Para: hunter.list@hunter-net.org
De: Profesorgeo160
Asunto: Re: Lo Urbano frente a lo Rural
Poli90 escribió: "no lo puedo asegurar todavía, pero parece ser cierto. Esos cabrones le tienen alergia al campo. Si, todos conocemos a alguna pesadilla que se esconde en su mansión de los lindes de la ciudad, pero ni siquiera a éstos les gusta alejarse demasiado de la civilización. Supongo que tienen las manos metidas en tanta mierda que necesitan permanecer cerca de las ciudades. Maldición, si yo fuera uno de ellos, tan seguro como el Infierno que no dejaría que mis pequeños sicarios se alejaran mucho de mi vista."
Ocurre lo mismo aquí en Sudamérica, Poli90. Salvando unas pocas excepciones. La mayoría de los monstruos vive en las ciudades o cerca de ellas. Naturalmente, la mayor parte de nuestra población vive también en las ciudades o cerca de ellas, de modo que donde van las presas van los depredadores. Esto mismo lo vemos constantemente en la naturaleza. Y no es que los monstruos sean algo natural, que como todos sabemos no lo son, pero se rigen por instintos animales más de lo que piensan o de lo que, probablemente, estarían dispuestos a admitir.
Sin embargo, yo mismo he encontrado varias guaridas de zombis y otras criaturas de la noche en zonas rurales. Muchos de ellos han formado comunas con sus seguidores y cuentan con helicópteros para trasladarse a las ciudades. Utilizan la tecnología para crear pequeñas ciudades en el campo. De algún modo como los Dravidianos de Waco, Texas, crean mundos propios. Recuerdo una de ellas en Ecuador, que se llamaba Complejo Rodríguez para el Desarrollo de la Humanidad. Suena bien, ¿no? Pero después de que una joven desapareciera y sus padres publicaran anuncios en los periódicos, investigamos el asunto y descubrimos que estos humanitarios estaban en realidad secuestrando a gente para someterla a toda clase de experimentos. Esto ocurre constantemente en Sudamérica porque resulta muy fácil atribuir las desapariciones a las guerrillas o a los gobiernos. Nadie presta la menor atención a Sudamérica, a excepción quizá de Amnistía Internacional cuando se aburre de criticar a su gran enemigo, los EE.UU., de modo que las personas desaparecidas son olvidadas por todos salvo por sus familiares.
Una vez que descubrimos lo del Complejo Rodríguez, decidimos que debíamos visitarlo para descubrir si se escondía algún monstruo en él. Viajamos seis días a pie a través de la jungla hasta llegar allí. Se encontraba ubicado sobre una altiplanicie de los Andes, de modo que resultaba imposible acercarse en camión o helicóptero. Nos hubieran visto. Consideramos la posibilidad de realizar un salto en paracaídas durante la noche, pero decidimos que era demasiado peligroso. La altiplanicie no era demasiado ancha y no queríamos acabar en las montañas o chocar contra los acantilados. Cuando comenzamos nuestra marcha, éramos un grupo de ocho. Dos compañeros tuvieron que regresar porque uno de ellos se hirió al caer en una grieta oculta. El otro tuvo que acompañarlo para ayudarlo a caminar, porque se había roto la pierna.
Lo bueno de andar por la selva es que los árboles son muy altos y de copas muy frondosas, de modo que apenas hay sotobosque. El sol no llega hasta tan abajo. Pero aquellas zonas en las que los leñadores habían cortado los árboles, tuvimos muchos más problemas a causa de la gran profusión de plantas. Tuvimos que abrirnos paso con machetes. A los bichos no les gustaba que lo hiciéramos y se dedicaban a picarnos o mordernos. En una ocasión tuvimos que cargar con Felipe durante un día entero porque, como consecuencia de las numerosísimas picaduras que había recibido en el rostro, los ojos se le habían hinchado tanto que ya no podía ni abrirlos. Al cabo de un tiempo se recuperó, pero el tener que ayudarlos ralentizó mucho nuestra marcha.
