-Proverbios 27:20
En la quinta sección se marca el momento en el que Oráculo171 empieza a enviar mensajes en los que describe sus experiencias sobrenaturales en relación con el Círculo Órfico del que hablaba Ichmail. ¿Cómo afectan esos descubrimientos al conjunto de los exaltados?
La Muerte en Estado Puro
De: Oráculol7l
Para: hunter.list@hunter-net.org
Asunto: problemas en Tesalia
Pese a los muchos crímenes que haya cometido, Ichmail no mintió cuando nos habló de los terribles sucesos que habían tenido lugar en Grecia. En cuanto leí los mensajes que había escrito e imprimí los mapas que nos había facilitado, reservé un vuelo a Atenas y un coche de alquiler. Una vez allí compré material de campaña, linternas y muchas pilas, porque, como todos sabemos, no hay oscuridad que resista la luz.
La carretera de la costa tenía unas vistas bastante agradables, pero en cuanto vi erguirse montañas a ambos lados, tuve la sensación de que viajaba al lugar más antiguo de la Tierra, casi como si viajara atrás en el tiempo aun cuando por el momento no poseo esa habilidad. Después de hacer noche en Kalambáka, seguí conduciendo hasta donde terminaba la carretera y continué el camino a pie. Parecía que el mundo hubiera olvidado ese lugar, dejado de la mano de Dios, y los escasos pobladores con que me encontré no hacían sino reforzar esa sensación. Incluso antes de abandonar la carretera, no había visto más coches que los que se cuentan con los dedos de una mano.
Tras andar unas tres horas por el bosque, llegué a un campamento abandonado que no sugería nada bueno. Había una tienda de campaña podrida y seca y unos sacos de dormir hechos jirones sobre los que se distinguían manchas de sangre. No había señales de vida. Cuando examiné los sacos, encontré una falange de un dedo en el relleno de uno de ellos. Si hubo gente durmiendo, debieron de haber muerto repentinamente, así que no entendía qué hacía ahí un solo hueso. Quizá el resto se lo llevaron animales salvajes. No me sorprendió como debería. Me sentía más bien como el Ángel que llevo dentro, plegando las alas. Sabía lo que había pasado sin conocer toda la historia.
Una hora más tarde llegué al final del sendero, así que usé el hacha que llevaba para ir marcando los árboles a medida que avanzaba. Al rato me di cuenta de que estaba andando en círculo. Sin duda eran las marcas que había hecho yo, porque había ido grabando el símbolo con el que indicamos peligro y los cortes eran recientes. Se me ocurrió que tal vez fuera un "yo" futuro que había salido de mí y se me hubiera adelantado, pero no parecía muy probable. Cuando pasé por tercera vez junto a las mismas marcas, me convencí del todo de que seguía mis propios pasos, así que pensé que quizá el bosque estaba embrujado. Había estado usando la visión desde que llegué al campamento, pero sea lo que fuere lo que me había extraviado, parecía ser más fuerte que esta capacidad. "Enséñame el camino", susurré. Entonces los rayos de sol cambiaron levemente de dirección y apareció el sendero.
No fue sino hasta antes del anochecer que vi al primero, caminando solo. Tenía la ropa tan destrozada que era imposible saber si en vida había sido hombre o mujer, y tampoco ayudaba a saberlo lo que quedaba de su cuerpo. Sin embargo, sus manos ajadas explicaban la falange que había encontrado en el saco. Decidí hacerme invisible y seguir adelante, porque no sabía si la senda brillante estaría todavía al caer la noche.
Pronto me di cuenta de que el camino no tardaría en desaparecer. Peor aún fue cuando, con la oscuridad, el bosque se llenó de perdidos como el que había visto. Por suerte se movían despacio y fui evitándolos. Luego me puse junto a una peña y los observé y escuché mientras se movían entre los abetos. Dos de ellos empezaron a luchar, a destrozarse y arrancarse los miembros, y le recé al Ángel agradeciéndole que me guiara y pidiéndole que me sacara de allí con vida.
