No sé qué día es. No creo que marcara mucha diferencia el saberlo. Las cosas son un poco confusas. Los tajos que me hice en las pantorrillas, en el dorso de las manos y en los muslos interiores (aquí es donde me gusta hacerlo en especial) han parado de sangrar. Apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Scotty regresó otra vez. Al principio pensé que estaba soñando otra visión, pero resultó ser real. A veces es sencillo decir la diferencia. En otras, no está tan claro.
Pero él era real, eso es. Extraje fuerzas del hecho de que apareciera. Vino en su coche y me despertó. El sol estaba en lo alto y se quedó a un metro de mí, silencioso y quieto. Estuvimos así durante lo que pareció una eternidad. Una verdadera eternidad de Dios. En ese tiempo, universos enteros nacieron y murieron. Yo sentada allí, débil y temblorosa, y él de pie frente a mí, mirándome como a través. Pude ver que había estado llorando. Finalmente, rompí el silencio.
—Oye, Scotty —dije, y mi propia voz me sonó muy extraña. Como si no fuera mía. Era mugrienta y arenosa, y vibraba muy rara en mi pecho. Parecía impresionado, como si le acabara de dar un bofetón en la cara.
—Yo no te violé —me dijo.
—Sí que lo hiciste —insistí. Sin embargo, le dije que todo estaba bien, porque le había perdonado. Se sentó con las piernas cruzadas y miró su regazo.
—Lo sé. Lo siento —dijo, y empezó a llorar enfrente de mí. Volví a decirle que no pasaba nada. Luego repté hacia él, con los pies arrastrando, cojos, y le abracé. Él tan solo temblaba y lloraba. Sus lágrimas caían cálidas en mi rostro. Nos abrazamos durante no sé cuánto tiempo. En algún momento, comenzó a gimotear.
—Todo está mal. Solo quería ser respetado. Siempre quise respeto. Por eso me convertí en policía. Quería ser estimado. Y entonces volviste. Me lo hiciste recordar. Es como si salieras de ninguna parte para recordarme lo que en realidad soy. ¡Yo era un niño! Era estúpido. Ya sabes, siempre de juerga con los chicos, pero entonces tú, en el jardín...
Le chisté. Acaricié su cabello. Dejé que se activara la visión e intenté mantenerla en silencio para que él no la oyera. Cada vez que la activo, puedo oírla, un chasquido en mis oídos como un árbol que se quiebra y cae. No podía permitir que lo oyera. Que nadie lo oyera. Pero tenía que ver, porque la visión no miente. Tenía que verle con ella activada, y me aseguré de que había una mancha en su corazón. No la veía directamente, pero me imaginé uno de esos tubos de succión que entran por uno de los agujeros y van directos al pecho. Pobre hombre. Le dije que solo estaba asustado, y estuvo de acuerdo.
—Asustado, sí. —Y le dije que estaba siendo un tonto—. Un tonto —concedió. Y que no fue su culpa.
Alzó su mirada hacia mí.
—Quiero volver. Quiero irme a casa. Quiero hacer que todo se vaya.
—Pero no puedes —le dije—. Ocurrió. Perdónate a ti mismo. Haz lo que sea necesario para quitarte la postilla y liberar tus cicatrices. Las cicatrices te dirán lo que hacer. Serán el mensaje de Dios.
Fue entonces cuando se levantó, se dirigió al coche y se sentó en el asiento del conductor con la puerta abierta. Mientras llegaba el atardecer, Scotty Kessler se disparó en la boca. El sonido reverberó sobre las rocas y la ciudad, y después todo fue silencio.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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