—No —le contesto—. Mi nombre no es Mary Ellen. Y no estoy interesada. —Empiezo a empujar la puerta para cerrarla.
—Espera —dice—. ¡Te he buscado por todos los sitios! ¡Tengo que hablar contigo! —Pone el pie enfrente de la puerta. Cuatro días de ayuno me han dejado demasiado cansada para hacerle retroceder.
—Lárgate —le refunfuño—. Te equivocas de persona. —¿Quién le envió? El enfado hace que mis puños se aprieten como los anillos de una boa constrictor.
—No —dice él—. Sé quién eres. Te he visto antes. Tú a mí no, pero has oído hablar de mí. Soy C.
• • •
El sitio más cercano para comer es uno de esos restaurantes de pollo frito. Un sonriente polluelo en la puerta no parece darse cuenta de que está en el menú. Ya he visto esa pinta antes. El chico no solo insiste en comerlo todo con las manos, sino que también consigue embadurnarse toda la boca de grasa de pollo. Le hago limpiarse la cara y comer con cuchillo y tenedor antes de hablar con él. Parece como si hubiera llevado la misma camiseta durante un mes. Está cubierta de manchas de comida y está ensanchada casi hasta los hombros. Su postura es horrible.
—Empieza por decirme cómo me encontraste —le digo, porque ya no puedo soportar más el verle masticar con la boca abierta. Mis palabras parecen rodear mi cabeza como moscas. La visión del motel me ha abandonado. Ya no puedo recordarla, pero aún estoy mareada.
—Oh, simplemente lo supuse. Pensando en ello y todo eso. Supongo que tengo un poco de suerte. Después del combate en la estación de tren de Quincy, envié algunos mensajes a hunter-net...
—¿Adónde?
—¿Hunter-net? ¿Internet? ¿No lo usas?
—Odio los ordenadores —le digo—. No comas mientras hables. —No tengo nada que decir, pero mantengo la conversación. Esta no soy yo.
—Da igual —y suelta un muslo de pollo—, recibí un mail de este, bueno, tipo que conozco. Me dijo que él y algunos otros tíos se reunieron contigo y planearon algo. Así que fui a su casa y esperé un rato. Tú ya te habías ido. Pero entonces recibió un mensaje y...
—¿Un mensaje de quién?
—De... ya sabes... los Mensajeros —su voz bajó un poco—. Los recibo desde hace unas semanas.
Mensajeros. Heraldos. He oído a otros cazadores emplear estos términos. Son palabras cargadas de asunciones erróneas. Yo las llamo las voces, sean lo que sean, porque de lo único que estoy segura es de que me hablan. Creo.
—Estaba leyendo mi libro de poesías —dice C—. Poetas americanos contemporáneos. Ahí es donde siempre me hablan. ¿Te gusta la poesía?
—Solo los Talking Heads. Ce que j'ai fait, ce soir-là. Ce qu'elle a dit, ce soir-là. —Se me queda mirando—. Acaba tu historia —le digo.
—Pues eso, que estoy mirando este poema de E. E. Cummings, y de repente las palabras se reordenan, y forman la frase "CASA DE LA LUNA DURMIENTE". Mola, ¿eh? Así que estuve pensando en ello durante un día más o menos, y entonces recuerdo que aquí estaba el motel este o lo que sea, llamado Luna Durmiente, en la Autopista 13. Cuando tenía nueve años mi tío me trajo a ver la exposición de Rocas y Minerales. Compré un pez fosilizado del período Devónico. Es cuando los peces empezaron a desarrollar mandíbulas. ¿Sabías que hoy en día solo existen dos especies de peces sin mandíbula? El mixino y... Bueno, que me colé en el hotel y, ya sabes, encontré tu habitación.
Sorbió de la pajita hasta que acabó toda la soda del vaso, y siguió sorbiendo haciendo un molesto ruido.
—¿Cómo llegas a todos esos lugares? Eres demasiado joven para conducir.
—Oh, me lleva el tío Pete —se echa hacia delante y susurra—. Está un poco tonto. Consigo de él todo lo que quiero.
Ahora que hemos comido, siento que mis fuerzas vuelven. Siento el fuego arder entre las costillas. Mis músculos están calientes y siento que necesito actuar, hacer cosas, irme de aquí. Necesito separarme de este sucio chiquillo, con sus atroces modales en la mesa y sus cientos de preguntas. Necesito llegar a algún pueblo llamado Trinity. Eso es lo que me dijo la voz muerta.
Algo ha cambiado desde mi visión en el motel. En algún lugar dentro de mí, los huevos están eclosionando y sus ocupantes están culebreando. Minúsculos monstruos en mis venas. Debería dejar al chico aquí, pero no puedo. Está pegado a mí como una lapa y tendré que llevarle a casa. No puedo abandonarle aquí. Quiero hacerlo, pero no puedo. Demasiados niños no regresan a casa.
—He estado pensando mucho en el combate en Quincy —dice—. A excepción de ti, solo sobrevivió otra persona. Este tío, el señor F...
—Una vez que oyes voces, tus días están contados. Tienes que entender eso. —Si espera que me haga responsable de la muerte de sus compañeros (Kyle y el resto), va a quedar decepcionado.
—Fue culpa mía —dice—. Mira, soy, era, una especie de líder para el grupo. Yo les convencí de que fueran contigo. Ahora me doy cuenta de que fue un error. Lo hice por un mensaje que recibí. Me decía que te ayudara. Pero he estado pensando en ello y ahora sé que el mensaje era para mí... personalmente. Se supone que tengo que ayudarte. Por eso vine en tu busca. Para ayudar.
Tan solo puedo quedarme mirando al muchacho, sintiendo abrasadoras fuerzas deslizándose bajo mi piel, preguntándome por cuánto tiempo puedo mantenerlas a raya. Durante una fracción de segundo, nos imagino a mí y a este chico como un par de hormigas en un camino de entrada, absortos en una miga de pan mientras un Ford Explorer sale del garaje y rueda hacia nosotros.





















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