Les he estado contemplando durante una hora. No quiero acercarme demasiado. Son dos. Un hombre delgado vestido de manera informal, nervioso y que mira a los lados continuamente. Con él está el gigante, obvias sus deformidades incluso a distancia. Camina como si una pierna fuera más corta que la otra, y su cabeza deforme se cae hacia un lado. Cuando pasa por debajo de una de las tenues luces de seguridad, puedo divisar extraños bultos por su espalda, marcándose contra el abrigo. Sus manos parecen exageradamente grandes, hasta para su tamaño. Está lloviendo. La lluvia ocultará mi olor. Enmascarará mis sonidos.
El hombre pequeño dirige las acciones del gigante. Creo que es su guardaespaldas, sus músculos. Pone la mano sobre la espalda del monstruo y le empuja hacia aquí y hacia allá. Tira de su brazo y la criatura le sigue. Es obvio que están buscando algo. En ocasiones, el gigante toca el suelo con las manos, o pone una oreja en la tierra. Me hago una idea de lo que están buscando.
Van al vagón de carga y se deslizan al interior, el hombre mandando primero al gigante. No encontrarán los tres cuerpos. Los he movido. No puedo ver dentro del coche, pero no quiero arriesgarme a moverme ahora, así que espero. No mucho después, salen y veo cómo hablan el uno con el otro. De repente, el gigante se yergue en toda su longitud y dirige un oído hacia el cielo. Congelada. No respiro. Me han encontrado. Pero no, el gigante se inclina hacia su amo y después se van, corriendo en dirección opuesta a mí, tan rápido que es imposible. Espero cinco minutos, observando, escuchando. Diez minutos. Quince. El hombre se apoya contra el coche, esperando.
Me muevo más cerca.
Estoy detrás del vagón de carga. Empujo el fuego desde mi centro. Dejo que corra por mis músculos, mis brazos y piernas, llenándolos de fuerza y velocidad. Le golpearé duro y rápido, y veré si cae. Si me da problemas, liberaré las víboras y reiré mientras le comen. Me siento invencible. Nadie puede ponerse en mi camino. Bajo la vista hacia sus pies. Cuando pueda decir que está mirando en la otra dirección, daré un rodeo al coche y le veré del todo. Parece maligno ante la visión. Eso es obvio. Le veo en la posición correcta. Al siguiente segundo, puedo decir que ya no es una amenaza. Está de pie, con las manos en los bolsillos y los hombros encorvados, nervioso, deseando estar en cualquier otro lugar menos aquí. Disfrutaré haciéndole daño. Espero a ver su cara antes de atacarle.
—Why don't we pretend, where you go, little man...
Se da la vuelta y miro la cara de mi marido.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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