En un principio, Ibrahim Nasir tomó la decisión de convertirse al Islam como algo político, no espiritual. Su trabajo como activista a favor de los derechos de los afroamericanos era su pasión, pero estaba solo. Abrazar el Islam, cambiarse de nombre, unirse a la Federación Musulmana... decisiones todas ellas prácticas y meditadas. La religión no tenía nada que ver.
Pero ya antes de su exaltación, Nasir empezó a darse cuenta de que su decisión no era tan calculada como pensaba. El Islam apeló a algo que había en su interior... un ansia de fe, de formar parte de una gran comunidad. Con el paso del tiempo, pasó de ser un pragmático activista político a convertirse en apasionado defensor del Islam dentro de la comunidad afroamericana.
Su exaltación no logró sino alentarlo. Nasir pronto se erigió en líder y voz importante de los exaltados de Atlanta, dándolo todo por lo que él consideraba la obra de Alá. Gracias a sus contactos y maquinaciones, los cazadores de Atlanta consiguieron protección legal, coordinación y recursos. Y si Nasir apoyaba más a los cazadores afroamericanos que a los de otras etnias... en fin, era justo. Alguien tenía que echar una mano a personas como Tyrone Bellamy, cazador encarcelado por un sistema jurídico parcial... un sistema corrupto y controlado por lo sobrenatural. Nasir lo dio todo por la Federación Musulmana y los Exaltados, y empezó a creer que el éxito y una edad de oro se encontraban a la vuelta de la esquina. Eso fue antes del once de septiembre de 2001.
De repente los Estados Unidos se volvieron menos cordiales para con los musulmanes, ya fueran éstos negros o de origen árabe. Las amistades de Ibrahim recelaban de los desconocidos, sus contactos se volvieron distantes. Incluso los exaltados, los cazadores por los que tanto había luchado, mantenían las distancias, siempre en busca de indicios de traición.
Nasir se negaba a permitir que la desconfianza y el estrés hicieran mella en él y se volcó todavía más en su vocación. Trabajó sin descanso para proteger a los exaltados de la zona (sin recibir efusivas muestras de agradecimiento por ello) y para mejorar la imagen del Islam en la comunidad. La presión y la falta de sueño no tardaron en pasarle factura, y la mente de Nasir se resintió. Arremetió contra los miembros de otra federación y denunció una vendetta de la sociedad contra los negros y musulmanes. La gente dejó de devolverle las llamadas.
Luego Nasir empezó a soñar con Nate Altman, un reo de color de Misisipi, condenado por asesinato. Alentado por unos sueños que le hablaban de la importancia de Altman, Nasir se obsesionó con la idea de rescatarlo. Al final, el cazador lo arrojó todo por la borda (su carrera, su libertad y su cordura) para liberar a Altman.
Tras su arrebato, con la vida arruinada, Nasir creyó que el Profeta lo visitaba en un sueño. Había sido elegido para gobernar, y eso era lo que debía hacer. El Islam estaba siendo atacado y necesitaba un paladín, alguien que repeliera la oscuridad que aspiraba a apagar la luz de la fe. Nasir se despertó obsesionado por un solo propósito y con el poder necesario para que la gente escuchara y creyera.
Nasir es aún un fugitivo, perseguido por el FBI por su participación en la fuga de Altman. Viaja de un piso franco a otro, cobijado por radicales islámicos, y predica su nuevo evangelio, su verdad acerca del mundo. La fuerza maligna que amenaza al Islam, cree, es la misma que ha mantenido oprimido a su pueblo durante siglos, la misma raza que dirige las instituciones que mantienen a su gente enferma, rota y derrotada.
Pronto, cree Nasir, su ejército se alzará contra las tinieblas. Tendrán las armas, la voluntad y el poder. Y, dice, contarán con la bendición del Creador.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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