14 - Península Arábiga

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18 de Febrero de 1195: He llegado a la ciudad portuaria de Ayla, en el mar de Qulzum, con mi ansar Sanjar. Todo cuanto traje conmigo al salir de Alepo (animales de carga, arrieros, objetos de valor...) se ha quedado en algún lujar del valle del Jordán. Sanjar se reunió conmigo camino de Damasco, tras entregar mi mensaje a la tripulación de un barco en la costa del Mediterráneo. El viaje, excepto por el frío, fue tranquilo hasta que llegamos cerca de Jerusalén, a unos días de viaje de la ciudad.

Allí, pese a nuestros esfuerzos por pasar inadvertidos. los desesperados bandidos que acechan en las rutas comerciales se abalanzaron sobre nuestro pequeño carromato, y nos vimos obligados a salir corriendo ante su aplastante superioridad numérica. Algunos nos siguieron, no conformes con los bártulos que dejamos atrás y esperando, sin duda arrancar alguna que otra baratija de mi cadáver. Me encargué de ellos personalmente. No soy un guerrero, y no es de mi agrado derramar sangre; sin embargo, me consuela pensar que aquellos a los que destruí no pueden considerarse 'Gentes del libro" en modo alguno, pues su propia conducta les convierte en animales. En cuanto a los otros está claro que no saben apreciar el valor de los magnificos papiros y jabones que han robado y espero que mis bellos tesoros les congelen las manos antes de que puedan sacar partido del asalto.

Para mi sorpresa, mi barco llegó a Ayla antes que yo, aunque cierto es que no contaba con viajar a pie, ayudando a un escriba herido, desde Jerusalén hasta Qulzum. El aspecto del qárib, delata su "reencarnación", a la manera del fénix, a partir de un montón de restos de madera de otros barcos. Sin embargo, el aprendiz de carpintero que lo construyó se ha dado cuenta de la importancia de la situación y se ha entregado a fondo... Me da la sensación de que, si se llegase a hundir mi precioso navío, me cree capaz de recorrer el fondo del mar entero y emerger cubierto de algas y sal solamente para castigarle. Se ha asegurado de que el casco esté calafateado y sellado hasta el último rincón, y nuestro capitán ha comprobado la calidad del trabajo. Le he escrito una carta de recomendación para ayudarle a encontrar un nuevo maestro, y le he aconsejado que busque empleo en otro puerto, dada la tremenda influencia de los Walid Set en El Cairo y sus alrededores.

La tripulación del barco ha cambiado a peor. Los marineros que manejaron el navío por todo el Mediterráneo no querían abandonar un mar que conocían bien, o no querían pasar tanto tiempo esperando en el puerto, o recelaban cada vez más de los hábitos nocturnos de su patrón. En definitiva, por una u otra razón, nos hemos visto obligados a buscar una tripulación más homogénea y menos habilidosa. El capitán Abu Raghid nos ha jurado que enseñara a sus chicos todo lo necesario, pero durante algún tiempo nuestra travesía se hará más lenta. Este va a ser sin duda un período difícil, ya que el viaje a Jidda no será lo suficientemente largo como para entrar en la relativa comodidad del letargo, y además tendré que mantenerme alejado de nuestra nueva y asustadiza tripulación y racionar cuidadosamente mis fuerzas.
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