Casí al instante de atrapar la bengala, siento el dolor en mi estómago. Caigo de rodillas, intentando mantener la antorcha por encima de mi cabeza, mientras algo se abre paso dentro de mí, sube por mi garganta, mi boca. Está frío y sabe metálico. Me ahogo y tengo náuseas, y me atraganto hasta que siento que se desliza entre mis dientes y labios. Estoy segura de que no puedo abrir más la boca, de que mis mandíbulas se van a romper, cuando de repente cesa la presión. Espero ver una anaconda tan gruesa como una tubería de alcantarilla que cae de mi boca, pero solo distingo un contorno casi transparente, una especie de mancha negruzca de aire que sopla desde mí y baja por el poco iluminado túnel.
Me siento mejor, con la cabeza despejada. No hay rivales que se retuercen mientras anidan entre las capas de mi piel. Solo el fuego familiar, con su constante ardor, esperando con paciencia incluso aunque le he dado la espalda a los que lo pusieron ahí.
Para una viuda psicótica, atrapada bajo tierra a solo Dios sabe cuántos metros de profundidad, en un túnel empapado de queroseno con un monstruo de tres metros y medio, lo estoy haciendo bien. Examino a la cosa. Me obligo a decir su nombre.
—Marcella.
Descansa sobre su espalda, con la cabeza moviéndose con brusquedad. Un charco de sangre oscura se ha formado debajo de ella. Veo que las heridas son mayores de lo que pensaba. Emite sonidos sin sentido. Me acuclillo junto a ella, aguantando la repulsión y el miedo, y me inclino hacia una oreja rasgada casi tan grande como la palma de mi mano.
—No sé si puedes oírme —le digo.
—Mamma, mamma, por favor não me deixa aqui. Eu não quero permanecer com eles. Eu estou receoso... —Su voz es débil. De niña. Ni los tonos controlados ni los gruñidos ásperos que he oído antes.
—Escucha —digo—. Escucha, no podemos quedarnos aquí. Es peligroso. Algo viene, no sé qué...
Hace más ruidos delirantes que no puedo interpretar.
—No sé qué más hacer. Tenemos que hacer algún tipo de pacto. Tú y yo, ¿entiendes? —Mi mano está sobre su muñeca. No puedo obligarme a tocarla—. Es todo en lo que puedo pensar. Hacer lo único que ningún bando quiere que haga. —Tengo que limpiarme las lágrimas de la cara—. Todo lo que quiero es que ellos estén a salvo. Mis niños. Es todo lo que quiero. Yo no puedo cuidar de ellos. No estarían a salvo conmigo. Ni siquiera puedo llegar a ellos, pero tú puedes y... Oh, Dios. Michael está muerto. Concéntrate. Mi hermana... Sarah. Ella vive en Francia. Ella podría cuidar de ellos. Tienes que... ¿Qué es ese ruido? ¿Alguien más, acercándose? No puedo decirlo. Estoy cansada de ser una fugitiva, un monstruo. —Estoy parloteando—. No puedo sino hacer lo que ningún bando quiere. ¿Debería intentar arrastrarla fuera del túnel? No parece tan grande como pensaba. ¿Cuánto pesa?
Entonces sé que algo ha llegado. Una gran pesadilla con cabeza de hiena. Colmillos y garras. Una ilustración de Maurice Sendak harto de ácido. Una bestia asesina con ojos ardientes y un enorme cuchillo goteante en la mano. Sus fauces se abren como si fueran a encontrarse con su nuca, y respira el aire cerrado de la cámara.
—Ah —dice con una voz como la de un bosque lleno de abejas—, te encontré.
No hay tiempo para pensar. Ni para súplicas ni engaños. Levanto el brazo. El gesto es el movimiento más certero que he realizado en toda mi vida. Lo que sale de mí no es la luz pura y fría que experimenté cuando me enfrentaba a la pistola de F, ni las retorcidas serpientes de llamas que el hombre de las sombras me dio. Alguna parte de mí se rasga. Una llamarada de energía salta como un rayo ahorquillado. Quema el aire como un soldador, y alcanza al monstruo. La criatura aúlla como el metal que se dobla. Un humo aceitoso se eleva desde su pelambre chamuscada y retrocede, gimiendo.
“And when they split those atoms it’s hotter than the sun...”. Parece que el suelo tiembla. Me veo empujada por el retroceso, me quedo sin aliento, me duelen los dientes, mis manos y pies se entumecen. La cosa-bestia se tambalea hacia delante y gruñe. Lo vuelvo a hacer. Esta vez, la fuerza me hace perder pie. Me levanto indecisa. El monstruo está tendido de espaldas, inmóvil. El aire está pesado por el pelo y la carne ardientes. Me duele el cuello. Me laten los tímpanos. La luz y las sombras danzan a mi alrededor. Algunos charcos de queroseno se han prendido. El humo me abrasa los ojos, y se me mete en la nariz.
Marcella se ha ido. Donde estaba su cuerpo hay ahora tierra seca y sangre coagulada.
Corro. Mi linterna se ha perdido. No recuerdo qué le pasó. ¿He dado la vuelta? ¿Acabaré de nuevo en la cámara? No, sigo cuesta ascendente. Y cuando el túnel acaba, una pared de tierra bloquea mi camino. Pánico. Tengo que salir. Clavo los dedos en la tierra. Oscuridad. Mi mente se desquicia. Me convierto en un animal. Gruño las palabras que puedo mientras escarbo en la tierra, intentando aferrarme a mi sentido de mí misma.
—Mi nombre es Mary Ellen Kramer. Nací el diecisiete de septiembre de mil novecientos sesenta y tres, en Youngstown, Ohio. —La suciedad parece calar mi voz como el agua—. El nombre de mi madre era Anne. —Ahora es difícil respirar—. Yo... estudiaba... historia del arte en... la universidad... Solía... ir... a nadar... los jueves... y... los domingos... —Mis dedos están sangrando—. Conocí... a Michael... en un... concierto... de los Talking Heads... Mi hermana... vive en... Francia... Mis hijos... se han... ido...
No es más que una capa de basura compacta, suciedad y pequeñas piedras que se han derrumbado en la boca del túnel. Me abro paso, hacia el frío aire libre. Caigo sobre el barro y lloro como una recién nacida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(
Atom
)
LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















0 comments:
Publicar un comentario