La Revuelta Anarquista y la Diablerie

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Los Lasombra Alcanzan la Libertad

En algún momento entre los siglos XIII y XIV, el clan Lasombra se unió y acabó con su progenitor. Guiados por un carismático Cainita llamado Gratiano, los turbulentos anarquistas del clan decidieron que el gobierno estancado de los antiguos les oprimía. Como Guardianes, verdaderos amos de la noche, los jóvenes Lasombra se rebelaron contra los lazos feudales de sire y chiquillo que les relegaban al papel de eternos servidores. Bajo la bandera de Gratiano, los Assamitas y anarquistas de todos los clanes se reunieron en Sicilia, donde se rumoreaba que se encontraba el refugio del poderoso Antediluviano de los Lasombra. Superado y sin la preparación adecuada, el lugar cayó y Gratiano consumió la sangre del Anciano, liberando al clan de la tiranía. Por supuesto, la historia varía de un narrador a otro, ya que el tiempo y la traición han erosionado la verdad sobre aquel asunto. De los vampiros presentes, existan todavía o hayan caído ante los colmillos sedientos de Cainitas más jóvenes, ninguno ha corroborado los detalles del relato.

El propio líder de la banda anarquista (según con quien hables, el traicionero chiquillo del Anciano Lasombra o la marioneta de otros maestros de la Gran Yihad), Gratiano, asestó el primer golpe en lo que sería el periodo más tumultuoso de la historia vampírica nunca recordado, con la posible excepción de estas Noches Finales. Se rumorea que aceptó la posición de arzobispo después del ascenso al poder del Sabbat (algunos siglos después de la diablerie sobre el Antediluviano), pero este dato se contradice con otros. ¿Por qué se conformaría Gratiano, que había dado el primer golpe de la Revuelta, con un simple arzobispado? Si su causa era justa, ¿por qué aceptaría un arzobispado? ¿Cómo pudo este anarquista renegado y su chusma de soldados derrotar a todo un clan de maestros del engaño? Surgieron numerosas preguntas, pero Gratiano y los suyos desaparecieron entre la caída del Anciano y la erupción del Sabbat.

Los Demonios les Siguen

Animados por el éxito de los Lasombra (las noticias más terribles viajan rápido entre los vampiros), los Tzimisce tomaron ejemplo y planearon un golpe similar. Los Demonios eran (y siguen siendo) una familia de vampiros especialmente fraccionada. Caracterizado por una incomprensible dignidad y una perversidad retorcida, el clan entró literalmente en guerra civil. Como amos de la Europa Oriental, los antiguos Tzimisce administraban sus tierras con mano de hierro. Líneas enteras de vampiros poseían tierras desde tiempos ya olvidados, pero la enfermedad consumía al clan desde dentro. Sus mismas regiones emanaban magia; de hecho, esta conexión mágica con la tierra aún les persigue en las noches modernas. Este poder se pudría dentro de los Demonios, volviéndolos contra sus sires o haciendo que olvidaran crueldades pasadas y ayudaran a sus antiguos en la causa. La historia de Transilvania refleja este caos, así como el confuso pasado de otras tierras en los Cárpatos. Los vampiros guerreaban noche tras noche, asolando la “tierra tras el bosque” en sus cruzadas sangrientas.

Al final, la pasión de los jóvenes anarquistas venció al legado estancado y descompuesto de los antiguos. Demonios que habían gobernado durante siglos sus posesiones fueron echados a la calle o cazados hasta su exterminio, muertos por el fuego al rojo de los anarquistas Tzimisce.

En la historia del Sabbat está escrito que muy pocos antiguos del clan fueron diabolizados. Los historiadores y eruditos Cainitas consideran esta idea ominosa; ¿por qué no reclamaron los Demonios el poder de sus antiguos? ¿Por qué diabolizan solo a vampiros de otros clanes? Por supuesto, los Tzimisce guardan silencio al respecto, señalando algunos casos infames en los que sus chiquillos han cometido amaranto sobre sus sires. Los demás Cainitas suelen reconocer este hecho y prefieren no hacer demasiadas preguntas.

Por último, una noche a finales del siglo XIV (según fuentes dudosas), los Demonios lograron descubrir la situación del fundador de su clan. Convergiendo en el lugar, una iglesia quemada en una tirsa olvidada, los anarquistas Tzimisce desenterraron al Anciano y cometieron diablerie sobre... ello. Tras una larga y brutal batalla contra las hordas retorcidas del Demonio más Viejo, los usurpadores vencieron. Lugoj Rompesangre, el líder que había cometido el amaranto, entró en letargo debido al peso de la potente sangre que corría por sus venas, maldita por Dios mucho antes del nacimiento de Cristo. Nadie ha visto a Lugoj desde entonces, y entre los jóvenes Sabbat circulan historias: incluso tras lograr la victoria sobre los antiguos, éstos siguen afectando a sus chiquillos.

