Formar una Familia (Relato)

Hoja apretó el puño y golpeó con todas sus fuerzas mientras de su garganta escapaba un grito ahogado. El sudor empapaba su frente y le ardían los pulmones, pero no podía abandonar. Sabía que aquello podía salvar su vida.

—¡Ichi! ¡Ni! ¡San! ¡Chi! —su instructor de artes marciales, un hombre tan delgado que casi parecía bidimensional, paseaba delante del grupo de estudiantes, observándolos. Se detuvo frente a ella.

—Vamos a ver, Hoja —dijo—. La postura tiene que ser más contenida, más baja... así no podrán derribarte. Retrasa la mano hasta la cadera, ¿lo ves? Y no te inclines hacia adelante... la espalda tiene que estar recta. ¡Diez más, señores!

El maestro se llamaba Steve. Uno de los amigos de Hoja estudiaba aikido con él. Inicialmente, después de que ella y su marido, Roblizo, hubieran decidido que tenían que estudiar artes marciales, se decantaron por aquella, "la senda de la suavidad". Sin embargo, una discusión franca mantenida con el propio Steve les había convencido de que sería mejor tomar clases de defensa personal.

—Miren, el aikido es un sistema magnifico. Si no creyera en sus principios, no lo estudiaría. Pero si lo que quieren es aprender a defenderse en poco tiempo y ponerse en forma rápidamente, tomen clases de autodefensa. Es una disciplina más acrobática y más... directa. Después de un año estudiando aikido, serán capaces de lanzar a la gente de un lado a otro sin apenas esfuerzo físico, pero si se deciden por las clases de autodefensa, empezarán a mejorar en el plazo de un mes. No es que sea mejor, pero con las patadas y los puñetazos el margen para el error es mucho más amplio.

Sin embargo, las clases eran algo más que patadas y puñetazos. También estaban las presas y las técnicas de lucha libre: la manera más eficaz de ahogar a alguien hasta hacerle perder la consciencia y los puntos en la muñeca y el brazo que permitían infligir el máximo daño con la mínima presión.

Todo ello hacía que Hoja se sintiera sumamente incómoda. Ella era una pacifista. Creía en la paz y la armonía. Steve le había dicho que él también, pero resultaba algo difícil de recordar cuando la animaba a perfeccionar sus técnicas de estrangulamiento.

Más tarde, mientras se dirigían a casa en coche, habló sobre ello con Roblizo.

—¿Te hace sentir incómodo? Me refiero a lo de la pelea.

—¿En el dojo? No, la verdad es que no —replicó él—. Sobre todo cuando se lo compara con las de verdad.

—Pero el Poder Viviente... ¿Tú crees que quiere que recurramos a la violencia?

—Lo que seguro que no quiere es que nos maten, cariño.

Ella no tenía respuesta para eso. Un par de kilómetros más tarde hizo una nueva pregunta:

—¿Tú que prefieres, la lucha libre o combatir de pie?

—Creo que me gusta más la lucha libre. Tengo la impresión de que hay una parte de mí que echa de menos esa parte de mi infancia, ¿sabes? Me recuerda a cuando daba vueltas por el suelo con mi hermano, solo que es un poco más... intenso.

—¿De verdad? A mi me hace sentir un poco incómoda.

— Bueno. Eres una mujer en una clase en la que casi todos son hombres. No me extraña que rodar pro el suelo con toda clase de desconocidos te haga sentir un poco incómoda.

—No es exactamente eso. Solo la idea de... hacer daño a alguien. No me gusta.

