17 - Aden

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28 de Abril de 1195: La travesía de Jidda a Aden fue otra penalidad. Como ya ocurrió en el último tramo de nuestro viaje, el tiempo que pasamos a bordo fue demasiado corto como para poder permitirme la relativa comodidad del letargo, pero al menos ya no pesa sobre mí la preocupación de ir en un barco remendado y dirigido por una tripulación inexperta. Para aprovechar lo más posible el viento y las corrientes hemos pasado varios días alejados de la costa, de modo que el sonido de las olas chocando contra el casco del barco atrapa el ligero murmullo del lamento a medida que el sol seguía su curso.

Pese a haber pasado de vez en cuando algún mes en mi tierra natal, la ausencia del lamento me resulta extraña e inquietante. Al llegar a Aden me he instalado en el barrio de los mercaderes del suq, como de costumbre. Descubrí, no sin cierta irritación, que era necesario sobornar a los guardias del suq para que abriesen las puertas por la noche. Este es un puerto muy concurrido y no fui yo el único mercader que llegó después de la puesta de sol, así que los guardias deben de llenarse bien los bolsillos con las contribuciones de los sensatos mercaderes que quieren asegurarse de que sus mercancías llegan a la costa como es debido.

Pocas cosas en esta ciudad no están relacionadas directamente con el comercio. Tanto el muelle del puerto de At-Tawahi como los almacenes que llenan el suq son muy antiguos: han estado allí desde que la humanidad empezó a cargar mercancías en barcos y a recorrer los mares en busca de beneficios. Las casas de los habitantes, e incluso las mezquitas en las que rezan, parecen insustanciales, incluso endebles, frente a los monumentos al arte de los mercaderes.

Abandoné el suq (no sin otro soborno de por medio) en busca del sultán de Aden. De haber sido diferentes las circunstancias, tal vez no lo hubiera hecho: en mis recuerdos, el futuro sultán, Shamit ibn Yasir, aparecía como un hombre joven e inexperto, muy unido a su sire de San'a, el verdadero señor de estas tierras. Sin embargo, dada la creciente importancia que va a tener este puerto en mis negocios, me pareció prudente informarle de mi presencia y solicitarle elegantemente su aprobación para mis operaciones. Viéndolo en retrospectiva, parece que tomé sin darme cuenta una decisión bastante inteligente.

Fue preciso llegar a unos niveles de discreción bastante lamentables para encontrar a un Ashirra nativo que estuviese dispuesto a guiarme. Me esperaba una presencia más destacada en Aden, ya que, al fin y al cabo, una población tan efímera facilitaba la obtención de alimento, pero una de dos: o es así, o los nativos desconfían de los forasteros y son expertos en esconderse. Cuando por fin encontré a un Ashirra y me acerqué a él, éste pareció sobresaltado y consternado por haber sido descubierto. Era, no obstante, muy amable, y me dio la información que necesitaba para encontrar a ibn Yasir, aunque se negó a acompañarme hasta la corte del sultán. Cuando le pregunté por su nombre, me contestó simplemente que se llamaba Bahjat, sin indicar ni su sire, ni su tierra natal. Aunque su rostro estaba oculto, no parecía tener los rasgos propios de las tribus del sur. Me figuro que mi amable benefactor estada escondiéndose de algo y, por lo poco que he llegado a conocerle, le deseo lo mejor.

El sultán no tiene su corte en la ciudad de Aden, sino más allá del puerto del oeste, en la península conocida como "la pequeña Aden". Allí ha erigido una mansión cuyos muros, son tan altos y gruesos que parece una fortaleza en miniatura. Ibn Yasir es un Mushakis, y para ellos es una costumbre construir estos ribat con el fin de que les sirvan de refugio. Estuve esperando una cantidad razonable de tiempo hasta que me llevaron ante el Sultán. El chiquillo vacilante y reverente que recordaba se había esfumado, y en su lugar se erguía un gobernante cortés y seguro de si mismo. Charlamos sobre la situación actual en El Cairo, y le solicité su permiso para expandir mis actividades a su ciudad. Su sombría satisfacción ante el declive del control ayúbida y del poder del sultán de El Cairo me resultó desconcertante, aunque razonable teniendo en cuenta las tierras que controla. Me aseguró que los Walid Set están totalmente controlados (cosa que tendré que creerme por el momento, ya que no he visto señal alguna que me haga pensar lo contrario), y que puedo desarrollar mis negocios en la zona sin miedo a ninguna influencia indebida de carácter sobrenatural por parte de las Serpientes. Con cara divertida añadió que, si se diera alguna influencia indebida de carácter económico, tendría que arreglármelas sólo... No me cabe la menor duda de que una guerra de precios en Aden tan sólo puede suponer beneficios para ibn Yasir. Le respondí que ninguna víbora podría hacerme sentir amenazado en materia de finanzas e infraestructuras de transporte y mi confianza y seguridad parecieron agradarle y, al mismo tiempo, divertirle aún más.

Antes de irme le pregunté con quién debía hablar de negocios una vez llegase a San'a. Mi intención era confirmar nuestros negocios con su sire, un proceso que me pareció necesario. No obstante, el sultán me recomendó que hablase con ciertos artesanos y hombres de negocios respetados, tanto Ashirra como mortales, pero no hizo mención alguna de su sire. Me detuve por un instante: el sultán era claramente más hábil leyendo las intenciones de los demás de lo que yo recordaba y esperaba, y me estaba escudriñando con la mirada. Amablemente, pero con frialdad, me deseó una tranquila travesía hasta San'a, y señaló que la carretera del interior no era tan segura como había sido en tiempos pasados. Por lo que recordaba, la carretera entre Aden y Sar'a siempre había estado en impecables condiciones, debido al vinculo de sangre entre ibn Yasir y su Sire...

Supongo que tendré que andar con pies de plomo mientras esté en San'a. Tendré que transportar hasta el norte todo lo que compre aquí, y la ruta terrestre que hay más adelante, siguiendo la costa hacia arriba, es más práctica y barata. Además, estimado lector, comprenderá que no desee verme involucrado en un conflicto entre un poderoso sire y su chiquillo.

Me llevará como mínimo unos días llegar a un acuerdo con los mercaderes y almacenes del lugar, más aún si el proceso implica intimidar, engatusar o descubrir a quienes estén bajo la influencia de los Walid Set. Todo ello prolongará mi estancia en Aden más de lo que me esperaba, acercándonos a la estación del monzón para el largo viaje en barco alrededor de la península hasta llegar al mar de Faris. Tan pronto como podamos, partiremos hacia San'a a lomos de camellos y caballos.
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