Parte 02: Vuelve el Hijo Prodigo

De: remitente desconocido
Para: hunterlist@hunter-net.org
Asunto: felicidades

Llamadme Ichmail.

Después de haber vibrado con vuestras hazañas durante el tiempo que permite la prudencia, creo que ha llegado la hora de presentarme. Por supuesto, este no es mi verdadero nombre, pero dado que aquí nadie ofrece tal información, haré caso de lo que le dijo Don Quijote a Sancho.

Mientras vivía, era un monstruo. Ninguna palabra describe mejor mi adolescencia. Pasé los años de secundaria en compañía de monstruos y llegué a contar con su aprecio. Por aquel entonces, los tormentos que había padecido ya habían tenido tiempo de destruir en mí cualquier resto de compasión o piedad. No es extraño que madurara haciendo las cosas terribles que hice. No os cuento todo esto para despertaros lástima o para pedir que me perdonéis (bueno, quizá un poco), sino para que me conozcáis y tengáis una idea del trasfondo que arrastro. Después de todo, ahora que estoy muerto soy mejor persona.

Los consejos se dan gratis. No son más que palabras, y la gente (sí, me considero una persona a pesar de mis limitaciones dietéticas) las usa para conseguir lo que quiere. Un visitante misterioso os incita, desde las filas del gobierno federal, a luchar "hasta el final". Que nadie se sorprenda si os lo agradecen con un balazo en la sesera. No sé hasta qué punto es cierto lo que dice, pero tened en cuenta que, sean cuales sean, las sugerencias que hace y las verdades de las que os hace partícipes siempre pueden esconder segundas intenciones. Desconfiad de los consejos.

En realidad esta parrafada es el preámbulo de mis propias confesiones y ofertas. Mi único objetivo se resume en las palabras "instinto de conservación". Nuestro Merodeador Federal (MF, que bien podría significar "maldito farsante") subestima el asunto: lo que pende de un hilo no es la libertad como algo abstracto, ni el estilo de vida norteamericano o alguna otra nimiedad, sino el mundo tal y como lo conocemos. Creo que algunos de vosotros ya lo vais comprendiendo. Hablo con mayor conocimiento de causa que la mayoría, y aquí me atrevería a incluiros a vosotros.

Después de morir, fui al Infierno. O quizá al infierno con minúscula. O quizá solo a un infierno. En cualquier caso, fue más desagradable de lo que jamás habría imaginado, y os aseguro que podía ser muy creativo al imaginar torturas y demás formas de dolor y sufrimiento. Permitidme que os lo explique. Muchos de los que estáis inscritos en la lista usáis casualmente el término "demonio" cuando os referís a las criaturas que combatís. Os aseguro que ninguno de vosotros ha visto un demonio auténtico. Tales criaturas no habitan la Tierra y, de hecho, dudo que este planeta resistiera su presencia. Aún no entiendo cómo ha sobrevivido mi alma a la mera proximidad de estos seres, pero el tiempo que pasé entre ellos me pareció una eternidad. Una eternidad. Escapé a su control y a los obscenos tormentos que me procuraban, de una crueldad más allá de lo imaginable, ¡y me di cuenta de que tan solo había pasado unas semanas en aquel lugar!

Los monstruos (tanto los que eran humanos como los que no) en cuya compañía estuve mientras vivía, pretenden unir el mundo de los vivos y el inframundo. Quieren, literalmente, que se haga el infierno en la Tierra, y se engañan al creer que los demonios les otorgarán cierto poder sobre las ruinas humeantes del holocausto. ¡Como si los demonios conocieran la gratitud o la reciprocidad!

Desde el limpio y bien iluminado cibercafé en el que os escribo esta carta de amor, observo a las deliciosas criaturas que entran y salen con la certeza de que estoy tan cerca del infierno como volveré a querer estar. Será porque soy inmortal, y la sola idea de volver a enfrentarme a los auténticos moradores del Infierno me llena de pavor. Ni siquiera me atrevo a imaginar una situación en la que llegaran a este mundo y me tuvieran en sus garras por toda la eternidad.

Por esto, os invito a acompañarme en un viaje a través de los entresijos de la amenaza que teje el Círculo Órfico.

Pero primero voy a picar algo.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."