—Se supone que si aprendes estas técnicas podrás detener a alguien sin hacerle daño. Quiero decir, piensa en nuestra vida. Si de verdad tenemos que impedir que alguien haga algo, por lo menos tendremos que dejarlo inconsciente —por un instante pareció sombrío y ella supo que estaba pensando en Loretta, una mujer que había parecido una vulgar lectora de contadores pero que en realidad utilizaba su trabajo para localizar víctimas solitarias y aisladas para su amo... una criatura que vivía solo para matar. Habían tratado de detenerla, de capturarla, pero ella era demasiado fuerte. Roblizo la había golpeado con una tubería de hierro. Todavía estaba en coma y ellos vivían temiendo el día que despertara—. Puede que cuando lleguemos a la parte de darnos golpes el uno al otro en vez de golpear a un saco de arena... puede que entonces la cosa te agrade más.

Otros dos kilómetros y otra pregunta:

—¿Crees que estoy perdiendo el tiempo? Me refiero, ¿de verdad crees que alguna vez seré capaz de hacerlo?

—No te subestimes. Te pasas, ¿cuanto, cinco horas al día? encorvada sobre un torno de alfarero. Seguramente tu espalda es tan fuerte como la de cualquier otra persona del gimnasio. Y tus antebrazos tampoco son débiles.

—Roblizo, eres un idiota romántico —sonrió. Él le devolvió la sonrisa.

• • •

Una semana más tarde, después de la clase, tuvieron una discusión muy diferente. Había sido una semana dura. Una de sus camaradas cazadores, una mujer llamada Constance Chilton, había localizado un pútrido en la cercana Naperville. Habían tratado de aislarlo y acorralarlo, pero se les había escapado en el aparcamiento de un concesionario.

—Roblizo... ¿recuerdas aquel susto que nos dimos con mi periodo? ¿Cuándo me retrasé?

—Yo no lo llamaría "un susto" —Hoja había tomado Trifasal durante años y normalmente era tan regular como un reloj. Pero en una ocasión, después de que el período se le retrasara un día, habían pasado 24 horas sumidos en una neblina de esperanza, miedo y confusión, preguntándose si estaban preparados para tener niños, si tenían la necesaria estabilidad financiera y los cambios que tendían que llevar a cabo. Cuando por fin le bajó el periodo tuvieron una larga charla y ella dejó de tomar la píldora. La verdad es que "quedarse embarazados" no había sido su intención. Pero estaban preparados para aceptar a un niño si ocurría.

Un día después de que vieran al primer muerto viviente en la tienda, ella había vuelto a tomarla.

—¿Te das cuenta de que si no hubiera sido una falsa alarma, ahora mismo estaría a punto de dar a luz?

Él se mantuvo en silencio durante unos segundos.

—Vaya —dijo al fin. Estaba aparcando. Mientras ponía el freno de mano, se volvió hacia ella—. ¿Sigues queriendo tener niños? Quiero decir... ¿sabiendo...?

—No estoy segura. Parte de mi me dice, "Cómo puedes traer a un niño a un mundo lleno de pesadillas?". Pero cuando vino el Poder Viviente... no lo sé. Es como si todo estuviera más claro. Me refiero... incluso antes de la Llamada, sabíamos que este podía ser un mundo horrible. ¿Recuerdas a aquella mujer de Naperville que ahogó a sus tres hijos? Ahora sabemos que no somos sólo nosotros. Ese mal es objetivo, tiene forma, no es sólo una idea. Pero también existe el bien y es igualmente palpable. Sé que los bebés son algo bueno... Quiero decir, todo el mundo lo sabe, ¿verdad?

—Supongo que si.

—Solo fíjate en la forma en que la gente se derrite cuando hay niños alrededor. Todo el mundo empieza a sonreír y a hacer monerías y... ya sabes. Todo el mundo se vuelve un poco más blando. Eso tiene que ser bueno.

—Cariño, no estoy seguro de que podamos permitirnos ser blandos —lo dijo tranquilamente pero con tristeza. Ella no contestó durante un momento.

—Si la gente buena deja de tener hijos por miedo a las cosas malas... ¿cómo podrá ganar el bien?

El no supo que responder.

Al llegar a su apartamento los esperaba un mensaje en el contestador automático. Constance Chilton estaba hospitalizada, con la espalda rota y en espera de una evaluación psiquiátrica.

