Las circunstancias del nacimiento de un Dhampyro suscitan toda clase de preguntas sobre el estado de su alma. ¿Lleva su sangre medio muerta los pecados de su madre o padre? ¿Está condenado al Yomi desde que sale del útero?
Bien, no tanto. Los Dhampyros son tan capaces de trascender sus mitades oscuras como cualquier otro, pero se enfrentan a tentaciones mucho mayores hacia el comportamiento inhumano. El P'o es el constante compañero de un Dhampyro: aunque su alma oscura no pueda decidir sus actos, el P'o siempre está allí, susurrando, guiando, tentando al Caminante de las Sombras a cosas cada vez más horribles.
Los Kuei-jin no tienen elección cuando su P'o salta al asiento del conductor, pero los Dhampyros siempre la tienen. El P'o no los controla: sólo puede señalar el camino. El semicondenado decide si escucha a su mitad humana o a la Demoníaca.
A diferencia de muchos mortales, los Dhampyros son conscientes de su lado oscuro en todo momento. Sienten el P'o retorciéndose y creciendo en su interior, y son agudamente conscientes de la extensión de su contaminación espiritual. Incluso pueden saber cuándo han dejado que la Bestia crezca lo suficiente como para condenarse al Yomi. Los Dhampyros completamente condenados están entre los más peligrosos de su especie. Temerarios y cada vez más inhumanos, suelen acabar al servicio de los Reyes Yama. Algunos esperan (en vano) su clemencia cuando llegan a los Mil Infiernos, mientras otros sólo quieren dejar alguna marca (aunque sea espantosa) en el Reino Medio.
Bien mirado, los Dhampyros están en gran medida en el mismo barco que los mortales corrientes. El destino final de sus almas depende de ellos. Tienen poderes muy superiores a los de la gente normal y se enfrentan a mayores tentaciones en el curso de sus largas vidas. Pero al final, lo único que de verdad condena a un Caminante de las Sombras es el más implacable de sus enemigos: él mismo.
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