Objetivos

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Además de articular el concepto de “anarquista”, los intelectuales representan otro papel (uno más necesario). Tras otorgar una identidad a los descontentos, deben dotarla de objetivos. Si hay injusticia, la siguiente pregunta es “¿Cómo vamos a acabar con ella?”. En este punto, francamente, es donde la filosofía anarquista se muestra más débil, ya que nunca ha articulado un plan coherente destinado a reformar la sociedad de los Vástagos que haya sido aceptado por unanimidad. El problema es fácil de identificar, los antiguos atesoran todos los recursos disponibles de forma desproporcionada y utilizan este monopolio sobre el poder y los alimentos para manipular a los jóvenes para que se sometan a su voluntad. El movimiento lo ha identificado, ha reclutado soldados para luchar contra él y ha obtenido algunas victorias.

Pero no ha conseguido trazar el camino hacia una situación más equitativa. Con el nacimiento del nuevo siglo, pareció como si todo fuera a cambiar. Durante casi un centenar de años, la filosofía del Movimiento Anarquista se nutrió del mundo mortal. Desde finales del siglo XVIII hacia delante, el comunismo barrió a la democracia en la imaginación vampírica y los revolucionarios buscaron las filosofías colectivas que parecían adecuadas para remodelar el mundo de los vivos. Aunque pocos de estos filósofos fueron tan lejos como para instigar revueltas generales o intentar fundar células de partidistas emulando al anarquismo y al comunismo mortal, la mayoría estaba de acuerdo con la ideología que defendían estos movimientos. Muchos intelectuales anarquistas estaban seguros de que la nueva edad dorada sería testigo de la emergencia de “concilios gubernativos” o de una “democracia de grupo” de alguna clase que tendría un carácter más equitativo que la oligarquía social existente.

Varios grupos anarquistas trabajaron para llevar a cabo estas soluciones, y en algunos casos tuvieron éxito al establecer grupos locales que compartían el poder. Pero estos fenómenos fueron puramente locales, por lo que no se abrieron paso hacia una escala mayor. Estos acuerdos para compartir el poder se mantenían gracias a la fuerza de las armas y la astucia, lo que les hizo ser más parecidos a treguas militares que a organizaciones civiles. En ningún caso, alguna de las partes estuvo lo suficientemente satisfecha con la situación como para aceptarla como status quo. Cuando los asuntos se deterioraron, el conflicto volvió a adquirir protagonismo. Los intentos para crear una revolución más general sólo tuvieron éxito en el Estado Libre Anarquista de Los Ángeles, evento que acabó produciendo una escuálida anarquía mantenida por cierto número de “barones” que no eran nada más que hombres fuertes locales. Aunque también puede afirmarse que el desencadenante de la revolución del estado libre fueron las condiciones locales. Cierto, Jeremy MacNeil, el vampiro más poderoso, hizo todo lo que pudo para mantener el estado sumido en la anarquía que acabó siendo.

Durante la mayor parte del tiempo entre 1900 y 1990, los filósofos del Movimiento Anarquista debatieron acerca de la inevitabilidad de su victoria y sobre la organización de las utopías que le seguirían. Era una buena época para ser anarquista, ya que para muchos miembros del movimiento (así como para algunos antiguos y ancillae que se le oponían), parecía que la victoria estaba a la vuelta de la esquina. Pero conforme se acercaba el final del siglo, la base utópica que rodeaba al colectivismo del movimiento comenzó a disiparse. El colectivismo mortal era una causa perdida, ya que muchos de los estados comunistas se habían acabado convirtiendo en dictaduras y oligarquías autoritarias, e incluso los estados socialistas moderados caían bajo el peso de unas burocracias que habían apagado el fuego del impulso económico. El fracaso del Estado Libre Anarquista se iba convirtiendo en un ejemplo, y con el paso del tiempo, un número mayor de pensadores comenzó a desconfiar de la idea milenaria de que alguna clase de revolución social pudiera convertir a la sociedad de los Vástagos en una estructura jerárquica más justa.

Como resultado de ello, los últimos diez años han visto como el Movimiento Anarquista debatía sobre un gran número de acercamientos posibles. Los defensores del colectivismo se mantienen fieles a sus ideales con la esperanza de tener otra oportunidad para poner en práctica sus ideales y demostrar que las comunidades vampíricas pueden mantener las metas equitativas de su filosofía. Una facción conocida como los realistas está intentando animar a los miembros del movimiento para que descarten todos los planes a gran escala y se centren en el cambio a escala local. Entre los realistas y los colectivistas existe una gran escala de grises, donde decenas de filósofos que van desde los teólogos de la liberación hasta los evangelistas democráticos jeffersonianos luchan por llamar la atención de aquellos Vástagos que no desean subyugarse a una de las dos grandes sectas. Son momentos difíciles para muchos de los intelectuales del movimiento, en especial para los miembros de la vieja guardia, ya que muchas de sus presunciones vitales se están poniendo en duda a tenor de las circunstancias. Al mismo tiempo, el Movimiento Anarquista está sufriendo un proceso de renovación sin igual, y aunque esas luchas internas crean fricción, también son el origen de nuevas ideas y una fuente de preguntas que no se han formulado durante siglos. Es un momento importante, aunque algo amargo, para ser intelectual.

Filosofía y Sabbat

Incluso durante el último clímax del movimiento acaecido durante la Revuelta Anarquista, la causa anarquista no llegó a crear una solución. Los resultados acabaron viendo como el tradicionalismo se volvía a formular bajo la forma de la Camarilla y la estructura fascista del Sabbat, nacido de forma oportuna a partir de la falta de dirección de la causa furore. El Sabbat ofrecía lo que los anarquistas no podían ofrecer, una negación del individuo, un sentimiento místico de pertenencia y la satisfacción de integrarse en el ejército invencible de Caín para destruir a los Antediluvianos y establecer una nueva era dorada de características difusas.

Esta “solución” era lo suficientemente utópica y lejana como para que pocos de los primeros miembros del Sabbat se preocuparan por el hecho de que en realidad no proponía solución alguna. Sólo hacía un poco mayor el campo de batalla, extendiendo las condiciones del conflicto a un futuro indefinido y posponiendo la necesidad de un plan real para lo que vendría a continuación. Hasta que obtuviera la victoria, el Sabbat caminaría como un ejército, y un ejército no piensa en los individuos, sino en la victoria. Presumiblemente, este argumento sonó algo más que convincente cuando se escuchó de boca de Sascha Vykos, aunque no debería serlo. Consideramos que los fundadores del Sabbat hablaron al vacío. Si hubiera habido algo capaz de oponerse a él, es posible que el Sabbat no hubiera tenido tanto éxito en la competición por las mentes y los cuerpos. Sin ninguna alternativa viable en la mesa, la única alternativa consistía en unirse a una prolongación del viejo sistema bajo la Camarilla. Y aunque se prometieron algunas reformas, no eran la clase de cambio que los jóvenes anarquistas deseaban.
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