04 - La Espada de Alá

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Después de su primer año en Medina, el Profeta se concentró de nuevo en La Meca, su ciudad natal. Juró regresar de nuevo algún día, pero no suplicando su entrada, sino como conquistador. Muhammad le dijo a su gente que Alá le había ordenado emprender una guerra contra los infieles "hasta que no hubiese más persecuciones y todas las personas siguiesen el camino del Dios Único". Suleiman y sus pocos devotos chiquillos, que acudían cada noche a rezar a la mezquita, escucharon las palabras del Profeta y enfocaron sus energías a aprender todo lo que pudiesen sobre los quraisíes y sus movimientos.

Aunque no podían entrar en La Meca. había mercaderes y peregrinos que iban y venían de la ciudad. No mucho después, un canal constante de información llegó al Profeta por medio de Alí, su yerno. Muhammad comenzó su guerra contra los quraisíes atacando las caravanas mercantes que unían La Meca con la Najd y otros territorios. Después de algunos éxitos iniciales, el Profeta pasó a concentrarse en las caravana de La Meca con más riquezas del año, que venían de Siria transportando 50.000 piezas de oro. Sin embargo, el líder de la caravana descubrió las intenciones de Muhammad y envió una histérica petición de socorro a La Meca. Los quraisíes reunieron con prisa un ejército de mil hombres y fueron a rescatar a la caravana. El ejército del Profeta sólo alcanzaba aproximadamente los 300 hombres.

Ambos ejércitos se encontraron en Badr, un valle situado en medio de una cadena de colinas bajas. Muhammad contempló el avance del ejército enemigo y rezó a Alá para que les destruyese. El fragor de la batalla duró toda la mañana, mientras el Profeta rezaba y dormía en una cabaña confeccionada con hojas de palmera a cierta distancia del campo de batalla. Entonces, en torno al mediodía, una tormenta de arena se alzó de improviso. Algunos de los hombres de Muhammad juraban haber visto los turbantes blancos de ángeles girando en la tormenta. Los hombres del Profeta lucharon con devoción fanática y cargaron contra los confusos soldados de La Meca, que huyeron en desbandada. Los quraisíes perdieron setenta hombres y otros tantos fueron hechos prisioneros. Aunque la caravana escapó durante la batalla, Muhammad se hizo con un enorme botín en armas, armaduras y dinero de rescates. Los hombres de Medina sufrieron sólo once bajas. Henchidos de gozo por su victoria favorecida por Dios, los seguidores de Muhammad comenzaron una serie de conquistas que les llevarían a las límites de Asia y más allá.

Las noticias de la inesperada victoria de Muhammad en Badr reforzaron aún más su reputación de mensajero divino y añadieron peso a sus decretos sagrados. A medida que las noticias pasaban de boca en boca, el número de sus seguidores crecía. Continuó con sus ataques a las caravanas de La Meca, con al esperanza de provocar a los quraisíes para que le siguiesen hasta Medina, lejos de su base de poder. Cuanto más grande se hacía el alcance de su leyenda, más de los pocos Cainitas de Arabia se percataban de su existencia, pero todos los vampiros que enviaban agentes o viajaban a Yathrib se encontraban con el vigilante Suleiman esperando en las sombras. Intentó hablar pacíficamente con cada recién llegado, instándoles a aceptar la palabra del Profeta y abrazar a Alá.

La mayoría eran demasiado viejos para aceptar que cualquier Dios pudiese denominarse dueño de sus almas, pero unos pocos, sobre todo los suficientemente jóvenes para recordar sus vidas mortales, creyeron el mensaje del Profeta y juraron fidelidad al Dios Único. Poco a poco, Medina acumuló una comunidad vampírica desproporcionada en relación con su tamaño, que rezaba en la mezquita de la ciudad y reconocía a Suleiman ibn Abdullah como su líder oficial. Sin embargo, los judíos de Medina se habían dado cuenta de que Muhammad se parecía cada vez menos al Mesías prometido de su religión. Comenzaron a quejarse abiertamente de su interés en la conquista y el saqueo, y como respuesta el Profeta endureció su corazón contra ellos, llamándoles hipócritas, y declaró que Alá le había ordenado que desde aquel momento las oraciones se harían en dirección a La Meca en lugar de Jerusalén.

El Lamento

Los pocos vampiros que mientras aún vivía el Profeta habitaban Arabia, un lugar con poca densidad de población, sintieron la aparición de un terrible testamento de la voluntad de Dios. Al tiempo que Muhammad comprendió y asumió su posición como Profeta, un gemido que solo podían oír los Cainitas comenzó a emanar de la ciudad sangrada de La Meca y a resonar por toda la región. Incluso antes de la hijra, el lamento se manifestaba como un susurro distante al amanecer y ascendía en volumen hasta convertirse en un rugido enmudecido al atardecer, privando a los Cainitas de su reposo y debilitando su cordura. El lamento se hacía más fuerte cuanto más se acercaba un vampiro a La Meca y cualquier Cainita que pusiese el pie en la ciudad era consumido en una cegadora llama blanca.

Suleiman y otros Cainitas musulmanes devotos sufrían el Lamento con gusto como signo de su devoción a Alá. Que les mantuviese alejados de la ciudad santa de La Meca sólo era un recordatorio de que debían hacer grandes logros si deseaban contarse entre los verdaderos musulmanes. Cuando la Piedra Negra de Ka'ba fue robada y luego recuperada por los quármatas en 950, el mago sanguíneo Tarique al-Hajj colocó protecciones en torno a la piedra que disminuyeron los efectos del Lamento en toda Arabia hasta el punto de que casi cualquier vampiro musulmán podía aclimatarse a la larga a su rugido, aunque entrar en la ciudad santa de La Meca sigue siendo difícil, y parece que las protecciones han hecho que también sea difícil acceder a Medina.
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