11 - Jerusalén

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27 de Diciembre de 1194: Sólo tardamos quince días en recorrer el camino a Jerusalén, aún entre alguna que otra ráfaga de nieve. Ralentizamos el ritmo a unos días de El Cairo, cuando las condiciones heladoras del desierto podrían haber matado seguramente al hombre que cuidaba nuestros camellos si hubiésemos seguido. Cuando mis miedos más inmediatos se esfumaron continuamos viajando de manera más típica. Ahora sólo puedo esperar que mi barco llegue al mar sin más incidentes.

Al acercamos a la ciudad envié a Sanjar por otra ruta con los camellos cargados para que pudiese entrar por la Puerta Dorada hasta la Cúpula de la Roca. Quizá así evité de forma ruda la tradición de que los negocios no pueden entrar en la ciudad santa de esta forma, si bien es cierto que no me encuentro en Jerusalén para comerciar. Mis contactos han sido asesinados, muertos de hambre o han elegido sabiamente mudarse a otro lugar durante los años de conflicto que han castigado la ciudad.

El comercio lo controlan por un lado el Mushakis Azif y por el otro Varsik, cuyo clan desconozco. El único miembro de mi clan que conozco en la zona es una salvaje asesina de nombre Habiba. Vive fuera de la ciudad en una caverna del Monte de los Olivos. Su mera presencia me pone nervioso: no habría entrado en la ciudad en absoluto si no hubiese sido por los monumentos sagrados que en ella se encuentran. Cruzar la Puerta Dorada me causó algo de angustia, y acercarme a la Cúpula de la Roca aumentó ese dolor sagrado a niveles casi insoportables. No pude entrar en el edificio bendito: mi sufrimiento demuestra que no merezco cruzar su umbral. En tales ocasiones me lamento brevemente por la pérdida de mi humanidad, y desde luego no me reconforta saber que el hombre más depravado puede entrar en la Cúpula y yo no.

Mientras huía al santuario del barrio musulmán me sentí, sin embargo purificado, limpio, como si al sangrar las llagas abiertas arrastrasen las impurezas que había acumulado desde que cumplí por última vez mis obligaciones. Me reuní con Sanjar y la pequeña caravana en el Bazar de Damasco en donde pagó sobornos a guardias y matones por igual para que le dejasen en paz hasta mi llegada. Descararemos aquí un día o dos. Cazaré y recuperaré mis fuerzas y luego pariremos a tomar el camino de Damasco.
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