En la jungla se suda constantemente y, cuando llueve, te empapas del todo. Y no ayuda a combatir el calor porque la lluvia dura poco y, cuando termina, sigues acalorado y además estás mojado. El calor es espantoso y si a tu organismo no le gusta estás en dificultades. Sé de personas que han muerto a causa del calor porque no transpiraban lo suficiente o porque tenían el corazón débil. Deben contar con agua potable para beber pues. si no saben cómo conseguirla en la jungla, tendrán problemas. Las aguas que discurren rápidamente sobre lechos rocosos resultan seguras para beber, pero nunca deben hacerlo con aguas lentas o estancadas. También pueden recoger el agua de la lluvia pero esto no siempre es seguro en la jungla porque cae a través de las copas de los árboles, donde a veces hay cadáveres de animales, bichos y mohos. Tienen que extremar precauciones. Algunas veces, ni siquiera las maquinas de filtrado que puedan llevar con ustedes bastarán para purificar del todo el agua. No les conviene contraer diarreas, vómitos o fiebre en la jungla. Morirán.
A medida que ascendemos por la montaña, tuvimos que escalar las rocas. En los Andes, las laderas han sido protegidas de la erosión por las plantas, de manera que son angostas y traicioneras. Las rocas son muy resbaladizas a causa de la humedad y algunas veces pueden encontrarse con zonas de barro que podrían deslizarse pendiente abajo. Además, las rocas se sueltan cuando se apoyan en ellas. Tienen que ser muy cuidadosos. Lo más difícil es encontrar el camino que los lleve a donde quieren ir. A menudo te ves atrapado y obligado a avanzar en una dirección que no te interesa, porque el terreno te impide acceder a donde quieres. Nosotros solemos seguir sendas de animales que suban hacia la cumbre y eso facilita las cosas, porque los animales conocen las mejores rutas. Pero esto no siempre es posible e, incluso cuando funciona, el riesgo de toparse con los propios animales es alto. Una noche escuchamos los aullidos de un jaguar y, en una ocasión, tuvimos que trepar los árboles para escapar de un oso. Si viajan por las junglas, les ruego que no maten a los animales a menos que sea necesario para su supervivencia, porque muchos de ellos están en peligro de extinción y aquí en Sudamérica tenemos mucho respeto a nuestra fauna. Incluso las mofetas, con su mal olor, son apreciadas.
Eventualmente, acabamos por emerger en un extremo de la jungla y pudimos disfrutar de una panorámica de toda ella. Era muy hermosa. En la distancia pudimos ver el Cotopaxi que, con sus más de 6.000 metros de altura, es si no me equivoco uno de los volcanes activos más altos de la Tierra. Nos encontrábamos en la región de Sierra, entre las dos estribaciones montañosas que atraviesa Ecuador, a las que llamamos la Cordillera Occidental y la Cordillera Oriental. Las temperaturas habían cambiado mucho desde que nos encontráramos en las colinas y me alegré de haber traído el abrigo en la mochila.
A esas alturas, casi habíamos alcanzado el complejo, de modo que decidimos acampar en la jungla y continuar nuestra marcha durante la noche. Teníamos que seguir escalando pro las rocas, pero decidimos que era más seguro hacerlo en la oscuridad, cuando los guardias no pudieran vernos. A medida que nos aproximábamos, descubrimos algunos caminos de tierra, abiertos por sus vehículos de reconocimiento. Así supimos que patrullaban el área y nos volvimos más cuidadosos. Evitamos los caminos, de modo que no pudieran encontrarnos ni ver nuestra huellas en el barro y no supieran que tenían visitantes.
Las zonas más altas de los Andes están cubiertas por hierba de los páramos, que puede herirte las piernas si no cuentas con la protección adecuada.
Tengo que irme. Hablaremos más tarde. ¡Adiós!
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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