Jing se sentó en silencio ante el televisor mientras la cinta se rebobinaba, El crepitar estático de la pantalla llena de nieve se mezclaba con el zumbido del aparato, creando una especie de ruido blanco que ahogaba todo lo demás.
Él podía haberlo falsificado... todo. Además, sería algo propio de Lang. Pero mientras Jing pasaba la mirada por la habitación del hotel, la evidencia física era abrumadora. Las fotografías extendidas sobre la mesa ante ella. La gran mancha de sangre junto a la cama. El cuchillo cubierto de sangre que había encontrado en el cubo de basura al entrar en el cuarto de baño para vomitar.
Al ver la carta por primera vez, había pensado que era un fraude. Lang estaba muerto. Tenia que estarlo. Habían pasado más de siete años desde su desaparición.
Si siguiese vivo, había pensado, se habría puesto en contacto conmigo. Pero estaba aquella vocecita susurrando en el fondo de su cabeza, diciéndole que ella no le importaba una mierda a Lang. Hacía mucho que Jing había aprendido a ignorar aquella voz... pero siempre estaba allí. Y entonces había llegado la carta. Era la letra de Lang, la firma de Lang, y, sobre todo, sonaba como él. No contenía gran cosa, sólo algunas veladas referencias a "algo increíble" que tenía que contarle. Eso, y la llave de una habitación de hotel.
El paquete que acompañaba a la carta tampoco había sido de mucha ayuda. Lo había leído atentamente siguiendo las instrucciones de Lang, pero no estaba segura de qué hacer con ello. Era una extraña pieza literaria, no exactamente una historia pero desde luego ficticia. ¿Cadáveres saliendo de sus tumbas y caminando por ahí? ¿Cortes enteras de criaturas muertas gobernando la noche en secreto? ¿Demonios, diablos y dioses vengadores de los Mil infiernos?
Parecía el guion de una de aquellas grotescas películas wuxia que Hong Kong producía todos los años. Y su hermano esperaba que ella se lo creyese todo. El vídeo dejaba bastante claro que él lo creía, al menos. La cinta era tan extraña... tan imposible... ¿pero por qué iba a mentirle ahora? Todo lo que decía encajaba a la perfección. Jing había sentido siempre que ocurría algo extraño, pero nunca había sido capaz de identificarlo.
Seguía ante la pantalla llena de nieve del televisor cuando el ariete de la policía arrancó la puerta del marco, abriéndola con estruendo. La habitación se llenó casi al instante de policías con su abultado equipo de intervención y sus pequeñas pero letales armas automáticas.
-¡Manos arriba! -le gritó uno de ellos a través del protector facial de su casco.
Ella obedeció dócilmente, poniéndose en pie con las manos en la cabeza, como siempre había visto hacerlo en las películas. El poli se acercó y le barrió los pies de una patada, haciendo que cayese al suelo.
-¿Qué es lo que pasa?- preguntó Jing cuando la rodilla del agente la clavó al suelo. No hubo respuesta, pero alguien le llevó rudamente las manos a la espalda y le puso unas esposas-. ¡No pueden hacer esto! ¡Yo no he hecho nadmmmpff... -Sus últimas palabras quedaron ahogadas cuando un pedazo de cinta adhesiva le selló la boca.
La presión sobre su espalda se relajó mientras los agentes barrían la habitación, comunicándose sólo con señales de mano, Jing observó impotente desde el suelo cómo eran eliminadas todas las señales de su presencia en la habitación. La cinta de vídeo, el cuchillo ensangrentado, su bolso... los polis lo metieron todo en una bolsa de lona. Uno de ellos incluso sacó una botella de alguna especie de disolvente para frotar la mancha de sangre de la alfombra junto a la cama.