Estos muertos no actuaban como los que había visto antes, porque, aunque eran muchos, caminaban cada uno por su lado. Sería difícil calcular cuántos había, pero las cosas se pusieron tan feas que en todo momento veía u oía a uno, cuando no había dos que se encontraban y peleaban salvajemente.
Pasé mucho tiempo pensando si debía quedarme junto a la peña o usar una linterna para salir de allí. No me avergüenza admitir que tenía miedo de atraer la atención de los muertos. Sabía que la luz divina me protegería, pero también sabía que eso atraería a los monstruos como moscas a la miel, aunque con peores consecuencias. Si bien esas criaturas combatían con una ferocidad más allá de lo comprensible, no estaba dispuesto a llegar a ese extremo, porque lo que de verdad temía era liberar por completo al Ángel que llevo dentro.
Durante horas, vi a los muertos ir dando tumbos por la zona. Al principio me había mantenido bien despierto debido al miedo que me daba lo que pudieran hacerme y lo que tendría que hacerles yo, pero al final sucumbí a la caminata y a las horas de vigilancia, acechando en silencio junto a aquella peña. Lo pasé muy mal al ver unas manos ensangrentadas que venían hacia mí en la oscuridad y me desperté en medio de un grito. Me alivió darme cuenta de que era un sueño, pero no me hizo sentir tan bien el recordar que podían haberme matado mientras dormía o que el grito me había delatado. Por suerte, en el bosque había menos actividad que antes y, a medida que asomaban las primeras luces, los muertos empezaron a retirarse.
Cuando se hizo de día, supe que era hora de ponerse en marcha, de modo que volví a pedirle al Ángel que me indicara el camino. Pensé en ir marcando los troncos para asegurarme de no pasar siempre por el mismo sitio, pero sabía que sólo tenía que confiar en él. Aun así, al pensar en los árboles recordé otro sueño que había tenido aquella noche. En él había un árbol grande, más grande que los de aquel bosque, y también una serpiente. En ese momento no me acordaba de nada más.
Mientras me concentraba en rescatar los detalles de aquel sueño, llegué a lo que parecía ser mi destino. El bosque terminaba bruscamente a cincuenta metros de unas elaboradas rejas de hierro. Tras ellas, se hallaban los restos de una mansión grande construida al estilo griego de mampostería blanca y pizarra. Por encima de las ruinas se alzaba algo que me llamó extraordinariamente la atención: un roble sólido y grande que me resultaba familiar. Daba la impresión de haber crecido dentro del edificio hasta derrumbar las paredes y atravesar las ventanas, y con tanta fuerza, que desde ciertos ángulos era difícil decir si alguna vez se había situado una casa en ese lugar.
Decidí recorrer las rejas en busca de la entrada. Finalmente, llegué a unas grandes puertas de hierro, cerradas con llave, cuyos relieves representaban una historia en la que participaban un hombre, una mujer y una serpiente. En una de las partes se veía a la serpiente mordiendo a la mujer en el pie, así que descarté que se tratara del Paraíso Terrenal. También se mostraba al hombre siguiendo el ¿alma?/¿fantasma? de la mujer hasta una cueva hecha de otras almas o espíritus. Admirando las figuras, me di cuenta de que la entrada de la cueva escondía un botón. Cuando lo pulsé, las puertas de hierro se abrieron. Me dirigí a lo que fue la entrada de la mansión y vi que en esas puertas también había relieves, pero estaban aplastados como si algo grande y poderoso hubiera salido de la casa a toda prisa.
Por dentro parecía que los daños no estaban causados por el roble, sino por un incendio. Había trozos de madera chamuscada y pedazos del techo llenos de quemaduras en el suelo. En donde debía estar el tejado, se extendía una cubierta de ramas que filtraban la cálida luz de la mañana y bajo los pies sentía el crujir de trozos de cristal mezclados con ceniza. Consciente de que estaba anunciando mi visita a cualquiera que hubiera allí, me hice invisible y le pedí al Ángel que me envolviera en su luz. Entonces, apareció de entre los escombros un muerto que se colocó frente a mí, como si esperara algo.