• • •

Guadalupe Droin —otra cazadora— los esperaba en el hospital. Hoja y Roblizo no la conocían demasiado bien; los separaban grandes diferencias de opinión respecto a la manera de tratar con lo sobrenatural. En medio de su miedo y su pena, Hoja se preguntó por qué Constance había llamado primero a Lupe y no a ella.

—¿Cómo está?

—Los médicos dicen que está descansando, lo cual, supongo, significa que está drogada. Se pondrá bien, creo... Se cura rápidamente —dijo, con un significativo gesto de la cabeza.

—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó Hoja. Lupe se encogió de hombros.

—Estaba en casa, sola. Esa cosa entró, cayó sobre ella y le rompió la espalda. Lo que me asombra es que siga con vida.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que con la espalda rota, ¿crees que tendría la presencia de animo necesaria para luchar contra esa criatura?

—El... —dijo Roblizo sombrío —. Ya veo a donde quieres ir a parar.

—¿Es posible que no fuera capaz de rematarla? —preguntó Hoja, consciente de que su voz sonaba muy débil.

—No —dijo Roblizo con lentitud —. Estoy pensando... ¿alguna vez has odio hablar de un tarro de miel?

Lupe lo miró, perpleja.

—¿Un tarro de miel? ¿Te refieres a una novia muy cariñosa, o algo así?

—No. Era algo que el Vietcong solía hacer. Un francotirador esperaba hasta que un GI estaba a campo abierto y entonces le disparaba en una pierna. Cuando uno de sus compañeros salía para auxiliarlo, el francotirador le disparaba también... para herir o para matar. Así, el hombre herido se convertía en un cebo para el resto de su unidad.

—¿Crees que es lo que nos está haciendo?

En silencio, Hoja caminó hasta una mesa y sacó una pluma y una tarjeta de visita de su bolso. Escribió algo, volvió a acercarse a Roblizo y lo rodeó con el brazo.

—Cuando lo perseguimos por el aparcamiento, parecía que pudiera volverse invisible a voluntad —dijo ella—. Sólo pensar en que puede estar cerca de nosotros sin que lo sepamos... me aterroriza.

Discretamente, levantó la tarjera, bien escondida en la palma de su mano.

Está aquí. No digas nada. Ahora que había activado su visión, Hoja sabía que la criatura se encontraba justo detrás de ellos, observándolos. Sostuvo la tarjeta en alto de manera que no pudiera verla.

Lupe respiró profundamente.

—No seas tan suspicaz. Te volverás loca —dijo—. Mira, hablaremos de todo esto mañana —y entonces dio un paso y los abrazó. Aparte de algún que otro apretón de manos ocasional, era la primera vez que se tocaban.

Cuando se marcharon, Hoja advirtió que Lupe se retrasaba. Pero no reparó en la serpentina de humo que emanaba del ser que los acechaba. Esa era una marca que sólo los ojos de Lupe podían ver.

• • •

Roblizo y Hoja hicieron turnos para dormir. Habían visto a la criatura seguirlos hasta su casa en una destartalada camioneta. Lupe se presentó allí a la mañana siguiente.

—Escuchen, puedo seguir el rastro de esa cosa pero quiero imponer algunas reglas, ¿de acuerdo?

—¿Qué quieres decir con reglas? —preguntó Roblizo.

—Quiero decir que lo haremos a mi manera. Entramos, no hablamos con ella, no intentamos que diga lo que siente o que reflexione sobre sus malas acciones... simplemente la matamos.

—¿Qué te da derecho a imponer condiciones?

—Que puedo encontrarla... y que ella puede encontrarlos a ustedes.

—¿Es que no te das cuenta de que estas actuando exactamente como ella? —exclamó Hoja enfurecida.

Las aletas de la nariz de Lupe temblaron.

—No haces que quiera ayudarlos.

