22 - Bagdad

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13 de Octubre de 1195: Llegamos a Bagdad en un transporte bastante anticuado, un barco construido con juncos trenzados del pantano de Al-Huwaiza. Esto no se debió a un ataque de nostalgia mal entendido por mi parte, sino a la necesidad de ceder ante unas extrañas circunstancias. Al abandonar Basora para remontar en barco el río Tigris, que es relativamente manso en su desembocadura, atravesamos la tierra natal de los Ma'dan. Los Ma'dan han habitado el lago de Al-Hammar y los pantanos de los alrededores durante mil años, tal vez más.

Tras convertirse de sus arraigadas creencias paganas a la palabra del Profeta, se les dio el dudoso título de "Árabes de los pantanos". Los Ma´dan nos advirtieron de que si íbamos en nuestra "moderna" embarcación (es decir, la que estaba hecha de madera) correríamos el riesgo de ser atacados por el monstruo del pantano que se ha instalado en los mullidos márgenes del río. Karif sospechaba que se trataba simplemente de una artimaña para convencernos de que cambiásemos nuestro barco por uno de inferior calidad, pero detecté un timbre de miedo y vedad en las palabras de los nativos. De modo que realizamos el cambio, y los lugareños rápidamente tejieron una cabaña cubierta de nuestra nueva embarcación por deferencia a mi elevada posición. He adquirido un respeto considerable hacia los diestros dedos de los artesanos Ma'dan. El recinto que refleja mi riqueza resultó ser perfectamente opaco y el casco permaneció impermeable durante todo el viaje. Sanjar me dijo que durante el día nos cruzamos con un barco de madera medio volcado en una orilla poco profunda. Las tablas y los remos habían sido partidos y astillados por una criatura de considerable fuerza y grandes garras, y las partes que no habían quedado sumergidas, estaban cubiertas de sangre seca.

Aún así, resultó extraño llegar a una ciudad tan moderna y avanzada como Bagdad de una forma tan primitiva. Bagdad es un lugar de gran belleza, cuyo tamaño y esplendor igualan fácilmente los de la polvorienta ciudad de El Cairo. La ciudad está situada a la vez en las orillas oriental y occidental del Tigris, con el Éufrates a sólo 40 kilómetros al este. Otros pueblos más pequeños se apelotonan como pretendientes en torno a una bella dama, siguiendo el curso del río y en la orilla opuesta, donde el río Diyala se une al caudal que baja hacia el sur. El clima es excepcionalmente benigno en esta época del año: el abrasador calor del verano se ha esfumado, de modo que los días son simplemente calurosos y las noches agradablemente frescas. La lluvia no estropea las cielos veraniegos, lo que, sin duda, no es favorable para quienes aran la tierra, ya que les obliga a hacer el esfuerzo de irrigar sus campos por medio de una red de canales y presas que resulta agotador mantener. La ciudad está llena de palacios abasíes y grandiosas mezquitas, y las casas reflejan la gran talla y riqueza de quienes viven tan cerca de la sede del poder imperial.

La ciudad claro está, no carece de desperfectos. La estructura original de la capital abasí, la Ciudad Redonda (el venerado califa Al-Mansur hubiera querido que fuera conocida como Madinat as-Salam, "la Ciudad de la Paz"), quedó gravemente dañada por las guerras de sucesión fratricidas que tuvieron lugar en el siglo IX. En el siglo X, la ciudad también padeció los intentos de "civilizar" a las tribus turcas que trajeron los abasíes para que sirvieran en el ejército, y el ascenso de la dinastía nativa de los persas Buyid, que debiera haber sabido cuidar de una ciudad tan gloriosa. Así es Bagdad tal y como yo la recuerdo: gastada, tal vez, pero igualmente bella y próspera. Cuanto más escribo, más me doy cuenta del pavor que me produce entrar mañana por la noche en la ciudad y descubrir qué le han hecho las vicisitudes del tiempo y la política de los mortales.