El monstruo era difícil de mirar, incluso comparado con los que me había encontrado por la noche. Tenía la mandíbula arrancada y las cuencas de los ojos vacías como si le hubiera explotado el cerebro. Por otra parte, sí tenía orejas, aunque grotescamente grandes, y los dientes de la fila de arriba. Me quedé quieto sin saber si me oiría o si me encontraría a causa de algún ruido pese a estar inmóvil. Durante un rato bastante largo no pasó nada, así que me dispuse a echar mano de una linterna. En ese momento, el muerto se volvió y se fue por donde había venido. Yo permanecí quieto, porque hasta el ruido más leve me parecía un grito ahora que pisaba un suelo lleno de esquirlas.
Después de otro paso seguido de una pausa larga, supe que así no haría nada, pero aun así no me libré de la sensación de estar traicionando al Ángel cuando abrí la mochila para sacar la linterna y empecé a correr.
Al otro lado de la sala había un montón formado con restos de las paredes y el techo y, a medida que subía por él, empecé a pensar que en cualquier instante podrían agarrarme del cuello unas manos frías y corrí hacia el otro lado, saqué otra linterna y miré en todas direcciones para ver si me seguía alguien. Había restos de una escalera, cubierta en parte de tierra en la que habían crecido hongos. Entonces pensé que quizá ese lugar había sido un gran patio, pero las ramas mantenían el lugar en una profunda oscuridad. En el lado más alejado del patio, la tierra estaba hundida, dejando al descubierto un abismo que las linternas no llegaban a alumbrar.
En ese instante, me quedé boquiabierto al comprobar que el espacio oscuro frente al que me encontraba era en realidad el tronco del árbol.
El corazón volvió a latirme con fuerza. En el bosque había comprendido en qué aterradora tromba se transforma la luz desatada del Ángel, esa fuerza pura e implacable capaz de erradicar hasta el mal más profundo. Con todo, me resistía a usar ese poder contra los muertos del bosque por el temor a que sus peleas encerraran un elemento humano. ¿Por qué luchaban? ¿Entendían el porqué? ¿Y si sólo uno de ellos hubiera asesinado a los campistas y los demás quisieran impedir que matara de nuevo? ¿Y si me equivocaba y ninguno de ellos era responsable de lo ocurrido?
Muchas eran las dudas que me impedían liberar al Ángel. Sin embargo, allí frente al árbol no me daba tanto reparo porque tenía la sensación inequívoca de hallarme ante el mal en persona. Ése era el lugar en el que la gloria del Ángel estaba destinada a brillar con mayor intensidad.
Me dirigí hacia él con las linternas apuntando al frente y empecé a oír ruidos por todas partes. Cuando me giré, vi decenas de perdidos rodeándome, cada vez más cerca. Esa vez no titubeé, dije: "Contemplad la luz" y empecé a dar vueltas. Vi arder carne muerta y huesos convertidos en cenizas. Seguían acercándose muertos para sustituir a los caídos, pero éstos también quedaban atrapados en las llamas. Sólo tenía un pensamiento en la cabeza: si muero aquí, ¿quién contará la verdad sobre este lugar?
Había destruido ya más perdidos de los que jamás había visto desde que me eligieran, pero no dejaban de venir. Empecé a retroceder en dirección al árbol, adonde quería ir al principio, y me adentré en el tronco tratando de evitar la mano literalmente descarnada de un muerto que intentaba protegerse de la gloria del Ángel mientras avanzaba hacia mí.
Una vez en la extraña cueva, vi muertos —incorpóreos esta vez— retorcidos más allá de lo imaginable, que desaparecían a través de paredes o pasadizos. En la vida había sentido tanto miedo, así que me llevó un instante preguntarme dónde estaba y cómo había llegado allí. Me dolía todo el cuerpo y tenía tanta sed que me costaba respirar, pero lo que más deseaba sin duda era volver a ver la luz del día. Por fin, vi al frente un resquicio de luz y me encaminé hacia allí rezando para que fuera una salida.
Cuando me acerqué lo bastante como para ver nubes, me di cuenta de que me seguían. Entonces vi al muerto sin ojos del principio. Grité y le apunté con ambas linternas. La luz de éstas le oscureció partes de la piel y el muerto cayó envuelto en llamas. Yo corrí hacia el agujero.