—Entonces, ¿por qué no nos abandonas? Deja que el pútrido haga tu trabajo sucio. No te gustamos, ¿verdad? Piensas que somos débiles, blandos... o como quieras llamarlo, sólo porque no intentamos masacrar a cualquiera que no es como nosotros. Bueno, pues eso es lo que nosotros creemos. Pensamos que es lo correcto, del mismo modo que tú lo piensas sobre tus creencias. Y si reniego de mis creencias sólo para permanecer con vida, si hago lo que está mal sólo para sobrevivir, ¿qué me diferencia de una criatura que mata para conseguir sangre?

—¡Pero es que están equivocados! —gritó Lupe— ¡Se supone que están de nuestro lado, no del de ellos! Por el amor de Dios viste lo que le hizo a Constance. Ella es su amiga. ¿Cómo pueden ponerse ahora de su lado?

—Lupe, Hoja... vamos a calmarnos un momento —Roblizo levantó sus grandes manos en un gesto conciliatorio—. Hoja, cariño, sabes que estoy de acuerdo contigo. Lupe, no vas a convertirnos en guerreros cruzados, por mucho que quieras. No puedes hacer de nosotros algo que no somos —Lupe tomó aliento para replicar pero Roblizo levantó un dedo y alzó la voz—. Pero en este caso particular, pienso que están en lo cierto. No creo que esa criatura merezca una oportunidad —se volvió hacia Hoja, que lo miraba ferozmente—. Esto de acuerdo con Lupe. Creo que debemos actuar a su manera. ¿Estás con nosotros?

—Solo llévame a donde está —dijo Hoja—. Pero no les prometo nada.

• • •

El rastro de Lupe terminaba en pleno Rosebrook, en una casa de ciento cincuenta mil dólares situada en un callejón sin salida y a menos de tres metros de los edificios vecinos. Era del mismo color que todas las demás y tenía la misma forma que un tercio de ellas. Era perfectamente sosa, perfectamente anónima, perfectamente suburbana.

En vez del taxi que solía conducir, Lupe apareció con una furgoneta blanca en cuyo costado podía leerse, "Jardinería Pulgar Verde".

—Si alguien pregunta, son invitados en la casa y yo soy la asistenta, ¿de acuerdo? —Hoja y Roblizo observaron, sintiéndose un poco inútiles, mientras ella apoyaba unas escaleras contra la pared de la casa y comenzaba a subir hacia el tejado. Un hombre apareció en la calle y ella fingió estar limpiando las manchas de humedad mientras Hoja se metía en la furgoneta con su marido. Cuando todo volvió a estar despejado, Roblizo salió e hizo una señal. Guadalupe asintió, alargó los brazos hacia arriba y comenzó a manipular unos de los cables que entraba en la casa.

—Muy bien —dijo, al volver con ellos—. O bien corté su alarma y ya no puede conectar con la Policía o se ha quedado sin HBO.

Se dirigieron a la parte trasera de la casa. Guadalupe llevaba una mochila con una pistola y una linterna. Hoja y Roblizo portaban barras, cuidadosamente escondidas en un costado de las camisetas, cada uno de ellos tenía un martillo y una estaca.

El interior de la casa era perfectamente normal. Todo estaba limpio y ordenado. Los electrodomésticos eran de una alta gama. La decoración era de un gusto a la vez soso e impecable. Parecía casi un piso piloto: un modelo deshabitado utilizado para convencer a al gente de lo plácidas y apacibles que podían ser sus vidas en Rosebrook.

Los tres cazadores recorrieron una habitación detrás de otra, abriendo las persianas y dejando que la luz del mediodía entrara a raudales. No había nada extraño allí, nada que permitiera sospechar que aquel lugar era la guarida de un muerto viviendo. Pero en el vestíbulo, Guadalupe volvió a encontrar el rastro de humo. Conducía a la puerta del sótano. Sacó su pistola y tanto Hoja como Roblizo la imitaron con sus estacas.

