Para: hunter.list@hunter-net.org
De: Profesorgeo160
Asunto: Vida Salvaje del Brasil
Acabo de regresar de una conferencia en Sao Paulo. La universidad de la ciudad ha organizado un congreso sobre Geología. No recuerdo si dije que soy profesor de geología en el Instituto Politécnico de Barquisimeto, pero eso es lo que hago para ganarme la vida. Desde mi exaltación he reducido al máximo las clases y sólo me dedico a la investigación. No creo que me permitan seguir así mucho tiempo, por lo que no he podido prestarle demasiada atención a ello y cada vez resulta más evidente.
El congreso versaba sobre la eficacia de las explotaciones minerales. Había expertos venidos de todo el continente, incluyendo a José Francisco Béneduto, que siempre ha insistido en que Sudamérica podría convertirse en un exportador importantísimo de estas materias primas con solo hacer un esfuerzo. Trabajó con muchos países para ayudarlos a desarrollar industrias petrolíferas y a estabilizar sus economías de esta manera. Ha ayudado a sacar a Sudamérica de la Edad de Bronce e introducirla en el mundo moderno.
Conozco a Béneduto desde hace varios años y me pidió que nos viéramos en el congreso. Poco después de mi llegada, lo llamé y concertamos una cita para tomar una copa. Fui a su habitación pero cunado llamé a la puerta no obtuve respuesta. Sin embargo, podía oír ruidos extraños en el interior, como si hubiese allí un gato enfurecido. Sentí un cosquilleo en la nuca y esa tirantez en las sienes que experimento cuando hay peligro. En mi caso, cuando tales sensaciones se producen, encuentro automáticamente en mi interior un lugar de calma, como si un ángel de Dios me acompañara y me diera fuerzas. Intenté entrar y me sorprendió descubrir que la puerta estaba abierta.
"Vete" dijo alguien desde el interior. pero había algo malo en su voz. Era profunda, áspera, como la de un demonio. Abrí la puerta por completo. Tenía que hacerlo. Estaba en lo cierto. Béneduto se encontraba tirado en el suelo, tendido sobre su espalda. Un extraño demonio se agachaba sobre él, una especie de jaguar, con todo el cuerpo cubierto de pelaje, medio hombre y medio animal. Tenía ojos verdes que brillaban con una intensidad terrorífica. Me miraba, si. Su cuerpo tenía la elegancia lustrosa de un gato, pero al mismo tiempo era muy musculoso. Incluso tenía una larga cola. La criatura había arañado la cara de Béneduto, provocándole en toda ella unos cortes regulares y ordenados, como si hubiera estado torturándolo. El pobre Béneduto lloraba como un niño pero no hacía o no podía hacer sonido alguno. La criatura me dijo con un siseo, "He dicho que te vayas". Creo que le sorprendió que no me diera la vuelta y saliera corriendo.
¿Qué estás haciendo?" Le pregunté. Estaba horrorizado y confuso. No comprendía. La criatura se limitó a mirarme fijamente y juro que pude ver varias emociones recorriendo su rostro: arrepentimiento y un profundo pesar. Cerré la puerta detrás de mí y me aproximé. Traté de razonar con aquella pobre y extraviada cosa. "No tienes que hacerlo. No tienes por qué luchar por Satán". Nuca debí decirle eso.
La criatura bufó como un gato acosado por un perro. Me enseñó los dientes con un gruñido de advertencia y comenzó a aproximarse lentamente hacia mi. Levanté las manos para mostrarle que mis intenciones no eran hostiles, pero eso no pareció importarle. Supe entonces que iba a morir. El pensamiento atravesó a toda prisa mi mente, como una cucaracha asustada por la luz. La criatura saltó y me golpeó en el pecho. Caí bajo su peso y sentí que sus garras se clavaban en mi hombre. "¡No!" grité. El demonio dejó escapar un rugido de dolor y se apartó rodando de mí.
Entonces se produjo un sonido estrepitoso que, según descubrí más tarde, había sido causado por la puerta al romperse, pero me ardía el hombro y sentía que mi mente consciente se deslizaba hacia el sueño. Luché por permanecer despierto y recordé que me curaría si lograba permanecer consciente. Escuché ruido de explosiones, como si se estuvieran produciendo disparos. Había unas piernas detrás de mi y pude percibir el olor de la pólvora. Me quemó la nariz pero a pesar de ello me alegré como nunca al sentirlo. Finalmente, se hizo el silencio y me incorporé.
Béneduto sangraba mucho y había a su lado otro hombre muerto. Un hombre desnudo cuya cara había sido destrozada por un balazo. Pero ya no era el demonio. Se lo dije al hombre de la pistola, pero me miró como si yo estuviera loco. Después de aquello, las cosas sucedieron muy deprisa. Insuflé algo de la Gracia de Dios a Béneduto. Un cuchillo apareció desde alguna parte, creo que lo había sacado el hombre de la pistola y éste lo empapó con nuestra sangre. Alguien había llamado a la Policía y cuando llegaron les dije que el hombre desnudo había enloquecido y había atacado a Béneduto. Era verdad y no tuvimos que mentir demasiado. Solo en el hecho de que había utilizado el cuchillo como arma. La Policía no nos causó ningún problema. El hombre desnudo estaba cubierto de sangre y no toda era suya. Se llevaron su cuerpo.
Después de haber hablado con la Policía y después de que hubiéramos ido a un bar a tomar una copa, el hombre me contó que se llamaba Marcos y que era un elegido, como nosotros. Me explicó que el hombre desnudo era un demonio. Lo que yo no sabía era que cuando el demonio se apoderaba del hombre, lo transformaba para que se pareciera a él. Aquella noche lloré, por el hombre que había muerto porque un demonio lo había elegido como vehículo para su maldad. Béneduto volvió a su hogar con su mujer y sus tres hijos antes de que terminara el congreso. No lo culpo.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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