Parte 04: Entras en mi Mente con Sutileza

Mickey fue mi primera visión real. Las demás veces solo fue una voz en mi cabeza, un sonido tronante, de muerte, que no hablaba tanto para mí como hacia mí: "LA MUERTE NECESITA AMOR", "LA SANGRE CONLLEVA SUFRIMIENTO", "ELLOS SIGUEN ADELANTE". Cosas por el estilo. Unas las recuerdo, otras no. Pero solo eran retazos, en plan y-tal-y-tal, que no valían para mucho más que para acertijos y jeroglíficos. Y entonces encontré a la hechicera.

Odio esa palabra, "hechicera". Rima con "ramera". Totalmente negativa hacia las mujeres. ¿Por qué la empleé? Ni siquiera era una mujer. Era un hombre. Diría "brujo", pero eso suena ridículo, como si fuera algún personaje estrafalario de Oz con una túnica morada y un mostacho a lo Snidley Whiplash. Digamos que lo encontré en una escalera de incendios en Century, y no había ninguna túnica morada. Solo una sudadera de franela, un par de pantalones con agujeros en las rodillas y sin cordones. Los Buenos Doctores me habían conducido hasta él, dejándome mensajes por toda la ciudad para guiarme hasta allí. Cuando di con él mi visión se activó, y pude ver lo raro que parecía, como la enfermedad del SIDA o una herida fea de verdad. Estaba abrazándose y temblaba (a pesar de ser una tarde lluviosa y cálida de mayo). Se volvió hacia mí con esos grandes y hermosos ojos y me dijo:

—Creo que los he matado a todos.

Entonces algo se deslizó de su mano (un bote de pastillas, descubrí más tarde), y se cayó de la escalera. Su cabeza se quebró contra el pavimento y se rompió el cuello. El ángulo de su cabeza era extraño, y su cuerpo se sacudía.

De todos modos, acabó por pararse, o ralentizarse. Incluso las gotas de lluvia se retardaron. Y después, Mickey se mostró. Saltó desde la escalera de incendios y cayó en cuclillas en total silencio. Se incorporó cerca de mí y me cogió del brazo como si me estuviera llevando al altar. Expelió un suspiro triste y me dijo:

—Oye, Mamá.

Casi me muero. Aquí estaba mi hijo. Y yo sabía que era mi hijo. No hubo ni confusión ni preguntas. ¡Era Mickey! Parecía tener trece años, más o menos la edad que yo tenía cuando fue concebido, aunque aquello no tenía sentido (veinte menos trece son siete, así que ¿por qué no tenía siete años? Después, en otras visiones, así sería). No obstante, me importa un comino. Le quería a él y a la forma en que se pegaba a mí (cálido, sólido y definitivamente real). Podría decir que él también me quería. Como si me leyera la mente, me dijo:

—Solo el amor podría dejar que atravesara el tiempo, el espacio, la muerte y la vida para verte, ¿verdad? —Sonrió—. Últimamente, has estado tras la pista correcta. Hay gente ahí arriba observándote, y estás sacando un sobresaliente en Esfuerzo... hasta ahora. —Me palmeó el hombro.

—Te quiero —le dije.

—Tienes que querer a todo el mundo, ahí está la cosa. No me ames solo a mí. Ámalo todo. ¿Y qué es el amor? El amor es la capacidad de perdonar, no de olvidar. Nunca de olvidar. El perdón es la puerta hacia tu poder. Y tú tienes mucho poder en ti, Mamá.

Encontré aquello maravilloso. El perdón es poder. Una idea por completo abstracta, pero me identifiqué con ella como la abeja con la miel. Antes, me sentía mal por todo. Por todo el mundo, por mí misma, por quien fuese. Me sentía mal y quería que todos se sintieran mejor, así que intenté ayudar. Pero el perdón y el poder... Asentí, con las lágrimas cayéndoseme de los ojos, y le pregunté a Mickey por dónde empezar.

Hizo un gesto con el pulgar hacia el cuerpo.

—Podrías empezar con él. En tu interior hay un corazón dispuesto a perdonar. Tan solo ve ahí y dale un gran beso, y lo sentirás salir de ti hacia él. Voy a dejarte por un momento, pero volveré. Traeré amigos. Te dirán otras cosas. Si todo va de acuerdo con el plan, bueno... digamos que nos veremos. Los ojos están observando. Te quiero, Mamá. Te veré algún día en el Reino de Todas las Cosas Buenas.

Musité la palabra "vale", pero ya se había ido, y el mundo recuperó su velocidad. Vislumbré una imagen rápida del rostro de mi hijo nonato en un lóbrego charco de aceite, y me dediqué por completo al brujo. Seguí las instrucciones de Mickey sin dudar. ¿Cómo podría equivocarse mi hijo? No podía. El don que me dio era poderoso. Junté mis labios con los del hombre, y la cosa fluyó de mí hacia él. Era amor. Era perdón. De oro puro. El hombre se sacudió y despertó. Estaba vivo, sano. Preparado para seguir con el que fuera el gran destino que tenía en la vida. Su cabeza estaba en su sitio. El cuello no estaba roto, ni nada. Parecía confuso y no podía hablar bien.

Parecía una estupidez, pero estaba tan abrumada que le desabroché los pantalones y le hice el amor allí mismo. Me senté a horcajadas sobre él y dejé que nuestro amor se mezclara. Parecía asombrado, pero yo tenía un montón de amor que dar. ¿Qué puedo decir? Después le besé en la frente y le dije que, fuese lo que fuese, no era culpa suya. Quienes fueran los que hubiesen muerto le perdonarían, y le aguardarían en el Reino de Todas las Cosas Buenas, si era un hombre bueno y esperaba con paciencia. Y me marché.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."