14 de Octubre de 1195: Muy a mi pesar, Bagdad ya no es como la recordaba. Sabia que esto podría ocurrir, pero contemplar los cambios sigue siendo desgarrador. Los Seljuq y su sultán han desaparecido, igual que en Basora, y una vez más se dice que han huido hacia el nordeste, tal vez hasta el Mar Negro. Los persas y los turcos que hay entre ellos han permitido que la ribera oeste quede prácticamente en ruinas. El sistema de irrigación, las arterias por las que discurre el liquido vital que son las aguas del Tigris y el Éufrates, está en tan mal estado que los cultivos han fracasado y escasea la comida. El gran palacio del heredero de Al-Mansur ha desaparecido, tras quedar tan dañado durante los conflictos que simplemente lo desmantelaron. Aún así, incluso entre tanta confusión y desesperanza, los habitantes de Bagdad (que todavía deben de ser en torno a un cuarto de millón) hacen todo cuanto pueden para conservar la belleza de la ciudad. Las nuevas construcciones se concentran entre la puerta de al-Mu'azzam, al norte, y la de ash-Sharqi, al sur. Se está erigiendo un nuevo palacio para alojar al califa abasí, y promete igualar la gloria del desaparecido. También están despejando otras zonas para construir una escuela de leyes y una nueva mezquita. Ver cómo la ciudad y sus gentes resisten tan firmemente el caos de estos años me alegra el corazón.

Mi humor mejoró aún más cuando visité a un viejo conocido. No puedo llamar amigo a Ishaq ibn Khayrat: me supera tantísimo en edad y en sabiduría que le insultaría si pretendiese adjudicarme esa posición. Ibn Khayrat fue en vida un médico muy apreciado, y en muerte es miembro del Qabilat al-Mawt, el clan que mis lectores más familiarizados con los usos y costumbres de Europa conocerán como Capadocios. Aún sigue aumentando su tremenda sabiduría para el beneficio de sus pacientes mortales. Vive en el hospital Azdi de Bagdad, donde hace de consejero para los directores y el personal, e incluso consulta con los médicos privados de la nobleza los casos más intrigantes. Trato con este estimado doctor sobre todo por carta: la gente de su profesión precisa de una fuente fiable de frutas, plantas y aceites raros que las manos de los médicos convierten en extraordinarios remedios. Nuestros comerciantes, al igual que muchos otros, les proporcionan estas mercancías. Mi sire no consigue beneficios con estas transacciones (es más, a menudo nos producen perdidas), pero lo consideramos parte de las obra de caridad que todo buen musulmán debe realizar.

El hospital es una maravilla de la arquitectura, y su buen funcionamiento es un homenaje a la piedad de sus fundadores. Sus espaciosos pasillos conducen a radios poblados de huertos y decorados con fuentes, donde los pacientes pueden disfrutar del sol y el aire fresco. También se pueden tomar baños, tanto de agua caliente como de agua fría. No se repara en gastos para atender a los pacientes: comen carne todos los días para recuperar fuerzas, toman extrañas medicinas procedentes de la farmacia magníficamente surtida e incluso alivian las fiebres veraniegas con hielo. Los médicos del hospital están pendientes de sus pacientes a todas horas, día y noche, y han de superar exámenes para demostrar su habilidad, además de continuar sus estudios gracias a la gigantesca biblioteca que se halla entre los muros del hospital. Llevan a cabo hazañas extraordinarias, llegando incluso a cortar tejidos vivos para curar ojos o extirpar tumores. Y todo esto se les ofrece a los ciudadanos de Bagdad sin importar si pueden o no pagarlo: ni al más tacaño de los desposeídos se le niega la entrada en el hospital.

