En los últimos años de la dinastía Shang, China había alcanzado el punto en el que comenzaban a despuntar los primeros reinos reales. El emperador y los chamanes consolidaban rápidamente su poder, y ni ellos ni sus fieles temían nada. Disponían de ayuda sobrenatural en su búsqueda de poder, y ofrecían gustosos sacrificios humanos a cambio de esta colaboración.
Aunque aún no existían grandes ciudades, las pequeñas zonas civilizadas se hacían cada vez más fuertes y la gente ofrecía regularmente un tributo sangriento a los espíritus de las tinieblas.
Para la clase dirigente todo marchaba bien. Muchos de los sacerdotes y chamanes trabajaban para los Kuei-jin, o incluso lo eran. Pocos se atrevían a oponerse a ellos, y los que lo intentaban solían ser el siguiente sacrificio exigido por los "dioses". Las manipulaciones de los Kuei-jin ocultaban el secreto de su existencia, ya que incluso encones tenían enemigos, otros shen querían acabar con ellos.
En una de estas primeras noches nació un hombre de gran riqueza y poder. Su nombre era Wan Kung Yi, y fue el creador de los ejércitos Shih.





















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