Cuando hubieron terminado, la pusieron en pie e hicieron que saliera al pasillo, Siguió un incómodo paseo hasta la escalera trasera, que terminaba en un callejón tras el Kowloon Hilton. El sol estaba alto, y daba justo sobre ellos; Jing cerró los ojos involuntariamente cuando la luz le dio en la cara. Las puertas abiertas de un furgón de la policía estaban esperándola. Fue empujada al interior en compañía de seis agentes. Las puertas se cerraron con un golpe, ocultando el cielo vespertino, y los otros dos policías subieron delante. Con un chirrido de neumáticos, el furgón se internó en las calles de Kowloon.
Sumida en un hosco silencio, Jing estaba sentada en la parte trasera del furgón, embutida entre dos de los agentes. El vehículo se movía tan rápido como lo permitía el tráfico de Kowloon a aquella hora, haciendo aullar su sirena. Los pasajeros oscilaban adelante y atrás cuando el conductor eludía a otros autos.
-¿Por qué tenía que conducir Zhuo? -se quejó uno de los polis tras cinco minutos de agitado viaje-. Voy a vomitar el almuerzo.
Aquello pareció romper el hielo entre los agentes, que empezaron a relajarse,
-Odio estas operaciones -gruñó otro, quitándose el casco y la máscara-. Nunca nos dicen ni una mierda de lo que ocurre.
Los demás policías se quitaron también los cascos, secándose el sudor de la cara.
-Liao Xi, las órdenes llegaron directamente de Beijing. Más te vale no hacer preguntas -replicó un poli larguirucho mientras sacaba una botella de agua de un refrigerador. Al fondo del vehículo.
-Ya lo sé -contestó Liao Xi. -Pero mírenla -dijo, volviendo los ojos hacia Jing. Ella le devolvió una mirada furiosa-. ¿Dirían que tiene aspecto de traficante de heroína?
-¿Y cuál es el aspecto que debería tener una traficante de heroína, Liao Xi? —rieron los demás polis.
Liao Xi no parecía convencido, -Simplemente, odio que tengamos que mantenerlo todo tan en secreto. No me gustan los secretos. Lo que quiero decir es que llevarla a un piso franco en lugar de a la comisaría es jodidamente irregular.
-Piensas demasiado. Sólo estamos aquí para hacer un trabajo, ¿de acuerdo?
Los polis empezaron a intercambiar comentarios ociosos, y Jing se desentendió de ellos, ¿Qué iba a hacer? La policía estaba llevándola a algún sitio (quién sabía adónde, o para qué) ¡y no parecía que ella pudiese hacer una maldita cosa al respecto!
El conductor frenó bruscamente, y el furgón se tambaleó primero hacia un lado y luego hacia el otro. El mundo entero dio un vuelco cuando el furgón empezó a rodar violentamente. El sonido del metal rasgado y los gritos de los policías llenaron los oídos de Jing. Y entonces acabó todo. Los agentes gemían, todos ellos magullados y cerca de la inconsciencia,
Jing cayó sobre un robusto policía cuyo cuerpo amortiguó la mayor parte del golpe. La luz del sol entró en el furgón cuando sus puertas se abrieron, la cerradura destrozada por el impacto.
Jing se arrastró lo mejor que pudo con las manos esposadas. Esperaba que el dolor de los huesos rotos o los músculos forzados la detuviese, pero había salido del accidente con apenas un rasguño. Demasiado ocupada para entretenerse en bendiciones, reptó hacia el exterior por encima de los quejumbrosos policías. Al salir a trompicones a la luz vio un familiar par de pies. Levantó la vista hasta el sonriente rostro de su hermano, que la miraba con aquella expresión increíblemente satisfecha.
-Me alegro de verte, Jing -dijo él, ayudándola a ponerse en pie. Parecía ignorar el tráfico a su alrededor, y también a la gente que salía de sus coches mientras la parte frontal del furgón empezaba a arder. El vehículo se había detenido junto a una gasolinera... de la que los clientes salieron a toda prisa al ver a aquel hombre flaco con una automática, Una humareda negra salía del furgón y de los autos contra los que había chocado.