Más allá de la puerta reinaba una oscuridad tan intensa que impedía incluso la visión. Lupe encendió la linterna e iluminaron un desvencijado tramo de escaleras. Comenzó a descender, pero Roblizo la detuvo y se adelantó. Hoja lo siguió.

A medio camino, el pasillo se inundó de luz. Los tres quedaron cegados y entonces se escuchó una voz:

—Preferiría que se detuvieran

Al aparecer la luz, Hoja había agachado instintivamente la cabeza y ahora, mirando entre los tablones de los destartalados escalones, pudo ver que el suelo estaba erizado de estacas, sólidamente clavas en el suelo y muy afiladas. Entonces reparó en la cuerda, atada alrededor de las vigas de soporte de la escalera. Un simple tirón y los tres caerían sobre las estacas. La cuerda conducía hasta un congelador de tamaño natural, cuya tapa estaba abierta; en su interior se encontraba sentado el hombre al que habían venido persiguiendo. Llevaba un pijama. Sobre su cabeza se encontraba la cadena del interruptor de  luz, que todavía se balanceaba a causa del tirón. Un rápido vistazo por todo el sótano reveló que todas las ventanas estaban cubiertas con planchas de metal.

—¿Puedo preguntarles qué han venido a hacer aquí?

—Adivínalo —le escupió Lupe como respuesta.

—A juzgar por sus estacas y sus armas, supongo que el curso de acción más racional sería dejarlos caer sobre los pinchos —dijo con voz calmada—. Por cierto, están envenenados. Afortunadamente para ustedes, soy más curioso que racional. ¿Como me han encontrado?

—El poder viviente nos condujo hasta aquí —dijo Hoja tratando de ganar tiempo—. ¿Quién eres?

—Pueden llamarme Freddy. ¿El poder viviente? Vaya, eso suena impresionante. ¿Por qué no me hablan de ello?

—Mejor todavía. Te lo mostraré —anunció Lupe y entonces saltó desde las escaleras. Dejando escapar una imprecación. Roblizo se arrojó hacia el fondo y Hoja sintió que los escalones comenzaban a sacudirse mientras el pútrido daba un tirón a la cuerda. Dejando caer el  martillo y la estaca, se precipitó hacia la parte alta de las escaleras. Sus manos aferraron la jamba de la puerta segundos antes de que los escalones cedieran y se hicieran pedazos contra las estacas del suelo. Luchó por no caer y el esfuerzo hizo que los brazos le dolieran terriblemente. Volvió la cabeza y vio a Roblizo, que se ponía en pie con dificultades mientras Lupe levantaba el arma. Y entonces vio a una mujer, armada con una escopeta que emergía de las sombras.

—¡NO!— gritó. Sintió la oleada de poder y la pútrida vaciló, confundida por el Poder Viviente. Lupe giró sobre sus talones y disparó la pistola directamente a la cara de la mujer. Freddy saltó del congelador. Sus facciones estaban contorsionadas por su colera, pero de alguna manera su voz seguía sonando tranquila y deliberada.

—No puedo dejar que hagan daño a mi esposa. Soy su marido. Mi deber es protegerla. Sólo queremos vivir nuestra vida sin causar problemas. "Ser felices y comer perdices..." y todo lo demás.

Mientras hablaba, levantó a Lupe en vilo y la arrojó al suelo. La mujer pútrida, cuya sangre manaba copiosamente sobre el modesto camisón, se puso de rodillas y comenzó a buscar su escopeta a tientas.

Freddy saltó sobre Lupe, la desarmó con una mano y la apretó por la garganta con la otra. Roblizo se abalanzó sobre su espalda y le dio un poderoso golpe con la estaca.

—¿Podrías dejar de hacer eso? —preguntó Freddy con tranquilidad. Levantó la cabeza de Lupe y la golpeó con fuerza contra el suelo.

La mujer pútrida levantó la escopeta y, de nuevo, Hoja le gritó que se detuviera. Una vez más, el Poder la inmovilizó. Roblizo aulló y esta vez su golpe fue más preciso.

