04 - La Sociedad de Leopoldo

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Uno de los primeros en ser honrados con los sagrados deberes de la Inquisición fue Leopoldo de Murnau, un maduro dominico de origen bávaro conocido tanto como por su santidad como por su ardor. Ya muy pronto en su carrera como Inquisidor, Leopoldo muy pronto encontró pruebas directas de la existencia de criaturas sobrenaturales; llegó a la conclusión de que aquellos diabólicos agentes del infierno ¿pues qué otra cosa podían ser? eran amenazas mucho más importantes y peligrosas para la fe que los simples herejes. De hecho, Leopoldo consideraba que el aparente incremento de la actividad sobrenatural era un signo de la inminente Parousia, el segundo advenimiento, en el que Jesucristo volvería para combatir a las fuerzas del anticristo. Esos sobrenaturales eran las fuerzas del enemigo, ya dispuestas para la batalla. Por consiguiente, Leopoldo empezó reunir una pequeña cuadrilla de Inquisidores dedicados a la eliminación de los sobrenaturales. Cuando llegase la Parousia, el salvador encontraría a su ejercito dispuesto y esperando recibir órdenes.

En 1231, cuando la iglesia comenzó oficialmente el proceso de erradicación de los albigenses y demás herejes, Leopoldo abordó a Gregorio IX y le pidió una dispensa especial para combatir a los enemigos sobrenaturales de la iglesia. Gregorio mostró sus dudas al principió, pero teniendo en cuenta la gran reputación de Leopoldo, le autorizó a fundar una Sociedad que llegase a cabo esta misión. El Papa decidió que, para preservar su eficacia (y para proteger su propia reputación en caso de que fracase), la Sociedad operaría en secreto. Los seguidores de Leopoldo eran pocos pero dedicados. Operaban como parte de la Inquisición ordinaria, pero siempre tantos a la presencia de sobrenaturales en su jurisdicción. Bajo la guía de Leopoldo, la Sociedad creció en poder, demostrando más de una vez su valía al acabar con las fuerzas infernales en medio de la cristiandad.

El Testamento de Leopoldo 

Hoy he visto de primera mano las verdades de las que habla nuestra madre, la Iglesia, estoy lleno de temores. Por la mañana visité los calabozos donde estaba confinado un pequeño número de herejes recalcitrantes. Encadenada a la pared se hallaba la delgada, abandonada figura de una mujer, sus rasgos aniñados transfigurados en una mueca de hirviente odio. La exhorté a confesar y abjurar de sus pecados, pero no recibí más que un torrente de groseras obscenidades. Temí que estuviera poseída, pues era pálida de piel, y extremadamente delgada. Cuando me acerqué a ella, la mujer arreció en su furia, comenzando a forcejear con los grilletes de hierro que la encadenaban a la pared. Para mi sorpresa y horror, se liberó de los grilletes lanzándose contra mí, sus manos transformadas en mortíferas garras, su boca abierta revelando un conjunto de resplandecientes colmillos.

Con seguridad era una de los vampyri de los que tantas leyendas había oído, leyendas que me había negado a creer. El instinto guió mi mano hasta mi crucifijo, que alcé frente a la bestia mientras le ordenaba que se detuviese en el nombre de Dios. Dios es, en verdad, poderoso, pues la bestia reculó ante la protección del crucifijo, apartándose cuanto le fue posible. Los guardias del calabozo se sumaron a la refriega, y con espadas y antorchas, y en última instancia con el asta de una lanza rota, destruyeron a la criatura frente a mí. Entonces me di cuenta de que la Bestia se había alzado frente a mí, y que mi misión estaba clara. Había sido enviado por Dios para combatir a las fuerzas del Anticristo, que acababa de ver por mí mismo.

—Leopoldo de Murnau, “El Testamento de Leopoldo”
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