Parte 08: Traidor

El pueblo en el que me apeo es un puntito en el mapa. Me sorprende que incluso tenga su propia estación de tren. El Jefe está bastante callado, y mi capital disponible es de menos de 20 dólares. Que le jodan. Es hora de buscarse un trabajo.

Encuentro uno en un local de estos de semillas, comida y gasolina. Lo típico: descargo mierda en el almacén de detrás por cinco dólares la hora sin contrato, pagados diariamente. El dueño no sabe que dejo la puerta abierta y duermo allí la primera noche, o pasa de ello. Dos días de trabajo que esos maricas del pollo frito es probable que consideren rompeespaldas, y ya tengo cien dólares, menos algunas comidas.

La tarde del segundo día, el Jefe me busca. Se acerca el crepúsculo, y estoy caminando por este bonito pueblo, con la gente ignorándome, sus cabezas dirigidas hacia sus propios traseros. El Jefe me lleva hasta un parque. Es un día cálido, extraño para la época, y los padres lo están aprovechando, dejando a sus niños sueltos, gritando hurra una última vez antes de que el invierno llegue, gimoteando y mirando Aladín por enésima vez.

La rubia, John.

¿Qué rubia? ¿Esa de ahí con el cochecito de niño?

No, justo enfrente de tu estúpida cara. La niña pequeña.

—¡No! —digo en alto, pero la niña ni siquiera mira.

¿Qué quieres decir con "no"? ¡Tenemos un trato! ¡Tú lo tienes, yo lo tengo, ambos!

Una niña pequeña es demasiada putada.

¿Qué, crees que tienes que obedecer cuando tú quieras? Busca "Obedecer" en el diccionario, mira "demonio"... Es probable que se mencione algo acerca de ser... ya sabes... malo.

El trato es que yo te ayudo a cargarte a tus enemigos, tú me ayudas con los míos, y trabajamos juntos por ayuda mutua. Una niña de colegio no es un enemigo.

No sabes en qué se convertirá. En solo 10 años...

Ah, ah. Creo que me estás jodiendo. No creo que puedas predecir eso. En Internet leo sobre todos esos tipos que pueden tener pequeñas visiones, y que dicen que en 10 minutos va a empezar a llover. Las predicciones son un misterio. Los detalles cambian.

Oh, ¿ahora escuchas a esos imbéciles? John, un trato es un maldito trato. Tú tuviste a Amy en Nueva York. Juntos, cogimos a Travis. ¡Ahora es mi turno y la elijo a ella!

Ella no es una amenaza para ti.

¿Y crees que esa vieja puta de la estación de tren lo era? ¿Sabes qué, John? Te mentí acerca de ella. Te mentí sobre sus hijos. Tiene dos hijas, y una de ellas estaba llevando a su nieto recién nacido para que lo viera. ¿Te fijaste en el bizcocho de sus compras? Iba a casa a cocinar una tarta cuando...

Activé la visión. Esto es malo. Esto es una jodienda muy seria. Me acerco a la niña pequeña. Tiene una especie de conejo de peluche, y está peinando sus orejas como si fuera cabello.

—Tú. Pequeña.

Ella levanta la mirada y se asusta. No me sorprende.

—Corre hacia tu mamá. Dile que quieres ir a la iglesia ahora mismo, ¿entendido? Si no lo haces, tendrás problemas. ¡A la iglesia, ahora mismo! Llora hasta que te lleve.

Se me queda mirando.

—¡Ve ahora! —Estiro la mano derecha y la abro como una garra, dejando que eche un vistazo a mi dedo anular mutilado.

Funciona. Se larga como un tiro, chillando y gritando.

Miro en dirección contraria. Estoy a mucha distancia de la estación de autobús, y un pueblo tan pequeño no es que tenga muchos taxis atestando las calles, pero a la mierda. Estaré fuera de la ciudad antes de que el Jefe pueda llegar a mí otra vez. Lo consigo durante unas cinco manzanas, concentrándome al máximo, hasta que regresa.

¡TRAIDOR! ¡BASTARDO! ¡JODIDA MARIONETA COMEMIERDA! ¡PAGARÁS POR ESTO, JOHN COALER!

