Kin-jin y Kuei-jin han sabido, en ocasiones, que algo existe en las tierras que ellos mismos no controlan, pero la vasta mayoría de ambas razas tiende a suponer que ese algo es simplemente una rama bastante extraña de su propia estirpe. Hay una multitud de linajes insólitos y Dharmas singulares en el mundo; incluso para el Kuei-jin más cosmopolita resulta fácil asumir que las historias de vampiros que pueden liberar sus sombras y enviarlas contra sus enemigos son simplemente versiones distorsionadas de alguna Disciplina del Alma.
Aquí y allá, por supuesto, algunos Nosferatu y Flores de Hueso supieron algo más de sus extraños homólogos del otro lado del mundo. En los últimos años, los Diarios del Cadáver Corrompido de Yu Hongyan se han convertido en preciados manuscritos en las Cinco Augustas Cortes. Los diarios detallan la meticulosa disección que Yu realizó a una criatura que solo puede ser un Cainita en letargo. En su momento, sus pares despreciaron sus escritos tachándolos de mala metáfora y peor poesía.
A medida que se acerca el nuevo milenio, Kuei-jin y Cainitas se relacionan con más frecuencia que nunca antes. Con el nuevo contacto llegan los desacuerdos y un inevitable aumento de la curiosidad. Mientras los extranjeros vivían a miles de kilómetros de distancia, podían ser ignorados; cuando tratan de controlar tus contactos del hampa, hay que ocuparse de ellos. Por más que despotriquen algunos Dragones Tundidores, la mejor forma de encargarse de un problema es comprenderlo por completo. La destrucción nunca es más que una solución temporal.
Los Kuei-jin comenzaron su viaje hacia el entendimiento antes que los Cainitas, probablemente debido a las diferencias culturales. Varios Cainitas llegaron a Hong Kong con los británicos, destacando Robert Pedder. Sin embargo, la actitud del ganado incentivó a los Cainitas a tratar con los nativos. En su mayoría, los Kin-jin de Hong Kong estaban contentos dejando que los sucios nativos siguieran siendo un misterio. Por otra parte, las Cinco Augustas Cortes (especialmente la Corte de la Llama) comprendieron pronto que estos extranjeros afectarían el futuro de China.
Las Guerras del Opio, la influencia de los comerciantes extranjeros y la humillación de los tratados de Hong Kong así lo demostraron. Hacia los años 50, los Kuei-jin ya se habían infiltrado en las estructuras de poder de Hong Kong y habían adquirido conocimientos básicos sobre sus nuevos vecinos. La investigación se ralentizó por la facción bodhisattva, que veía cualquier contacto con los occidentales como un trato con akuma, pero la necesidad forzó una cierta interacción, sin importar el riesgo.
El proceso fue similar en otras regiones. La Casa Genji de Japón, particularmente ambiciosa, deseaba expandir sus operaciones y conocer más sobre sus primos occidentales. Para bien o para mal, sus primeros contactos fueron con manadas errantes del Sabbat, varias de las cuales se habían asentado en Japón. Aunque esos Sabbat no eran del todo sinceros y su información estaba llena de propaganda, los Genji lograron aprender bastante sobre los caminos de los Cainitas. Por su parte, la Casa Bishamon era menos dada al diálogo con los occidentales. Aun así, estableció un nicho propio en Vancouver, desde donde los secretos fluían hacia Tokio a un ritmo que alarmaría a los Cainitas de la ciudad si llegaran a saberlo.
El Príncipe Roderigo se rió burlón, sin hacer intento alguno por ocultar su desdén. Los miembros de la primogenitura presentes en el Baile Blanco y Negro de San Francisco le hicieron eco, salvo Francis... pero nadie estaba nunca seguro de sus sentimientos, pues su piel horriblemente derretida oscurecía demasiado su expresión.
-¿Pretendes decirme -dijo el Príncipe- que existe alguna clase de nuevo linaje... que camina de día y vive del aliento humano... y que viven entre los trabajadores del ferrocarril chinos, pero ni siquiera nos hemos dado cuenta? ¿Qué es lo siguiente? ¿Acaso las viejas historias de un anciano de tres ojos?
El débil Vástago ante él apretó los dientes. -Lo siento, mi Príncipe, pero sólo repito lo que mis criados orientales me han contado. Sé que parece improbable, pero he oído estos rumores más de una vez.
