Hoy se ha producido un hecho singular, incluso para los particulares estándares de mi investigación. Supongo que he experimentado una clase diferente de revelación, aunque no me agrada utilizar esta terminología de corte religioso.
Se produjo mientras seguía al n°11, el sujeto actual de mi estudio. Aparcó junto a una droguería y entró en ella. Yo me quedé Fuera, suponiendo que no tardaría en regresar a su vehículo. Para mi frustración, este n°11 había sido hasta entonces capaz de eludirme con gran facilidad cada vez que percibía que era seguido, así que estaba decidido a permanecer tan lejos de él como me fuera posible. No obstante, cuando escuché un tumulto en el interior del local, tuve que acercarme cautelosamente.
Al cruzar la puerta, el n°11 estuvo a punto de chocar conmigo. En el interior del local, la gente estaba gritando, mientras algunos individuos lo perseguían (más tarde descubrí sus nombres: Jared, "Hoja" y "Roblizo"). Es importante que ordene ahora mis recuerdos, cuando todavía están fresco en mi mente. Vi al n°11 como lo había visto
siempre: un cadáver andante, de piel suelta y pálida y una podredumbre carnosa alrededor de los ojos. Pronto se hizo evidente
que, por una vez, no era yo el único que lo veía de esa manera.
La criatura que se encontraba ante mí semejaba algo así
como una complicada ilusión óptica: a un nivel, seguía percibiéndola como en el pasado lo hubiera hecho (un joven pálido
con coleta y una expresión arisca). Pero, al mismo tiempo, en alguna medida, podía ver su carne decrépita salpicada de heridas tumefactas. No había parpadeo ni solapamiento, no era
como si se hubiesen revelado dos fotografías al mismo tiempo.
Al encontrarme con el n°11 en tan inesperadas circunstancias, no pude evitar musitar la pregunta que me había estado atormentando durante tanto tiempo:
—¿Qué eres?
La repuesta del n°11 fue un prosaico "¡Que te jodan!" y un intento de clavarme las uñas en la cara. Retrocedí, saqué mi pistola y disparé.
Entonces vi algo realmente extraordinario. Un delgado negro (Jared), que sostenía una gran barra de hierro con ambas manos, atravesó la puerta y golpeó al n°11 desde detrás mientras una mujer rechoncha ("Hoja") y su rubicundo compañero ("Roblizo") lo seguían de cerca.
A decir verdad, el n°11 apenas pareció notar el balazo o el impacto de la brillante barra. Hizo un gesto extraño, casi extravagante. Mientras lo llevaba a cabo, una negrura peculiar, sin origen evidente, pareció flotar alrededor de él, envolviéndolo como una niebla de tinta. Rodeado por la oscuridad, corrió hacia su coche. Volví a disparar y lo acerté de nuevo, mientras Jared gritaba "¿Dónde ha ido?".
—¿Es que no lo ves? Ese El Camino. ¡Es su coche!
La criatura estaba intentando sacar las llaves de su bolsillo. Jared se abalanzó sobre ella blandiendo salvajemente la barra. Volví a apuntar y entonces Roblizo me puso una mano en el brazo y gritó:
—¡No dispares!
Asumí que estaba preocupado por la posibilidad de que diera a Jared. El n°11 abrió la puerta del coche y, al verlo, Jared
volvió a atacar: un golpe oblicuo que no acertó a la criatura y destrozó el parabrisas de su coche. El n°11 le dio un fuerte empujón y cerró la puerta del coche. Volví a disparar y fallé.
— ¿Qué es esa cosa? —preguntó la mujer.
—No hay tiempo para explicaciones —contesté, mientras corría hacia mi propio coche y seguía disparando a la criatura. Volví a fallar.
Mientras me acercaba al coche pude oír a lo lejos las sirenas de la Policía. Trataba de introducir las llaves en el contacto cuando escuché que alguien llamaba a mi ventanilla. Jared me miraba con los ojos muy abiertos.
— ¿Sabes lo que es esa cosa? —me espetó. Asentí.
— Entonces voy contigo —dijo. Con sólo un momento para decidir, arranqué el coche. Él saltó al asiento trasero y nos lanzamos a la persecución, dejando a Hoja y a Roblizo en el lugar. Desgraciadamente, el n°11 volvió a mostrarse esquivo. Me dirigí hasta su residencia pero su coche no se encontraba allí.
El viaje nos dio la oportunidad de presentarnos una vez que la excitación provocada por la inmediatez del peligro se hubo calmado un poco. Jared me dijo que era camarero. Yo no tenía tiempo ni ganas de contarle mi historia, así que le dije que era médico de consulta. Nos intercambiamos nuestros respectivos números de teléfono y entonces me preguntó a quemarropa:
—¿Qué mierda era esa cosa putrefacta?
Le expliqué que, por su comportamiento y habilidades, el n°11 se asemejaba a lo que comúnmente se conoce como "zombi" o "fantasma". Se mantuvo un instante en silencio y entonces dijo que, de no haberlo visto, jamás lo habría creído. No pude estar más de acuerdo.