Cristo bendito, puedo sentir cómo me hace algo, algo horrible. Siento como si un millón de gusanos me comieran las entrañas desde el interior. Está matando mi cabeza, mis oídos, mis ojos. Activo de nuevo la visión y se mitiga, pero aún estoy mareado y destrozado. Me tambaleo hasta detrás de unos arbustos para vomitar y veo una iglesia, una pequeña que parece como si hubiera sido utilizada como escuela o algo así. Corro hacia ella y pruebo con la puerta. El pomo me aguijonea la mano. ¿Qué cojones pasa? ¿Electricidad estática o la ira de Dios? ¿Quién sabe? Está cerrada, pero es madera y no me lleva más de un par de golpes con el hombro estar dentro.

Cristo, estoy hecho una completa piltrafa. Como cuando tus pies se entumecen. Ese dolor agudo cuando la circulación se restablece. Solo que no son mis pies, es todo.

Desactivo la visión. Nada.

Estoy a salvo en suelo sagrado, pero ¿por cuánto tiempo? Dios, ahora que he dejado de correr, puedo notar lo que me duelen las tripas. Es como la comida envenenada. ¿Qué voy a hacer? Podría volver, encargarme de la niña pequeña, arreglármelo con el Jefe... Na, que le den. De ningún modo. Hay una línea, y haría algunas cosas muy feas, pero ¿una niña pequeña que nunca me ha hecho nada ni a mí ni a nadie? Nuh-uh.

Pero si no, ¿qué va a hacerme el Jefe? Está en mi cabeza. No puedo mantenerle a distancia permanentemente. Y puede hacerme daño cuando quiera, desde dondequiera que esté. Control remoto. ¿Por cuánto puedo resistirlo?

No hay salida.

Bueno, quizá una.

Saco la pistola de Miller. Él dijo: «Muero. Eso es todo». A lo mejor tiene razón. A lo peor no. Es posible que si me mato, el Jefe se coma mi alma, tome mi cadáver, queme la iglesia, encuentre a la niña pequeña y la mate con mi cuerpo de monstruo. Pero al menos ya no sería yo.

Miro el cañón abajo.

Que le jodan. ¿Por qué matarme a mí mismo? Eso es para jodidos perdedores como Anónimo52 y el tipo ese XXX. Ya las he pasado canutas antes. Peores que esta. Estuve en el barco y salí con vida. Aquella cosa del almacén por la que Miller tenía tanto cariño. Seguro, Billy reaccionó exageradamente, pero habíamos pasado por unas cuantas mierdas. También salí de aquella con vida.

Annabelle. Huí de ella.

De modo que es posible que el Jefe me mate. ¿Y qué? No es una gran pérdida, ni siquiera para mí. Pero será un trabajo sucio que tendrá que hacer por sí mismo.

¡Mierda, alguien viene!

—Hola, ¿hay alguien ahí?

Cristo, es el cura. Me subo la bufanda hasta la nariz antes de que encienda la luz. Cuando ve la pistola, sus manos se alzan hasta su boca, como una vieja.

—¡No se mueva!

—¡Está bien, hijo mío, está bien, está bien! —Está barbotando.

—¿Tiene un coche, padre?

—¡Ajá!

La respuesta a mis plegarias.

—Muy bien, ponga las llaves en ese banco y saldrá con vida. Bien. Arrodíllese. Como si estuviera rezando, bien.

—Hijo, no tienes por qué...

—Padre, está bien. Yo lo estoy, de verdad. Ahora, tan solo quédese quieto, ¿vale?

Está de espaldas a mí, y envuelvo la bufanda alrededor de su cuello. Patalea y me araña un poco, pero nada demasiado grave. Cuando se queda quieto, le echo un vistazo. No tiene marcas, y sigue respirando. Perfecto. No me vio la cara. Todo va muy bien.

Con la visión preparada, el Chevy del padre me lleva hasta la estación de tren. Dejo las llaves dentro, con el coche encerrado. Mi bien ganado y sudado dinero me consigue un billete para el próximo tren, que resulta ir a Montgomery, Alabama.

Qué divertido. El sacerdote no puede saberlo, pero solo por estar allí es probable que salvara mi vida y la de esa niña pequeña. Ojalá pudiera decírselo.

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"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."