23 - Samarcanda

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25 de Febrero de 1196: Escribo desde la seguridad de mi habitación en Samarcanda, tras haberme reunido esta noche con el antiguo y poderoso Sultán de la ciudad, Karim. Al contrario que la mayor parte de Cainitas de su edad que he conocido, Karim parece conservar la mayor parte de su vigor. Siguió el angustioso relato que narraré a continuación con interés y astutas preguntas. Tan sólo un par de manías: el Sultán parecía creer necesario permanecer en su silla adornada con sándalo por mucho que las circunstancias exigieran que se levantase y moviese.

Y, dado que no sentimos el frío invernal tanto como los mortales, resultaba extraño que estuviera envuelto en pesadas togas y gruesos guantes. Un rompecabezas que tendré que resolver en otro momento, sospecho. Ante los peligro que me encontré en la travesía desde Nishapur, el sultán Karim me ofreció alojamiento en su suntuosa finca en un barrio rico de Samarcanda. Es una hermosa ciudad: las seis carreteras principales convergen en el centro, cada una procedente de una de las puertas de las altas y gruesas murallas. Dichas murallas rodean más de dos kilómetros y medio de sólidos edificios de piedra de un extremo a otro, algunos de los cuales datan antes de Alejandro de Macedonia. La ciudad no carece de riquezas, al estar situada en la confluencia de las rutas comerciales del lejano Taugast y de las tierras de los hindúes del sudeste. Ricos mercaderes caminan de un comerciante a otro cargados de oro y plata, incluso después de caer la noche.

En cuanto al viaje desde Bagdad: como sabía perfectamente que el viaje llevaría más de tres meses, se me planteaba una duda. Podía usar el poder de mi voluntad para caer en un largo sueño, lo que acortaría el viaje al no haber necesidad de cazar para hacerme con sangre en las ciudades por las que pasáramos. Sin embargo, dicho letargo me impediría ayudar a mis acompañantes si estuvieran en peligro, y yo mismo sería tremendamente vulnerable a cualquier ataque. Finalmente decidí permanecer despierto y consciente en el camino entre Bagdad y Nishapur y después, a medida que la tierra se hacía menos fértil y la población mas escasa, entré en letargo durante la mayor parte del viaje entre Nishapur y Samarcanda.

Mi salida del letargo fue bastante oportuna: la noche después de mi despertar, nada más salir de Bukhara y a sólo unos días de Samarcanda, mis acompañantes y yo nos topamos con unos extraños vampiros. Eran montaraces de las estepas del norte y apenas chapurreaban la lengua local. Aunque cubiertos de polvo de los caminos y de rasgos bárbaros, los tres pertenecía claramente al linaje de Caín. Exigieron la sangre de mis acompañantes como pago por el peaje y por interrumpir su asamblea (creo que utilizaron la palabra kuriltai).

Pese a estar muy igualados en número, no quería luchar contra estos desconocidos. Estaba demasiado hambriento, y el riesgo de perder el control tan cerca de nuestro destino era demasiado grande. Finalmente me ofrecí a proporcionarles cualquier información que deseasen a cambio de que nos dejaran pasar en paz. Me interrogaron sobre las ciudades de Bukhara y Samarcanda, mostrando un especial interés en los vampiros que habitaban dichas ciudades y en sus defensas. Procuré ser cuidadoso en mis revelaciones, ya que no quería ser un instrumento de los bárbaros para saquear una ciudad musulmana. Mis "anfitriones" de la carretera eran paganos y claramente ignoraban las leyendas y costumbres de los Cainitas. Sólo puedo suponer que forman parte de alguna estirpe abandonada de los Caitiff.

Tras unas horas de desquiciante interrogatorio y un cuidadoso examen de nuestros corceles árabes (que rechazaron suponiéndolos inferiores a sus desaliñados ponis), parecieron satisfechos y nos permitieron pasar. Poco después oí los cascos de sus monturas alejándose hacia el noreste. Tras cruzar las puertas de la ciudad, seguí las instrucciones que había recibido para llegar hasta el sultán Karim, lo que nos lleva al comienzo del relato de esta noche. Se acerca el amanecer, llegó la hora de retirarse.

28 de Febrero de 1196: El encuentro de esta noche ha resultado demasiado intranquilizador como para no plasmarlo en papel. Mientras me arrastraba entre las casas de dos mercaderes ansiosos por ganarse el favor de mi maestro, casi me choco con un loco que cantaba historias de cataclismos. No me hubiera llamado la atención de no ser por sus largos y afilados colmillos. No conseguí mantener una conversación coherente con él, tan poseído como estaba por sus demonios interiores, pero me averigüe que su nombre era Alam y que, a menos que fuera uno de los descendientes poseídos por los djinn de Bay´t Majnoon, su locura debía estar provocada por un sufrimiento que jamás llegaré a comprender.

Alam ve la destrucción de Samarcanda en todas partes: jinetes esqueléticos, creo, que saquean todo cuanto encuentran y queman todo lo que tocan sus dedos. Sólo son la vanguardia: dirigen a unos arqueros de tres metros de altura que corren tan rápido como el viento y unos hombres voladores que llevan ríos en brazos. Alam retrocede ante sus ataques como si fueran reales, aunque puedo asegurarles que sólo existen en su mente.

Lo que más me intranquilizó fue su reacción cuando se calmó lo suficiente como para ver mi rostro. "Tu muerte se acerca", dijo, con una voz profunda y que, por un instante, me pareció totalmente racional. "Ya no puedes seguir escondiéndote de la mano" recalcó, "que se dirige hacia ti, Deja tus asuntos terminados".

Se fue poco después, pero tuve que cancelar el resto de compromisos que tenía para la noche. ¿Que sería lo que vio?.

Nota: Sobre los extraños "Caitiff" paganos que nuestro narrador encuentra al salir de Bukahara, se trata de los Anda, una estirpe de Wah'Sheen que cabalgan junto a los mongoles.
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