Parte 25: Deja de Intentar Comprenderlo

Este no es Michael, obviamente. No puede ser. No hay motivo para que esté aquí, merodeando por la estación de Trinity bajo la lluvia con un gigante a su servicio. No tiene sentido. Está fuera de contexto, como encontrar una manzana en un retrete. Es un truco, algún tipo de truco. Uno que funciona incluso aunque le mire con la visión a pleno rendimiento.

Excepto... excepto que la primera cosa que hace cuando me ve es ponerse una mano sobre el corazón. Un gesto estúpido, involuntario, como si su corazón estuviera literalmente en peligro de pararse. Igual que Michael, siempre tan melodramático, con el cerebro lleno de tantas imágenes de películas malas y televisión mediocre que sus clichés se han exaltado en su sistema nervioso.

La impresión de ver su cara ha agotado el fuego en mí. Mis músculos están fríos y pesados, pero la visión aún me causa picazón en los ojos. Y me doy cuenta de que, si... si... este es de verdad Michael, está corrompido. Es malo. Tiene algo en sí, alguna mancha de lo maligno que puebla este mundo.

—Oh, Dios —dice—. Oh, Dios, eres tú. Oh, Dios. —Da un paso adelante, ahora medio paso atrás, y junta sus manos como si estuviera rezando. Su cuerpo no sabe qué hacer—. Mary Ellen —dice, encontrando la voz. Se dirige hacia mí—. Mary Ellen, tienes que salir de aquí. No es seguro. No lo entiendes. Estar aquí no es seguro para ti.

Sus palabras me golpean como si fueran puños. Después de todo lo que ha ocurrido aquí, hay preocupación por mí en su voz. No puedo procesarlo. Es como si me hablara en un idioma extranjero. Y ahora que ha aparecido un elemento extraño, debería correr, no pensar. Me digo a mí misma que este no es Michael. No es más que un extraño en el lugar equivocado. Quiero amenazarle, asustarle. Pero en vez de eso, le digo:

—¿Qué estás haciendo aquí?

Está llorando. Retrocede.

—Todo a la mierda, Mary Ellen, todo se ha ido a la mierda, y es culpa mía. Oh, no hay manera de intentar... no puedo... yo no... oh, Dios.

Parece a punto de caer. Le agarro por los hombros y los dos nos agachamos hasta que se sienta en el frío hormigón.

—Michael —digo, porque puede que en realidad sea él, quizá quiera que sea él—. Por favor, tan solo habla conmigo. No pienses. No intentes comprenderlo. Deja que las palabras salgan. Solo habla. Dime.

—Había imaginado este momento tantas veces, ya sabes —casi reía—. Verte de nuevo y decírtelo todo. Y ahora no estoy seguro de poder hacerlo.

Necesito sacarle de aquí antes de que regrese el gigante. Pero antes de poder hacer eso, tengo que tranquilizarle. Peino su cabello, esperando que mis manos no tiemblen.

—Shhh... —le digo—, puedes hacerlo. Recupera el aliento.

—¿Piensas que es culpa tuya? —casi susurra—. Los niños. ¿Te culpas porque sobreviviste al incendio y ellos no? Escucha, Mary Ellen... ellos no estaban en el incendio. —Se seca los ojos y me pone las manos en las mejillas—. Ya se habían ido. No estaban entre el fuego. El funeral fue una farsa. ¡Todo era mentira!

Siento como si me cayera. Como si el mundo pasara volando ante mí, demasiado rápido para poder asirme. Tengo que resolver esto. ¿Qué está diciendo? ¿Qué sabe?

—Piensas que estoy loco —me dice, meneando la cabeza—. Por favor, cariño, coge mi mano. Sé que suena a locura, pero por favor, Dios, créeme. Los niños no estaban en ese incendio. Aún están vivos. Quiero que sepas eso. He querido decírtelo hace mucho tiempo. ¡Todavía están vivos!

Sus manos me parecen hielo. Casi puedo ver la corrupción embadurnada bajo su piel, como los rastros de una babosa. Él ya no es Michael, me digo a mí misma, pero la idea no penetra en mi cerebro.

—¿Sabes...? —Tengo que tomar aire antes de poder formular la pregunta—. ¿Sabes dónde están?