Una vez que dejamos de estar en peligro, Jared pareció reflexionar sobre el coraje que había mostrado anteriormente. Me preguntó si "la cosa" iba a regresar a su casa. Le contesté que parecía estar unida a ella por alguna clase de vínculo y que siempre que estaba herido pasaba allí toda la noche. Añadí que no parecía necesitar dormir y que en una ocasión lo había seguido durante 72 horas seguidas (la vez que viajó a Indiana y mató a aquellos dos adolescentes). Me preguntó cómo se había desvanecido y por qué era yo capaz de verlo. Contesté que no lo sabía.
Debo confesar que en aquel momento me encontraba esperanzado porque creía haber encontrado a otro investigador de lo oculto. Durante mucho tiempo había temido ser el único. Mi hipótesis era que mi prologada exposición a las criaturas sobrenaturales me había proporcionado una especie de inmunidad a sus habilidades. Si Jared era un estudioso como yo, eso explicaría su propia inmunidad. Pero no lo era.
Su historia era la siguiente: se encontraba en la tienda para comprar un paquete de cigarrillos (me preguntó si podía fumar en el coche y pareció molesto cuando le contesté que no). Repentinamente escuchó una voz que no parecía venir de ninguna parte y que le decía "no está vivo". Echó una mirada a su alrededor y descubrió que el hombre que se encontraba a su espalda era un muerto viviente. Aparentemente nadie más lo veía, excepto aquellos "dos hippies gordos". Cuando la "pelea" comenzó, todo el mundo escapó corriendo.
La mujer que se encontraba detrás del n°11 le preguntó si se encontraba bien (aparentemente creía que estaba herido). La apartó de su camino de un empujón y el hombre que se encontraba con ella se interpuso entre él y la mujer. Jared ya había
visto suficiente. El n°11 le había dado la espalda para atacar a la mujer, así que intentó agarrarlo. Rompió su presa, escapó y fue entonces cuando se topó conmigo en la puerta. Le pregunté sobre la barra de metal brillante. Jared no sabía de dónde la había sacado. Dijo que estaba caliente, pero no quemaba. Simplemente "apareció".
Se mostraba increíblemente impaciente. No quería salir del coche para fumar pero la espera parecía ponerlo nervioso. Al cabo de un rato, sugirió que volviéramos a la tienda. Para entonces, su compañía comenzaba a ponerme nervioso, así que accedí.
La Policía se encontraba todavía en la tienda, tomando declaraciones a los presentes. Cuando Jared los vio, entornó la mirada y me pidió que lo dejará en la esquina. Al ver que pensaba volver a entrar en la tienda, me dijo:
—Compórtese con naturalidad. Actúe como si fuese a comprar tabaco, o algo así —en otras circunstancias, puede que me hubiera divertido su pretensión de enseñarme cómo no llamar la atención de la Policía. En este momento, me encontraba sencillamente molesto.
Entré en la tienda y entonces me cuenta de que los 'dos hippies gordos" se encontraban todavía allí. La mujer le estaba diciendo algo al agente sobre "un hombre gravemente herido que se puso violento cuando tratamos de acercarnos a él". El hombre se había retirado a un lado con uno de los agentes y trataba de explicarle que su mujer se encontraba sometida a una gran tensión. Estaba tratando de escuchar lo que ocurría cuando un policía se plantó delante de mi, me miró fijamente y preguntó:
— Muy bien. ¿Cuál es su historia, amigo? ¿La del robo violento con un montón de tiros en el que nadie sale herido o la del muerto viviente y el tipo negro con una espada llameante?
Le devolví una mirarla perpleja y contesté:
— De hecho, sólo venía a comprar una Guía de TV nueva. Mi gato se ha meado encima de la antigua.
Rio y sacudió la cabeza. Mirando detrás de él, pude ver al hippie, que me miraba fijamente. Asintió y, con un gesto discreto, le devolví el asentimiento.
Me agaché sobre el mostrador de revistas y lancé una mirada a mi alrededor. Nadie me prestaba atención. Saqué un billete de mi cartera y escribí mi número de teléfono en él. Pagué la Guía y me detuve a atarme los cordones mientras los policías abandonaban la tienda. La mujer seguía tratando de explicarles lo que había visto y los intentos de los agentes por calmarla resultaban cada vez más breves y menos insistentes. Los siguió hasta el aparcamiento, con su marido detrás. Cuando los policías se hubieron marchado, me acerqué a ellos y les tendí el billete.
— Creo que se les ha caído esto —dije.
Con los ojos entornados, la mujer me lanzó una mirada de enfado. El hombre, en cambio, mostraba una expresión más abierta y franca. Cogió el dinero.
—Soy el Dr. Van Wyk —dije.
—Soy Roblizo —contestó él—. Ésta es Hoja.
Se marcharon. Conduje hasta la casa del n°11. Su coche seguía sin estar. Esperé tres horas con la mente preocupada y perpleja. Creo haber llegado a dos conclusiones: quizá comienzo a ver el mundo como mi presa y quizá he dejarlo de estar solo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(
Atom
)
LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















0 comments:
Publicar un comentario