Malley rompiendo el silencio—. Final de trayecto. Si no sale aquí tendrá que volver en el mismo tren. Depende de si espera a alguien o solo busca víctimas.
—¿Y si baja? —preguntó Winston.
—Pues lo seguimos y, a la mínima oportunidad, lo liquidamos.
—¿Cómo...?
En ese momento se abrió la puerta y el zombi se interpuso deliberadamente entre ellos.
—¡Mierda! —exclamó el cazador dando un paso atrás.
Winston cayó al suelo y, al llevarse la mano derecha al bolsillo del gabán, se la golpeó con el borde de una silla. Cuando sacó la pistola, uno de los pasajeros comenzó a gritar.
El zombi se volvió hacia el viudo. O'Malley maldijo una vez más. Se la había jugado bien el bicho al esperar a que bajaran la guardia. Ahora usaba a la gente para cubrirse. El cazador sacó la pistola y gritó:
—¡Quieto!
Cuando vio que le apuntaban, el zombi dejó de mostrar ira y su rostro adoptó una disimulada expresión de sorpresa.
Los demás viajeros se abalanzaron sobre la puerta que había en el otro extremo, empujándose unos a otros para abrirse paso hasta el vagón adyacente.
Winston empezó a retroceder, tan desconcertado como el monstruo.
O'Malley no necesitaba verle la cara a la criatura para saber qué le pasaba.
—¡Sorpresa, gilipollas! —le dijo—. Yo también tengo bazas.
Pese a la sonrisa canina que se le dibujaba, el cazador se desesperaba por momentos y trataba de adivinar el tiempo exacto que faltaba para llegar a Cottage Grove. Tendría que matar a esa cosa y salir del vagón inmediatamente antes de que llegara alguien a investigar.
—¡Os dije que me dejarais solo! —gritó el zombi, furioso—. ¿No podéis dejarme en paz, gamberros? ¡Si aún tuviera fuerza, os daría la paliza de vuestra vida! ¿Qué clase de mundo es este en el que una persona mayor no puede ir en metro sin que vengan a molestarla?
—¡Cállate, bichejo! —gritó O'Malley—. Nosotros no vamos por ahí matando a nadie. ¿Te sentiste un campeón cuando mataste a aquella mujer la semana pasada?
Entonces se dio cuenta, al mirar con el rabillo del ojo, de que casi estaban en la calle 53.
—¡Es lo que se merecía esa golfa! —gruñó la criatura—. ¡Me acosaba! ¡Me observaba! ¡La muy puta me agarró por el cuello y me clavó un cuchillo en la espalda!, pero no la maté. Lo hizo ella misma.
—A los cabrones como tú os va lo de hablar crípticamente —dijo el cazador en el momento en el que el tren entraba en la estación—. Sé que puedes provocar ataques cardíacos, pero me da que para eso tienes que tocarlos. Si no, habrías dejado al niñato de antes tirado en el andén nada más salir, pero no voy a darte la ocasión.
El zombi los miró y rió con voz áspera.
—Vosotros ya estáis muertos. Moristeis en la primera estación —dijo con una sonrisa—. Cuando era joven usaba un palo para matar alimañas como vosotros. Sin embargo, ahora que soy viejo, prefiero usar veneno.
Dicho esto, sacó el pañuelo del bolsillo y se frotó la cara y las manos hasta que estas quedaron cubiertas de algo brillante. Winston se encogió de hombros, aterrorizado, y, justo en ese instante, volvió a abrirse la puerta. Al otro lado se hallaba el policía, pistola en mano.
El monstruo tiró del freno de urgencia y el tren paró con un tremendo chirrido haciendo que todos cayeran al suelo. O'Malley sintió un crujido en la nariz al darse de bruces contra una barra de metal, pero no experimentó dolor, sino una abrumadora sensación de pánico. Había perdido la visión.
La criatura se dirigió como pudo a la salida y Winston abrió fuego entre gritos; los tiros atronaban el espacio cerrado del compartimento. El cazador vio claramente cómo los proyectiles le atravesaban a la criatura la pierna y el pecho para después hundirse en la pared del vehículo, pero no fue suficiente. Aún tambaleándose, el viudo trató de detenerlo a balazos mientras este se alejaba por el andén.
Desde el suelo, el policía empezó a disparar hasta que se le encasquilló el arma y Winston recibió ocho impactos en la pierna, el pecho y la cabeza que lo hicieron caer a plomo.
O'Malley salió a toda prisa del coche en busca del muerto. Por el rabillo del ojo, vio un sombrero de fieltro negro que se perdía por unas escaleras.
Lo que le faltaba al monstruo en fuerza lo tenía en rapidez, y tanto era así que, hasta que el cazador no llegó casi al final de la escalera helada, no lo tuvo a tiro. O'Malley abrió fuego y vio trastabillar a la presa, pero esta no dejaba de correr. A medida que bajaba, dejó de sentir el frío lacerante que traía el viento de noviembre. Tenía calor, y cada vez respiraba con mayor dificultad, pero siguió corriendo. No podía hacer otra cosa.
Vio pasar fugazmente las caras de la gente junto a él y los gritos le llegaban muy débilmente. Unos metros más adelante, el monstruo chocó con un hombre y una mujer que cayeron rodando al suelo. O'Malley le disparó, pero en lugar de darle destrozó una farola. Entonces, se echó sobre él un hombre vociferante que quería quitarle la pistola por la fuerza: le respondió con un culatazo en los dientes y continuó avanzando.
El cazador sintió la primera punzada en el corazón. Era como si se estuviera quedando sin aire. Después miró al frente y vio que el zombi casi había llegado a parapetarse tras una esquina. No había nadie en medio.
O'Malley se detuvo y sostuvo la pistola con ambas manos mientras contenía la respiración. Ahora percibía un estrépito constante en los oídos. Tiró una vez. El muerto hizo un movimiento brusco y se agarró la rodilla. Se la había hecho trizas.
Sin embargo, no bastó con eso. El dolor era como un clavo ardiendo que se le clavaba a O'Malley en el pecho.
—Aún no —masculló—. Por favor.
Intentó correr, pero se sentía como si una mano de fuego le estrujase los pulmones. El zombi, por su parte, fue dando traspiés hasta un callejón y desapareció de la línea de fuego.
Cada paso era un sacrificio. El cazador se estaba quedando sordo a causa del ruido que le retumbaba en los oídos y, por mucho que respirara, no conseguía llenarse los pulmones de aire. La oscuridad le llenaba los ojos. Entonces, miró hacia delante y se obligó a caminar. Cuando, al límite de sus fuerzas, dobló la esquina tras la que había desaparecido el monstruo, ya no sentía dolor. Ya no oía nada, y la luz estaba desvaneciéndose. Entonces vio una cara envuelta en sombras al final del túnel. La pistola pesaba demasiado. Disparó y vio tambalearse a la figura, pero aquella cosa no dejó de mirarlo ni un instante.
O'Malley dio otro paso y abrió fuego una vez más en tanto que el muerto lo observaba pacientemente. Solo esperaba.
El cazador solo tuvo tiempo de realizar otro disparo antes de que le fallaran las piernas.
Mientras yacía en el barro, sintió que se le paraba el corazón y que lo invadía un océano de oscuridad. Lo último que vio fue esa cara pálida que lo miraba con fría indiferencia.
El monstruo se ajustó el sombrero, se sacudió el abrigo y volvió a las calles de los vivos para coger el tren.





















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