—¡Freddy! —gritó la mujer.

Hoja sintió que sus brazos cedían. Con un esfuerzo de los abdominales, levantó las piernas, las balanceó a un lado y las apoyó contra la pared. Mientras sus dedos cedían, empujó con todas sus fuerzas, esperando evitar las estacas. Bajo una fina moqueta, el suelo era de hormigón y sus dientes castañetearon cuando su cabeza golpeó contra él. Vio que la mujer pútrida se abalanzaba sobre Roblizo enseñando sus colmillos y sólo tuvo tiempo de mirarla una vez a los ojos y susurrar "¿Recuerdas?" antes de perder la consciencia.

Cuando despertó, momentos más tarde, Roblizo acunaba su cabeza entre los brazos. La mujer estaba prácticamente partida en dos. Él debía de haberla abatido con su propia escopeta. Lupe estaba inconsciente.

En algún lugar, entre las sombras del sótano que los rodeaban, un bebé comenzó a llorar.

• • •

—¿Qué es lo que vamos a hacer con esto? —preguntó Roblizo. Habían evitado la cuestión mientras volvían a casa.

En Rosebook, habían logrado arrancar una de las planchas de metal de las ventanas y habían roto el cristal. La luz del sol disolvió casi por completo a Freddy y a su mujer. Tuvieron que sacar a Lupe por allí. Después, ella recogió su diminuto y sollozante hallazgo y Roblizo la ayudó a salir.

No había duda sobre la naturaleza del niño. Era una boca que solo debería haber tenido encías suaves y desnudas, brillaban dos colmillos, no más grandes que los de un gato... pero si más afilados. Por alguna razón, ninguno de ellos fue capaz de dejarlo, de manera que lo envolvieron cuidadosamente para protegerlo de la luz del sol y lo llevaron consigo a casa. A pesar de todas sus precauciones, unos pocos rayos de luz difusa alcanzaron su piel y le provocaron unas feas quemaduras.

—No lo sé —susurró Hoja—. ¿Cómo han podido tener un hijo?

—Ni siquiera sabemos si es suyo —Roblizo dejó escapar un suspiro de cansancio—. Pero en todo caso, eso ya no importa. Ahora es nuestro problema.

—¿Cómo puedes llamarlo un problema? —preguntó Hoja, mientras acariciaba los ensortijados cabellos del pequeño. Pero conocía la respuesta. Sentían un agradecimiento casi desesperado porque Lupe no hubiera despertado hasta después de que el niño estuviera a salvo en su casa. La criatura cayó en un sueño intranquilo. Con la boca cerrada, parecía perfectamente vivo e inocente.

Hermoso.

—Hoja es un problema. Quiero decir... ¿cómo vamos a alimentarlo?

—Ya encontraremos la manera.

—¿Qué le vamos a decir a la gente?

—Diremos que lo hemos adoptado.

—No, quiero decir en la lista. ¿Qué le decimos a los otros? Si Lupe no hubiera estado inconsciente...

—¿Por qué tenemos que decírselo?

—Podría ser peligroso.

—¡Abre los ojos! Si alguna vez vamos a tener tratos con un... con alguien como él, con alguna seguridad... Es un niño, ¿vale? No puede hacer nada a dos adultos.

—Podría ser mayor de lo que parece. Puede que haya vivido durante siglos y no haya envejecido, que simplemente se haya quedado igual...

—¡Basta! ¿Estás imaginando cosas!

—Sólo quiero estar a salvo en mi propia casa!

—¡Y yo quiero encontrarle una solución a esto" No sólo quiero detener a estos seres, sean lo que sean. ¡Quiero ayudarlos! ¿Este niño podría ser la clave para encontrar una cura!

—Ahora estás hablando como Doctor119.

—¡Nada de eso!

—Sólo creo que deberíamos....

—¿Deberíamos que? ¿Entregárselo a los cruzados? Le atravesarían el corazón sin piedad. No tendría una sola oportunidad.

