—¿Estás segura de lo que estás hablando? Esta es la tercera noche y nada. Te lo digo, estamos empezando a pensar que podríamos hacer mejores cosas con nuestro tiempo, ¿sabes? Matar al enemigo en lugar de matar el tiempo.
Su nombre es Kyle o Kevin o algo que empieza con K, lo que sea. De eso estoy segura. Tenía dos modos de pasar el tiempo: parlotear como un mono capuchino o tamborilear los dedos sobre el salpicadero. Nunca ambas cosas al mismo tiempo. Sus uñas están sucias. Está nervioso pero intenta que no lo parezca. Tiene un arma y cree que no lo sé. La pistola está bajo su camisa, metida en los pantalones. Siempre me ha parecido estúpido cuando un hombre lleva un arma así, como en la tele. Un poder mortal apuntando a su propia entrepierna. Aparté los ojos de él para mirar la noche que envolvía el coche y se disponía a engullirnos. Una vez no hubo noches, solo días. Kevin o Kyle toma un sorbo de café. Se detuvo en un Starbucks antes de reunirse conmigo. Un Starbucks. Me concentro en mis ejercicios de respiración. La respiración es la vida. “The wind in my heart / The dust in my head”. La vida es respirar. Empieza a hablar otra vez.
—No somos una panda de principiantes, ya sabes. Claro, la hemos cagado un par de veces, pero ahora ya hemos tirado de la cadena. Nos cargamos a un montón de sucios cabrones. —Otro trago de café. Un arpegio en el volante—. Alguien me dijo que habías estado cazando durante... a ver, hace ahora más de un año. Eso es un montón de noches. —Sorbo—. ¿Cómo es después de tanto tiempo? Apuesto a que has visto alguna mierda bien seria.
Ignoro su lenguaje obsceno. Busco el fuego en mi estómago, justo debajo de la caja torácica. Las cosas no van bien. Después de tres noches de nada, el fuego se está apagando. Tengo que alimentarlo, echarle combustible, hacerlo crecer, fortalecerlo. Si no lo hago, volveré a los malos tiempos, cuando se hacía doloroso incluso salir de la cama.
En este momento, Kyle me dice que las cosas están cambiando, que los cazadores se están uniendo y pronto acabarán con el imperio del mal que ha estado esclavizando a la humanidad. Comienza un debate acerca de si los enemigos son alienígenas de otro planeta o monstruos sobrenaturales. Cuando no digo nada, discute consigo mismo, poniéndose de una parte y luego de la otra. Él y su grupo creen que importa de dónde provenga el enemigo, el porqué están aquí, cuál es su verdadera naturaleza. No se dan cuenta de que la única batalla que importa es la que te involucra en ese momento.
—Cierta noche —digo, interrumpiendo su tediosa perorata— estaba en una ciudad llamada Bethlehem, en Pensilvania. Estaba magullada y agotada, y apenas podía caminar. Estaba lloviendo. Tenía que coger un autobús en tres horas, y tenía miedo de que si me quedaba dormida en algún sitio, no me despertaría a tiempo. Vi un coffee shop y decidí entrar. Había unas quince personas por allí sentadas esperando a que alguien subiera al escenario. Pedí algo de sopa y mi senté al fondo. Una chica joven se puso ante el micrófono. No podía tener más de veinte. No llevaba instrumentos. No se presentó. Tan solo comenzó a cantar sin acompañamiento.
Mi voz es ronca y monótona, inexperta, cantarina, como si recitara de memoria, lo que desde luego estoy haciendo. No suelo hablar mucho con los demás. Las palabras pueden usarse contra uno, porque nunca sabes quién más podría estar escuchando. Cuando me detengo, se vuelve hacia mí y se me queda mirando, esperando más. Kevin cree que le estoy contando la historia a él. Continúo.
—Su voz era la música más exquisita que jamás había oído. El dolor se disipó. Mis heridas mejoraron. Era como una nana. Como estar a salvo en la cama mientras tu madre te cuenta un cuento...
Mi voz se traba por un instante mientras una imagen del libro de cuentos favorito de mi hermana pequeña flota en mi mente. Aclaro mi garganta y sigo.
—Era como una promesa de paz. Como la paz misma. —Respiro con profundidad—. Cuando volví la vista, vi que la sala estaba llena de espíritus (al menos tres por persona). Todos miraban al escenario, escuchando cada nota. Incluso los que no tenían rostros (o cabezas) parecían estar en la dicha. Entonces miré a la cantante. No era ella la que cantaba. Era algo enmarañado en su interior, que la controlaba como a una marioneta.
Kyle interpone un silbido lento.
—Joder. No sabía que pudieran hacer eso. Me dijeron que podían subírsete para dar una vuelta, ¿sabes? Pero no tres o más.
—Esperé a que el sitio cerrara. Algunos de los amigos de la chica la acompañaron a casa, pero les dijo que se marcharan una manzana antes de llegar a su apartamento. Cuando abrió la puerta del portal, entré deprisa y la derribé. Rompí tres de sus costillas antes de que el parásito dejara su cuerpo. Después lo paralicé y lo empalé. Observé cómo se diluía como el proverbial pilar de sal. Dejé a la chica llorando en el suelo. Cuando estuve a unas manzanas de distancia, me detuve en un callejón para vomitar.
Kyle se gira para mirar el parabrisas, con la boca abriéndose y cerrándose en silencio. Sus dedos ya no tamborileaban. Como colofón, añado:
—Eso es lo que se siente.
La memoria ha hecho su trabajo. El fuego vuelve a arder, constante, en mi interior. Por ahora, de todos modos.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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