Roderigo se rió -Bien, MacArthur, en cuanto hayas pasado un poco más de tiempo en mi ciudad, encontrarás que la fiebre del oro engendra toda clase de rumores y locas historias. Es la naturaleza del ganado, no pueden hacer otra cosa que susurrarlas entre ellos. Sabía que dejarte tomar al lavandero como ghoul sería un error.
MacArthur negó con la cabeza, pero sin determinación. -Si ésa es tu voluntad, mi Príncipe, no hablaré más de ello. Pero creo...
La pausa fue perceptible; la risa de Roderigo se había desvanecido con solo la palabra "pero..."
-Creo, -continuó MacArthur- que hay un baile que disfrutar. Pido disculpas por alejarte de tan siquiera un momento de placer.
Roderigo sonrió de buena gana. -No importa, y es mejor que hables demasiado que permanecer silencioso en el momento equivocado. Adiós.
Los Kuei-jin comenzaron su viaje hacia el entendimiento antes que los Cainitas, probablemente debido a las diferencias culturales. Varios Cainitas llegaron a Hong Kong con los británicos, destacando Robert Pedder. Sin embargo, la actitud del ganado incentivó a los Cainitas a tratar con los nativos. En su mayoría, los Kin-jin de Hong Kong estaban contentos dejando que los sucios nativos siguieran siendo un misterio. Por otra parte, las Cinco Augustas Cortes (especialmente la Corte de la Llama) comprendieron pronto que estos extranjeros afectarían el futuro de China.
Las Guerras del Opio, la influencia de los comerciantes extranjeros y la humillación de los tratados de Hong Kong así lo demostraron. Hacia los años 50, los Kuei-jin ya se habían infiltrado en las estructuras de poder de Hong Kong y habían adquirido conocimientos básicos sobre sus nuevos vecinos. La investigación se ralentizó por la facción bodhisattva, que veía cualquier contacto con los occidentales como un trato con akuma, pero la necesidad forzó una cierta interacción, sin importar el riesgo.
El proceso fue similar en otras regiones. La Casa Genji de Japón, particularmente ambiciosa, deseaba expandir sus operaciones y conocer más sobre sus primos occidentales. Para bien o para mal, sus primeros contactos fueron con manadas errantes del Sabbat, varias de las cuales se habían asentado en Japón. Aunque esos Sabbat no eran del todo sinceros y su información estaba llena de propaganda, los Genji lograron aprender bastante sobre los caminos de los Cainitas. Por su parte, la Casa Bishamon era menos dada al diálogo con los occidentales. Aun así, estableció un nicho propio en Vancouver, desde donde los secretos fluían hacia Tokio a un ritmo que alarmaría a los Cainitas de la ciudad si llegaran a saberlo.
El Príncipe Roderigo se rió burlón, sin hacer intento alguno por ocultar su desdén. Los miembros de la primogenitura presentes en el Baile Blanco y Negro de San Francisco le hicieron eco, salvo Francis... pero nadie estaba nunca seguro de sus sentimientos, pues su piel horriblemente derretida oscurecía demasiado su expresión.
-¿Pretendes decirme -dijo el Príncipe- que existe alguna clase de nuevo linaje... que camina de día y vive del aliento humano... y que viven entre los trabajadores del ferrocarril chinos, pero ni siquiera nos hemos dado cuenta? ¿Qué es lo siguiente? ¿Acaso las viejas historias de un anciano de tres ojos?
El débil Vástago ante él apretó los dientes. -Lo siento, mi Príncipe, pero sólo repito lo que mis criados orientales me han contado. Sé que parece improbable, pero he oído estos rumores más de una vez.
Roderigo se rió -Bien, MacArthur, en cuanto hayas pasado un poco más de tiempo en mi ciudad, encontrarás que la fiebre del oro engendra toda clase de rumores y locas historias. Es la naturaleza del ganado, no pueden hacer otra cosa que susurrarlas entre ellos. Sabía que dejarte tomar al lavandero como ghoul sería un error.
MacArthur negó con la cabeza, pero sin determinación. -Si ésa es tu voluntad, mi Príncipe, no hablaré más de ello. Pero creo...
La pausa fue perceptible; la risa de Roderigo se había desvanecido con solo la palabra "pero..."
-Creo, -continuó MacArthur- que hay un baile que disfrutar. Pido disculpas por alejarte de tan siquiera un momento de placer.
Roderigo sonrió de buena gana. -No importa, y es mejor que hables demasiado que permanecer silencioso en el momento equivocado. Adiós.
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