—¿Y qué oportunidad tiene ahora?

—¿Quién sabe? ¿Quién sabe lo que es posible? Puede que su... su lo que sea, pueda revertirse. Puede que no sea más que una enfermedad que es posible curar. ¡Si es así, piensa qué cosa tan importante sería, Roblizo! ¡Si pudiéramos curarlos! ¡Curarlo! Quiero decir... no es más que un niño. Tiene que haber una manera de salvarlo. El poder no nos hubiera guiado hasta él si no hubiera un modo, algún modo, de hacer lo que es correcto. ¿No lo crees?

—No lo sé cariño —la rodeó con los brazos—. No lo sé.

• • •

Aquella noche, el sonido del llanto de un niño hizo que Roblizo despertara, pero no tardó en apagarse. Mientras volvía a hundirse en el sueño, escuchó la voz de Hoja, que tarareaba una canción de cuna. Tenía una voz preciosa.

—Ahora vuelve a dormirte, Río —Río era el nombre que en su momento habían elegido por si alguna vez tenían un niño. Era una lástima que ella no se hubiera quedado embarazada... Roblizo se agitó en la cama. Algo le aguijoneaba los pensamientos. Abrió un poco los ojos y vio a Hoja, sentada en el borde de la cama. Ella también parecía medio dormida. Acurrucaba al niño contra su pecho y éste, con los ojos cerrados, era la viva imagen de la felicidad.

Una gotita de sangre resbalaba por la comisura de su boca.

Roblizo se incorporó como un resorte.

—Está bien, cariño —dijo Hoja con voz débil.

Roblizo cogió lo primero que tenía a mano, un grueso libro que descansaba sobre la mesilla de noche y golpeó con todas sus fuerzas al niño. Se produjo un sonido sordo, seguido por un ruido carnoso cuando el pequeño golpeó el suelo. Hoja abrió los ojos al instante y se puso de pie de un salto. Aulló y golpeó a su marido en la nariz. Escuchó cómo se rompía y sus ojos se llenaron de lágrimas.

¡No vuelvas a golpear a ese niño jamás! —chilló

—¡No es un niño, Hoja! ¡Mirate! ¡Mira lo que te ha hecho!

Ella bajó la mirada y cerró su camisón.

—No me importa —dijo, con voz trémula— Sólo es un niño. Estaba hambriento.

Ambos miraron al niño, que sollozaba en el suelo. Alzó los brazos hacia Hoja, suplicante.

—Mamá —dijo.

—Mamaaaaa!

• • •

De algún modo, Hoja consiguió volver a dormir. Habían cubierto un cajón con mantas y ella depositó al niño sobre ellas cuando se hubo calmado. La improvisada cuna estaba justo a su lado. Roblizo se fue a dormir al sillón.

Cuando Hoja despertó, la luz de la media mañana entraba por la ventana. Todavía se sentía atontada y débil. La palabra "drenada" cruzó por su mente, pero inmediatamente desechó el pensamiento. Entonces se dio cuenta de lo que significaba la luz del sol y se incorporó, con el corazón lleno de miedo y miró al cajón. Estaba vacío.

—Cenizas —pensó desesperadamente —. Freddy y la mujer se convirtieron en cenizas. Aquí no hay cenizas... Roblizo debe haber trasladado al niño, debe de haber recordado lo que yo olvidé, debe haberlo llevado al armario o al cuarto de baño —dejó la cama de un salto y comenzó a registrar las habitaciones interiores de la casa. No encontró al niño. Encontró una nota.

Hoja.
Me he llevado al niño.
Por favor, perdóname. De verdad creo que es lo mejor para todos.
Roblizo.


Se desplomó sobre el suelo. Por un momento, en su mente no hubo otra cosa que un horror profundo y mudo. Escuchó un sonido terrible y se dio cuenta de que era su propia voz.

Hoja aullaba y su voz resonaba como un eco dolorido y sin forma por toda la casa vacía.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."