—Están bien —dice, mirando fijamente en la distancia—. Tienen buenas vidas, ellos... viven mejor que con nosotros. Tienen todo lo mejor, Mary Ellen. Están juntos y... Consigo fotos de ellos con frecuencia. Se suponía que iban a darme toda una caja de fotos hoy... Yo... —Empieza a sollozar otra vez. Pero yo no lloraré. No. Tiro de él hacia mí. Siento cómo se estremece su cuerpo cuando le abrazo—. Lo siento tanto —jadea—. Lo siento tanto...

—No es culpa tuya —le digo—. En realidad no... —No sé quién está hablando, si soy yo o alguien que se hace pasar por mí. Hablo sin escoger las palabras—. Fue por mí —le digo—. Lo hicieron por mi culpa. Lo hicieron por aquello en lo que me había convertido, para hacerme pagar el estar luchando contra ellos. Oh, Michael... —Intento detener las palabras ahora, pero es inútil—. Oh, cariño, yo traje el peligro a nuestra casa, y ojalá permitiera Dios que nunca hubiese sucedido. No sé por qué ha ocurrido, pero hay monstruos ahí fuera, y yo empecé a verlos, y maldito sea lo que fuese que me hizo verlos. No estoy llorando, ¿verdad? El cuerpo de alguien está temblando, haciendo algo en lugar de llorar. ¿Es el mío?

Michael se deshace de nuestro abrazo para poder mirarme.

—¿Tú...? No entiendo... ¿Tú sabías...? ¿Sabías lo de los niños?

—Llegué a casa aquella noche y... los vi llevárselos. Tenía que hacer algo. En la lucha, el fuego empezó...

Retrocede, y su rostro es una máscara.

—Oh, Dios —dice, con voz plana—. Oh, Dios mío.

Mi entumecido cerebro pugna por despertar.

—Michael —le digo—, Michael, espera, espera. ¿Cómo supiste la verdad? —Tengo un zumbido en los oídos—. ¿Cómo supiste que los niños no estaban muertos?

Se aleja de mí, gateando como un cangrejo.

—¡Me obligaron a hacerlo! Yo... yo se los prometí... Tú no sabías. No te dije lo mal que me iba con los clientes. Estábamos en la ruina, Mary Ellen, y estuve robando dinero a los clientes. Debería haber ido a la cárcel. Ellos me dieron el dinero para solucionarlo todo. Pasaron los meses. Ni siquiera pensé que se cobrarían, pero entonces me dijeron que tenía que entregarles los niños. Mary Ellen, no sabes lo que son. No sabes lo que habrían hecho si no les hubiera obedecido.

Ahora estoy en cuclillas, preparada para levantarme en un instante. Mi mano flota sobre el cuchillo.

—Michael... ¿Estás diciendo... estás diciendo que le diste nuestros hijos a estas cosas? —Enfádate. Enfádate y hazlo.

—¡Se suponía que solo iba a ser temporal! —Grita las palabras, y vuelve a gritar—. ¡Sólo iba a ser una semana! ¿No lo entiendes? Iban a hacerles pruebas o algo así. Oh, Dios mío... —Su cuerpo parecía aflojarse—. Entonces ocurrió el incendio... —dice, con la voz reducida a un murmullo—. Cuando la casa ardió y todo el mundo pensó que nuestros hijos habían muerto, fue cuando decidieron que tenían que quedárselos. Porque... porque habría demasiadas preguntas si... si volvían a la vida.

Me incorporo. No hay fuego en mí.

—No lo sabía —susurro—. Se estaban llevando a mis niños...

No sabía si Michael me estaba siquiera escuchando. Alguien me está hablando al oído: «No estás lo bastante furiosa. Este es tu momento. No esperes. Véngate. Ahora. Ahora». Pero todo es confuso. Los actos de Michael. Mis actos. Monstruos. Voces. Fuegos. Mentiras. ¿Le estaban mintiendo a él? ¿Me hubieran devuelto de verdad a mis hijos? «We are blind and we are blind». Soy cómplice. No sé qué hacer. No sé cómo reaccionar. Asistí al funeral de nuestros hijos, cada uno pensando que sabíamos la verdad, pero ocultándosela al otro. No quiero más verdades. Quiero volver a vivir bajo el refugio de las mentiras.

Me siento romper en pequeñas piezas.

Entonces oigo dispararse una pistola.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."