02 - Expansión

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Abu Bakr era un hombre de buen corazón que aceptó su papel como califa sólo porque creía que se lo debía al Profeta. Umar, sin embargo, aceptó su nombramiento con el entusiasmo de un cruzado. Para él, asumir ese papel era convenirse en la espada de Alá, uniendo al mundo en la creencia en un Único Dios. Umar continuó con la obra que Abu Bakr había comenzado, completando la conquista relámpago de Siria y derrotando a Heraclius de una vez por todas en 636, lo que le hizo retroceder a Constantinopla.

Durante esta época fue cuando los Banu Haqim se percataron realmente del Islam, al ser testigos de la pureza de su misión y disciplina bajo el reinado de Umar. Los primeros musulmanes que acogió la casta de guerreros provenían del ejército de Umar en Siria, y es muy probable que la ayuda de los Banu Haqim unida a los esfuerzos indirectos de los hermanos de Suleiman permitieran a los musulmanes conservar sus posiciones ataque tras ataque; desde luego, ayudó a rechazar a los Cainitas
que infectaban parte del ejército y la burocracia bizantina. Las condiciones de rendición musulmanas para las ciudades de Damasco y Jerusalén fueron generosas y civilizadas, y se convirtieron en modelo para las que se concederían en posteriores conquistas musulmanas. Se le daba a los habitantes la oportunidad de convenirse al Islam, y los que no lo hacían tenían permiso para partir con todas las posesiones que pudiesen llevar, y les escoltaban hasta que saliesen de la ciudad. Se permitía a las "Gentes del Libro", es decir, a los judíos y los cristianos, permanecer como dhimmi o protegidos, pero debían pagar un impuesto consistente en entregar una quinta pare de sus bienes cada año. No saquearon las ciudades, ni tampoco persiguieron a sus habitantes sin justificación: siempre que dejasen en paz a otros musulmanes y pagasen el impuesto, el imperio se contentaba, dejando en paz a los no creyentes con agrado.

De igual manera, la expansión hacia Siria y Palestina puso en contacto a los vampiros musulmanes con cortes Cainitas establecidas a quienes les traía sin cuidado Alá o la Yihad. En estos casos, no había lugar para la discreción o la contención: muchos Cainitas, liderados por Khalid ibn Sahl, desenvainaron sus espadas y le dieron el mismo ultimátum a los príncipes de todas las ciudades conquistadas: aceptarían el nuevo orden o serian destruidos. Instaban a los Cainitas a aceptar el Islam y jurar fidelidad al califa, pero no se lo exigían. Los creyentes podían quedarse en la ciudad siempre que no interfiriesen con los musulmanes ni se alimentasen de ellos, y pagasen el impuesto. Los que no aceptaban estas condiciones y deseaban marcharse eran libres de hacerlo. En Jerusalén, aceptaron sin disputas las condiciones de los Cainitas musulmanes, y la mayor parte de la poco numerosa población Cainita de la ciudad marchó a Bizancio. En Damasco los Ray'een al-Fen locales conservaron su autoridad aceptando el Islam. En Alepo los vampiros musulmanes encontraron a un poderoso príncipe asirio de nombre Mamet. Al ser reciente su predominio sobre las demás facciones de al antigua ciudad, desdeñó el ultimátum de los musulmanes. Despedazó al emisario de Khalid y juró bañar la ciudad en sangre musulmana. Durante un año después de la conquista mortal de la ciudad, Khalid y sus compañeros cazaron al linaje de Mamet, matando a todos. Por supuesto, esto no hizo más que reforzar el resto de las facciones de la ciudad, y desde entonces, aunque ha aceptado el Islam, Alepo sufre constantemente una pugna por el poder vampírico.

Umar siguió expandiendo el imperio en 636, derrotando al poderoso imperio persa en Qasidiyah, y luego apresurándose a capturar la capital, Ctesifón. Por primera vez los musulmanes contemplaron las riquezas de un antiguo y decadente imperio, y enormes caravanas de oro y esclavos llegaron a Medina, reforzando aún más el ciclo de expansión. La conquista de Persia fue al mismo tiempo una importante victoria y un letal veneno para el espíritu de los fieles. Los conquistadores no sólo se vieron tentados por el boato de la civilización persa con sus costumbres agradables y lujosas, sino que por primera vez los musulmanes se habían abierto camino hasta territorios que llevaban tiempo siendo el dominio de antiguos poderes no muertos. Por fin en esta zona la palabra de Alá llamó la atención de Cainitas con ambiciones milenarias y que consideraban la causa musulmana tanto un idealismo infantil como una herramienta para seguir adelante con sus numerosos planes. Los Cainitas persas se hicieron a un lado y dejaron que llegasen los vampiros islámicos, y luego comenzaron poco a poco a seguir con sus intrigas. Los poderosos amirs que quedaron para gobernar Ctesifón estaban a merced de estos vampiros y de sus sutiles maquinaciones, que finalmente se incorporaron de forma apreciable al mundo del Islam.

Las campañas de Umar se completaron con la conquista de Egipto en 639, después de un prolongado asedio a Alejandría. El asedio solo se rompió por la traición del gobernador egipcio Ciro, al que habían convencido de que podría gobernar la ciudad como principado independiente después de la conquista musulmana. Gran parte de las negociaciones tuvieron lugar a través de Cainitas intermediarios: después de la masacre de Alepo, Khalid se resistía a instigar otra pelea en una ciudad que poseía tan valioso saber y cultura. El asedio concluyó cuando Marcellus, el príncipe Ray'een al-Fen de Alejandría, abrazó el Islam y luego empleó su influencia en Ciro para abrir las puertas de la ciudad. Después de la caída de la ciudad, Marcellus pronunció un apasionado ruego ante las vampiros de la ciudad, aconsejándoles que dejasen atrás la lealtad a sus clanes y se uniesen a la causa del Islam como Ashirra, que en árabe significa "hermanos". Muchos de los vampiros de la ciudad adoptaron ese nombre, y posteriormente los vampiros musulmanes comenzaron a emplear esa palabra exclusivamente al hablar de si mismos.

El reinado de Umar duro diez años, y concentró sus esfuerzos no sólo en la expansión del dominio islámico sino también en formalizar las leyes que gobiernan los territorios y completó la compilación del Qur'an. Envió profesores del Qur'an a cada rincón del territorio y fundó colegios de jurisprudencia islámica para instruir a los jueces musulmanes con el fin de que pudiesen interpretar la palabra de Dios. Con Umar creció la infraestructura del imperio, se crearon una fuerza policial, cárceles locales, administradores regionales y censos eficaces para calcular de forma precisa la recaudación de impuestos y el reclutamiento de soldados. Por desgracia, Umar fue asesinado por un antiguo esclavo persa que le apuñaló al entrar en una mezquita. El ataque supuestamente ocurrió porque el esclavo creía que el califa le había juzgado de forma injusta en un asunto de leyes. Murió en 644, una tragedia que quedó eclipsada por la elección de un sucesor inadecuado.
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