09 - Al-Qayrawan

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5 de Noviembre de 1194: Hemos llegado al puerto de Al-Mahdiya, que utiliza la ciudad santa de Al-Qayrawan. Esta es la ciudad desde la que los árabes conquistaron el Magreb, permitiéndoles introducir la palabra del Profeta en todo el norte de África. Durante siglos el lugar de reposo de uno de los compañeros del Profeta sirvió como núcleo político e intelectual para el Islam mientras Al-Mahdiya prosperaba como puerto mercante. Sin embargo, en las últimas décadas las mismas tribus árabes que acusaron a los beréberes en lugares tan lejanos al oeste como Fez han desplazado del todo a los granjeros de los que dependía la ciudad para sus necesidades más básicas, obligándoles a adoptar un estilo de vida nómada simplemente para mantenerse un paso por delante de los asaltantes. El comercio se ha desplazado al norte, a Túnez. Han abandonado la ciudad santa, que acumula el polvo que trae el viento de los campos sin irrigación, y sus únicos visitantes son nómadas que vienen el día del mercado y algún que otro peregrino.

Y a veces comerciantes reacios tomo yo. Mientras espero a que caigan los últimos rayos del sol sobre la estepa, Sanjar me informa de que aguarán dos caballos negros sin jinete cerca del fin del puerto. No me sorprende en absoluto que Myrsus esperase mi llegada. La mayoría de los Cainitas, incluso los Ashirra, desertaron de la ciudad cuando los abusos de los bandidos llegaron al extremo. Al-Qayrawan resultó ser el destino ideal para un grupo errante de hechiceros Banu Haqim, místicos sufi que han fundido el panteísmo con la extraña tradición derviche en su magia sanguínea. He oído que estos hechiceros fueron expulsados de Alamut por sus prácticas, que algunos consideran blasfemas y otros simplemente molestas. También he odio que se fueron por decisión propia, en busca de un lugar en el que pudiesen contar con la soledad necesaria para refinar sus rituales, y desde luego aquí lo han encontrado. No me siento particularmente cómodo con sus ritos, pero se que Myrsus, mi colega durante muchos años en la fortaleza de la montaña es un devoto musulmán a su manera. Lo apruebe o no, los mensajeros espirituales llegan y deben hacerse ciertas entregas. He visitado Al-Qayrawan más veces que las que me gustaría, pero al menos en esta ocasión tengo el lujo de poseer un barco.

6 de Noviembre de 1194: Karif recorrió la corta distancia a Al-Qayrawan conmigo en caso de ataque de bandidos. No desearía ser el bandido que se hiciese con las extrañas mercancías de Myrsus, pero el destino inimaginable de los asaltantes no me consolaría cuando dispersasen mis cenizas por la estepa. Por fortuna estaba vacía, lo que disipó mis temores, y los caballos galoparon con más velocidad cuando soltamos las riendas, como si supiesen con toda seguridad a donde teníamos que ir.

Menos de una hora después llegamos al borde de la ciudad durmiente. Los caballos se detuvieron al ver el zawiya de Sidi Sahab, la sagrada fraternidad que guarda la tumba del compañero del Profeta. Una procesión de jinetes de blanco abandonó las puertas de la zawiya y se dirigió inequívocamente a donde estábamos. Sentí cierto alivio cuando Myrsus se echó atrás el velo de monta y reveló su rostro; sus costumbres se van volviendo más extrañas a medida que pasa el tiempo pero prefiero tratar con Myrsus, que siempre he considerado un amigo, que con muchos otros de los fríos y poderosos hechiceros de nuestro clan. Desmontamos y nos saludamos, y luego nos pusimos a desempaquetar sus extrañas peticiones de lomos de nuestro caballos. Los compañeros de Myrsus observaban desde sus monturas, aparentemente sin pestañear, y mucho menos ofrecerse a ayudarme de ninguna manera.

Los objetos que desenvolví incluían una jarra enjoyada que contenía un ungüento de grasa de pájaros marinos, una guirnalda de colas de escorpión que aún brillaba con el veneno, y una máscara tallada con madera tan negra como el cielo nocturno, junto con otras vasijas y botellas etiquetadas con extrañas palabras, los auténticos componentes de los que no quiero saber nada. Myrsus repasó sus adquisiciones con hábiles manos y la mirada brillante, dejando escapar sonidos de agrado alguna vez. Ninguna moneda cambió de manos: el pago de estas entregas ocasionales debe liquidarse directamente a mi sire, y con mucha frecuencia en forma de servicios. Una vez satisfecho envolvió con esmero sus preciados fardos y volvió a montar en su caballo, encaminándose en la distancia de la estepa iluminada por la luna para dar vueltas alocadas con sus compañeros, ejecutando rituales que habían esperado mi llegada para poder completarse. Me detuve en la zawiya antes de regresar al barco, rezando en el nicho ante la tumba del compañero de un forma mucho más contenida.
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