Ibn Khayrat me dio la bienvenida en el patio y me condujo a su consulta, que ha mantenido durante muchos años con el pleno conocimiento y colaboración de la dirección del hospital. Intercambiamos unas palabras corteses y hablamos de las necesidades actuales y esperadas del hospital. No parecía preocuparle demasiado que la ciudad se tambalease al borde de la guerra, excepto cuando ello afectaba a la entrega de suministros necesarios o aumentaba el número de suplicantes que pedían ayuda. Las sutilezas de la administración de imperios nunca le han interesado demasiado. Su principal preocupación, y el motivo por el que quería pedirme consejo (para gran sorpresa por mi parte) era la seguridad de sus médicos durante los viajes. A los gobernantes abasíes siempre les ha parecido sabio vigilar la salud de su imperio, y para ello, enviaban grupos de médicos a las provincias mas distantes para cuidar la salud de los habitantes e informar de sus necesidades más acuciantes. Ibn Khayrat ha mejorado este sistema: los sabios a los que envía, también están entrenados en el arte de la observación y tienen ciertos conocimientos sobre lo oculto. Estos hombres no sólo pueden informar sobre una plaga peligrosa o un estallido de enfermedades que se transmiten a través del agua, sino que también pueden descubrir la presencia de Ashirra degenerados, Cainitas furiosos o manadas de lupinos que amenacen a la población. Con mucho agrado, compartí con él cuanta información tenia sobre las rutas más seguras y los posibles peligros. Estos hombres proporcionan un gran servicio con un tremendo riesgo para sus propias vidas... ¡Ojalá todos los Ashirra fueran tan valientes!

En medio de una oscuridad casi total crucé el río al distrito del bazar de al-Karkh, al sur de la Ciudad Redonda en ruinas. Mientras caminaba por calles cubiertas de escombros de las casas de los que una vez fueron ricos, llegué a un callejón en el que se alzaba un edificio intacto. Por el día era una tienda de curiosidades, aunque los pocos habitantes que permanecen aquí tienen poco interés en ellas. Por las noches, era la guarida de una extraña hechicera persa llanada Mania. Nunca había visitado su establecimiento, pero otro de los chiquillos de mi sire me había prevenido, la visita me dejo conmocionado.

Mania esperaba mi llegada justo enfrente de la puerta como un gato huesudo. Yo no sabía que se había enterado de mi visita. Nervioso ante su postura y el acre olor de alguno de sus experimentos arcanos, saqué rápidamente la lista de ingredientes y herramientas que me habían pedido nuestros propios hechicero enervantes. Mientras leía mi cuidadosa caligrafía y murmuraba irasciblemente. Mania ladró unas cuantas órdenes y exigencias en persa, aparentemente al aire. Tras cierta confusión, me di cuenta de que las órdenes estaban dirigidas a una serie de pequeñas estatuas que estaban posadas sobre las estanterías y mostradores de la tienda. Dichas estatuas parecían estar hechas de cristal de colores, soplado para formar aproximaciones grotescas y alargadas de la forma humana. Ninguna de ellas medía más de dos palmos. Sus posturas parecían incómodas y en algunos casos obscenas y al inclinarme en la oscuridad para examinar más de cerca una de ellas distinguí una especie de humo arremolinado contenido en el cristal. Cuando me incorporé, tratando de disimular mi creciente malestar, Mania lanzó una diatriba particularmente feroz a una pequeña criatura de cristal azulado. Mis conocimientos de persa no bastaron para entender la mayor parte de los improperios que utilizó.

A continuación, tirando de mis mangas con sus dedos callosos y torcidos, la malhumorada mujer me condujo a la trastienda para que recogiera un paquete particularmente pesado, cosa que hice. Al regresar a la sala principal, el resto de artículos de mi lista se hallaban sobre el mostrador, cuidadosamente envueltos y empaquetados con cordeles. Las estatuas de cristal seguían inmóviles, pero cada una había adoptado una nueva postura y se encontraba en un lugar distinto. La estatua azul de infortunado destino a la que Mania se había dirigido tan mordazmente estaba en el suelo, rota en pedacitos. Con las manos temblorosas, hice entrega del pago en oro. El resto del pago se hará en favores... Tan sólo espero que mi sire no me asigne para hacer servicio alguno para esta mujer. Espero que lo que Mania guarda en sus botellas de cristal no sean más que djinn.