Lang se acercó a la trasera del furgón y quitó rápidamente las llaves de las esposas al agente que estaba junto a la puerta. Con las manos libres, Jing pudo quitarse la cinta adhesiva de la boca mientras su hermano la guiaba hacia la gasolinera, presumiblemente al callejón que había tras ella. La gente gritaba y corría, y Lang disparó unas cuantas veces al aire para que siguiese en movimiento.
-¿Qué le has hecho al furgón? -consiguió jadear Jing mientras cruzaban el aparcamiento.
-Yo no he hecho nada -dijo él-. Me he limitado a seguirlos y confiar en que ocurriría algo.
-¿De qué estás hab...?
La pregunta de Jing fue interrumpida por un grito y una ráfaga de disparos de automática. Lang cayó al suelo cuando las balas mordieron su espalda. Pero incluso mientras caía, giró sobre sí mismo disparando a ciegas. El policía que había conseguido salir del furgón y usar su subfusil se retorció bajo los impactos; Jing sintió nauseas cuando una nube roja salió del cogote del policía para decorar el parabrisas de un auto cercano. Lang se vino abajo.
-¡Lang!
Jing se arrodilló junto a su hermano. El humo de los vehículos humeantes le escocía en los ojos. No podía decir si de verdad estaba llorando o era sólo el humo, La respiración de Lang era húmeda y trabajosa. Cogió a su hermano por el hombro, ayudándole a sentarse. Pudo contar hasta diez orificios de salida de bala en su pecho: ¡ni siquiera debería estar respirando!
-Jing... tienes que irte, se me ha agotado la suene... -Lang tosió, escupiendo sangre sobre el pavimento. Buscó en un bolsillo de su chaqueta llena de agujeros hasta encontrar una tarjeta de visita de color blanco-. Gai Sen tiene... tiene todas las respuestas que necesitas -jadeó, apretando la tarjeta contra la mano de ella. Le dirigió una sonrisa, con los labios rojos de su propia sangre-. Espero que ahora me creas.
Echó un rápido vistazo por encima del hombro hacia los restos humeantes del furgón, y su sonrisa se desvaneció al ver que las luces de otros autos de policía anunciaban la llegada de refuerzos. Agitó la cabeza y miró de nuevo a Jing.
-¡Vete ya! ¡Vete Jing! ¡Corre! ¡No dejes que te coja la gente de Padre!
-¿Y qué pasa contigo? -replicó ella- ¡No puedo dejarte sin más!
Un resplandor antinatural apareció en los ojos de su hermano.
-¡Vete Jing! ¡Yo los entretendré! ¡Haz que esto sirva para algo!
Lang la apartó, y, tras una última mirada a su hermano moribundo, Jing se dio la vuelta y corrió hacia el callejón.
Kao Lang se apoyó sobre un brazo, boqueando de dolor mientras los polis avanzaban a través del humo negro. Alzó trabajosamente el brazo sano, manteniendo firme su pistola.
-De acuerdo, oscuro hijo de puta, ahora te necesito. Soy tuyo. Guía mi mano -susurró. Algo caliente se agitó en su cerebro, y sintió que le llenaban una fuerza y una vitalidad sobrenaturales. Las heridas de su pecho se cerraron con una rapidez demoniaca. Consiguió ponerse en pie, su rostro convertido en una retorcida mueca. Cuando los primeros policías salieron de la nube de humo, Lang movió su arma distraídamente, apuntando a un auto detenido junto a un surtidor de gasolina. Sonrió mientras apretaba el gatillo.
Jing no vio la nube de llamas anaranjadas que surgió a su espalda, pero si oyó el ruido. Sintió el calor. Obedeciendo algún alocado instinto, se enroscó como una pelota mientras la onda expansiva la atrapaba, lanzándola por el callejón y haciendo que se estrellase contra una pila de cajas.
Intentó hacerse todavía más pequeña, sintiendo el intenso calor de las llamas aun a aquella distancia.
-Lang...
Y entonces todo se volvió negro.
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