Al salir me encontré en lo alto de una loma que se alzaba en medio de un montón de piedras. Me alejé unos cientos de metros y hurgué en la mochila hasta encontrar la cantimplora. Mientras bebía, intenté recordar cómo había terminado bajo tierra y qué había pasado en la casa. Luego empecé a preguntarme dónde estaba, y cuándo. ¿Había aprendido por fin a viajar por el tiempo igual que lo hace el Ángel, pero sin ser capaz de percibirlo? ¿Si era así, había vuelto al momento en el que aún no había visto la casa? ¿Me encontraría conmigo mismo si me internaba en el bosque?
Asimismo sentí remordimientos: había atacado a aquellas criaturas sin dudarlo, aunque no dieron señales de querer atacarme. Me molestaba pensar que me había servido del Ángel, movido por el miedo y el horror más que por una buena causa. Ni siquiera me habían levantado la mano.
En ese momento oí pasar, no muy lejos de allí, un camión grande que me hizo desentenderme de todos esos pensamientos y dudas y corrí hacia lo que esperaba que fuera una carretera. Me aliviaba saber que no había ido a parar a algún pasado lejano, pero aun así estaba bastante decepcionado por mi evolución en la senda del Ángel.
No fue especialmente difícil encontrar la carretera, donde una señal indicaba la distancia hasta Kalambáka. Se me había pasado. Me sentía contrariado y frustrado al ver que el verdadero camino seguía esquivándome. ¿Por qué no era tan sencillo como ir por aquella carretera? ¿Era un indigno portador de la gloria del Ángel? ¿Acaso difuminaba su luz algún defecto mío? ¿Había fracasado en alguna prueba crucial a la entrada de la cueva?
El primer vehículo que me encontré fue un coche en el que viajaba una pareja y su hijo adolescente. Habían salido de la ciudad en dirección a las montañas, así que fui con ellos hasta donde tenía el coche alquilado. Cuando me contaron que iban a acampar allí durante el fin de semana tuve que mentir y decirles que había un oso suelto en el bosque. Me miraron extrañados y me preguntaron si estaba seguro. Al parecer nunca habían oído de la existencia de osos en esa región. Les dije que se había escapado de un camión del zoológico y que estaba ayudando en la búsqueda del animal, que debían irse a casa. Finalmente, acabaron por hacerme caso. Odio las mentiras. Por útiles que sean para proteger a las personas, no dejan de ser lo que envenena el mundo y cambia el modo en que la gente lo ve todo.
Una vez que se fueron, me monté en el coche y volví a Kalambáka. Estoy escribiendo esto a la mañana siguiente de ese día, y mientras lo estaba redactando he tomado una decisión: sea cual sea el mal que inunda la sede del Círculo Órfico, debemos destruirlo, pero no creo que pueda solo. Evidentemente, el Ángel está disgustado con mis progresos, pero quizá sepa que necesito ayuda y quiera que luche junto a otros exaltados. Hasta me siento mejor por el mero hecho de escribir esto, así que ésa debe de ser la manera.
Propongo lo siguiente: permaneceré en Kalambáka para recibir a cuantos estén lo bastante interesados como para unirse a mí. Pondré en el quiosco de la ciudad mensajes escritos en la lengua del Ángel. También daré un aviso en nuestra lista de colaboraciones de Internet. Estaré aquí tanto como me lo permita el dinero (abundante) y el visado (con una validez de tres meses), pero poneos en contacto conmigo lo antes posible. Nos adentraremos juntos en las tinieblas y brillaremos victoriosos con la luz sagrada del triunfo.
De: Memphis68
Para: hunter.list@hunter-net.org
Asunto: Re: problemas en Tesalia
¿Soy el único al que le da mal rollo este mensaje? No lo digo por ese retorcido bosque encantado y lleno de pútridos, sino por el propio Oráculo y su historia. ¿Qué es eso de ir de aquí para allá en el tiempo? No tiene sentido. Lo siento, muchachote, pero me parece que necesitas otro tipo de ayuda.





















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