23 de Octubre de 1995: Se acerca el final de nuestra quincena en Bagdad. Me he pasado noches enteras tratando de averiguar a quién debo presentarme. No quisiera ofender a una criatura tan poderosa como parar reclamar estas tierras. El supuesto sultán de Bagdad ha estado en la ciudad desde que pasó de ser campamento militar a pueblo. Desconozco el nombre de esta venerable criatura, pero todos en Bagdad saben que desea que le llamen califa Abd-al-Hadi. Se rumorea que el eterno califa de Bagdad desapareció antes de la retirada de los Seljuq. Esto no es particularmente extraño: es lógico que un Ashirra tan increíblemente antiguo se sumerja de vez en cuando en los reconfortantes brazos del letargo durante una temporada. Lo extraño es que los consejeros más cercanos a Abd-al-Hadi se marcharon junto con las fuerzas que se retiraban o, según otro rumor más sanguinario, fueron despedazados por unos ancestrales enemigos que habían esperado durante siglos la oportunidad de vengarse. Haya huido o haya caído en el letargo, nadie sabe dónde encontrar al Califa, ni hay nadie que esté dispuesto a correr el riesgo de tomar el cargo, no vaya a despertarse ante tal muestra de desfachatez.

Para mantener el orden en los asuntos nocturnos de la ciudad, el "nieto" por parte vampírica y demás familiares lejanos de la línea sucesora del califa han dado un paso al frente y han ocupado cargos de presunta autoridad. Creo, aunque no lo puedo demostrar, que estos jóvenes Ashirra están tutelados por los antiguos de los demás clanes de Bagdad (aunque le llame joven, lector, recuerde que ser más joven que un "abuelo" vampírico supone ser más antiguo que yo y probablemente más que la mayor parte de ustedes). Ya sea por su talento natural o por la conveniencia de sus mayores, lo cierto es que estos reluctantes herederos al poder del califa están resultando ser unos hábiles dirigentes y diplomáticos. Sin embargo, no puedo confiar en que sta situación dure. Ahora mismo los Ashirra están en una situación precaria, pero con el tiempo, los antiguos mentores acabarán sintiéndose cómodos con la situación y las intrigas se harán más enrevesadas, como es la costumbre.

Finalmente decidí presentarme ante la recién investida gobernadora de los muelles, y por tanto, del comercio, Munya ibn Mutaz. Me recibió con educación, aunque no sin cierta incertidumbre. Hasta ahora, su trabajo ha consistido en evitar que reciban ayuda sobrenatural aquellos que se dedican al contrabando de mercancías sin pasar por los inspectores y recaudadores de impuestos de Bagdad, privando así de fondos a la tesorería y a sus aliados mortales. Dada su posición, no está demasiado acostumbrada a la cortesía. No quise desaprovechar la oportunidad de advertirle sobre la amenaza de los setitas procedentes del oeste, y le sugerí que vigilase a cualquier mercader de especias o esclavos de aspecto sospechoso. No creo que las Serpientes hagan una maniobra tan ambiciosa para acaparar el comercio en el mar de Faris en un futuro próximo, pero la vigilancia (especialmente cuando es otro el que vigila) nunca viene mal. Munya ibn Mutaz no le resto importancia a mis consejos. No me cabe duda que, de ahora en adelante, vigilará a los pasajeros que lleguen a sus sombríos muelles con tanta atención como vigila sus mercancías.

He oído que los representantes del Bay't Mushakis piensan bajar a Bagdad dentro de cinco años para la reunión del decenio. No puedo sino esperar que la ciudad esté en buenas manos para entonces. Un debate entre fanáticos en una ciudad sin un liderazgo firme parece una receta para el desastre. Pero para entonces estaré lejos de Bagdad, sin duda.

Dedicaré el resto de mi estancia en Bagdad a preparar la larga travesía hacia el este, siguiendo la Ruta de la Seda. Me siento poseído por un sentido de la aventura que no había sentido desde hace varios años, desde las asombrosas noches que siguieron a mi Abrazo. Nunca antes he viajado más allá de Bagdad, ni en vida ni en muerte. Dado que he dedicado una parte tan grande de mi existencia a mantener lo que construí en vida, me llena de gozo tener esta oportunidad de vivir una experiencia completamente nueva para los agudos sentidos que me han sido otorgados. Los detalles mundanos del viaje resultan casi blasfemos en comparación con mi febril imaginación: caballos, carromatos, guardias, comida para los mortales... Tal vez, Sanjar pueda encargarse de los preparativos. Yo no estoy en condiciones de prestarles atención.
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