Y la Revuelta Comienza

Tras el éxito de los anarquistas Tzimisce y Lasombra (muchos de ellos autoproclamados antitribu, o “anti-clanes” para señalar que habían vuelto la espalda a sus padres), el parricidio se extendió como la pólvora por toda Europa. Al contrario que en ocasiones anteriores, los chiquillos desilusionados con el tratamiento recibido por sus antiguos abrazaron la revolución abierta. Los antiguos caían en grandes cantidades, a menudo llevándose por delante a numerosos chiquillos traicioneros. La población Cainita de Europa disminuyó rápidamente a medida que la guerra se desarrollaba.

Ayudados por los poderosos vampiros del mercenario clan Assamita, los anarquistas no dejaron piedra sin mover en la guerra contra los odiados antiguos. Aunque ningún otro clan logró el mismo éxito con los Antediluvianos que los Tzimisce y los Lasombra, no fue por falta de intentos. Incluso uno de los más poderosos antiguos de aquellas noches oscuras, Hardestadt del clan Ventrue, fue víctima de un audaz ataque. A pesar de sobrevivir, era evidente que había que hacer algo acerca del caos desenfrenado provocado por los rebeldes.

Poco después de que la Revuelta entrara en su fase más activa, los vampiros comprendieron que habían ido demasiado lejos. Los mortales, observando el caos y el terror a su alrededor, descubrieron a los monstruos en su seno. Tras una llamada desesperada a Roma, convencieron al Papa para que empleara a la Inquisición para poner fin a los diablos y a los herejes.

Esta misión devastó a la comunidad Cainita más que su guerra interna, y ahora los vampiros no solo tenían que cuidarse de sí mismos, sino también de los fuegos de la Iglesia. Por supuesto, los excesos de los antiguos no desaparecieron, ya que estos vampiros viejos y cobardes dejaban a sus chiquillos a la Inquisición para poder escapar con más facilidad.

Al final se llegó a un punto muerto. Ciertos antiguos poderosos, entre ellos el supuestamente muerto Hardestadt, hicieron una llamada a todos los “Vástagos”, asegurando que habían encontrado el fin de la necesidad de la guerra. Aquel acuerdo escrito, conocido como la Convención de Thorns, prometía restaurar el orden y la santidad de la raza de los Cainitas. Por supuesto, en manos de los antiguos que la crearon, la propuesta no ofrecía más que el regreso a la situación anterior. Sin embargo, los anarquistas y los Assamitas no tenían más elección, ya que estaban atrapados entre la Inquisición y los antiguos (que tenían varios siglos de antigüedad y que eran infinitamente más cautelosos). Como cuerpo informal aceptaron la convención, esperando al menos poder asegurarse un regreso al rebaño con una simple disculpa. Admitiendo el fracaso, los anarquistas y los Assamitas sucumbieron a la voluntad de los antiguos reunidos, poniendo fin al Movimiento Anarquista.

Sin embargo, no todos los rebeldes se rindieron tan fácilmente. La victoria “decisiva” alcanzada por los advenedizos de la Camarilla, los anarquistas arrepentidos y la vasta mayoría del clan Assamita no hacía mucho por remediar los problemas que habían dado pie a la guerra. Enfurecidos, los rebeldes y Assamitas renegados asaltaron Thorns, dejando de la ciudad poco más que un cascarón ardiente y ensangrentado. Aún tenía que organizarse, pero la secta que se convertiría en el Sabbat decidió aquella noche su curso inmortal de acción.

En el medio siglo siguiente, manadas (“sabbats”) de antitribu inundaron la noche, sacando a los aldeanos de sus casas para destruir con mayor precisión los cimientos del poder que la Camarilla se estaba construyendo.

Estos rebeldes se organizaron a lo largo de los siguientes cincuenta años en una secta unida por una ideología, adoptando una tosca doctrina contra los antiguos y los Antediluvianos que tiraban de los hilos. La libertad frente a la Yihad de los Ancianos se convirtió en la raíz de su credo. Aunque los Lasombra y los Tzimisce habían logrado destruir a sus Antediluvianos, eso solo servía par que los Ancianos restantes llenaran su vacío. Hacia mediados del siglo XVI, la entidad conocida como el Sabbat se había unido en justa oposición a la Camarilla y a la servidumbre ciega a una maldad mayor.

Una Reivindicación Solitaria

Lo que respiró ya no lo hace. Lugoj, insensato como era, nos llevó a la perdición y nosotros le seguimos, siempre rebeldes leales, arrastrados a un Infierno más allá de nuestra comprensión. Lugoj murió aquella noche, empalado en una pica de madera y oculto tras nosotros mientras luchábamos contra los sirvientes del Más Antiguo. Me miró con el rostro de Lugoj. Desde entonces he sido un buen chico.

—Del diario de Lambach Ruthven, presente en la caída del Antediluviano Tzimisce.
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