Para: hunter.list@hunter-net.org
De: Profesorgeo160
Asunto: La Portada de Chile
Era realmente hermosa, pueden creerme. Tenía los ojos más grandes que jamás he visto. Pero tenía que hacerlo. Era la tentación encarnada. Yo la maté, que Dios me ayude. La maté. No tuve otra elección. El Diablo opera de maneras extrañas y la envió para tentarme.
Todo comenzó con mi amigo, Héctor. Me llamó. Me llamó y me dijo que nos necesitaba, a mi y a un grupo de llaneros. Héctor vive en Chile Me contó que algo estaba absorbiendo la vida de los habitantes de la ciudad, devorando sus emociones. Enrique, Margarita y yo nos dirigimos al lugar en avión, pero Héctor no se encontraba en el aeropuerto, de modo que fuimos a su casa. Lo encontramos sentado frente al televisor, mirando fijamente la pantalla.
Héctor habló con nosotros, pero nada parecía importarle ya. No tenía vida ni vigor. Nunca lo había visto así antes. Normalmente, parece lleno de energía y habla muy deprisa. Es una persona muy buena. Al cabo de un rato, nos dijo que estaba esperando a alguien . Le preguntamos a quien y nos contestó que a su novia. Héctor no tenía novia. Jamás la había tenido. Era demasiado tímido para las chicas. Éramos amigos desde hacia mucho tiempo. Jamás mencionó que tuviera una novia. Así que comencé a sospechar que aquello escondía algo sucio. Se lo expliqué a Enrique y a Margarita. Salieron para vigilar la casa desde el coche de alquiler. Yo esperé dentro, con Héctor. El siguió viendo la televisión.
Entonces alguien llamó a la puerta. Héctor abrió y entró en la casa una criatura maravillosa. Era una diosa, alta y elegante, con un pelo que resplandecía como el oro. Su rostro era exquisito. Pero supe inmediatamente que servía al Demonio. Llevaba su marca; sus orejas eran largas y puntiagudas como las de un asno. Sintió mi presencia y me miró. En sus ojos verdes vi el mundo, lleno de tristeza y cólera y un hambre ansiosa de venganza. Tal era mi admiración por ella que no hice nada y entonces ya era demasiado tarde.
Me saludó con un gesto de la mano y ésta centelleó. Fluía como un río, dejando tras de sí un reguero de estrellas. Sentí que mi corazón ardía de amor. Repentinamente, deseaba que Enrique y Margarita no la hubieran visto entrar. Deseaba hablar con ella. Deseaba conocerla. Tenía tantas preguntas que hacerle... Pero entonces, algo cambió. Se inclinó para besar a Héctor en la boca y sentí los celos más espantosos que jamás haya experimentado. Quería matarlo porque contaba con su atención. Los aparté de un tirón y ella empezó a reír. "Héctor, no me habías dicho que tuvieras un novio". Se rió y se rió hasta que el sonido de sus carcajadas replicó en mis oídos e hizo que me doliera la cabeza. Héctor cayó al suelo. No sé si cayó porque yo lo había empujado o como consecuencia de la risa de ella.
Cada una de sus carcajadas pelaba una de las capas de mi ilusión, como si se tratase de una cebolla. La miré y vi que su rostro cambiaba y esbozaba una mueca de crueldad. Sus ojos se tornaron duros e inmisericordes. Y, sin embargo, incluso en aquel estado, que intensa era su belleza. La hubiera amado a pesar de todo, pero entonces apareció un hombre en la televisión y, con voz monótona, comenzó a decir, "EL DIABLO. EL DIABLO. EL DIABLO". Una vez tras otra, repetía la misma cosa. Aparté los ojos de ella y miré la televisión. El hombre era yo, en blanco y negro.
Ella me estaba hablando, de amor y de sexto, pero yo no podía concentrarme en sus palabras. Porque aquella letanía, "EL DIABLO. EL DIABLO", continuaba resonando en el interior de mi cabeza. Miré fijamente la televisión. La colera de la mujer pareció convertirse en electricidad, que inundó el aire de la habitación y sentí que me sujetaba por la barbilla. Atrajo mi rostro hacia ella. El tacto de sus dedos resultaba extraño, como si las manos fueran más gruesas y carnosas de lo que habían parecido. No tenía elección. Tenía que mirarla. Creo que dije, "¿Qué eres tú?"
Eso la sorprendió. No se había dado cuenta de que yo podía saber que era un demonio. Creo que también la asustó, porque soltó mi barbilla y metió una mano en su chaqueta de cuero. Pensé que tenía una pistola, pero me equivocaba. Sacó un ratón. Un pequeño ratón blanco. Se revolvió en su mano y, delante de mis ojos, ella lo apretó en su puño hasta que su sangre comenzó a correr entre sus dedos. El resto ocurrió muy deprisa. Recuerdo que me aparté de ella porque empezó a resplandecer de oscuridad. Sé que parece no tener sentido, pero así es como fue. El vello de mi nuca se erizó. Me apuntó con su dedo ensangrentado y entonces supe que poseía una magia que podía matarme.
Escuché a mi instinto y me arrojé a un lado. Inesperadamente, una estantería se desplomó y estuvo a punto de aplastarme. Cayó sobre la televisión y la hizo explotar entre chispas y humo. Los cristales volaron por todas partes. Busqué un arma y descubrí un pisapapeles sobre la mesa. Lo cogí y se lo arrojé. Solo quería detenerla. Lo hice. La golpeó en la cabeza y ella cayó. Había fuego en la casa y Héctor todavía no se había levantado. No podía dejarlo allí, a pesar de todo. Lo saqué a rastras y cuando quise volver para sacarla a ella, el incendio era demasiado intenso. La quería. Lo admito. Era bellísima. Sé que hubiera podido ayudarla. Se que hubiera podido. Con tiempo.
Bien. Encontré a Margarita y a Enrique dormidos en el coche. Los habían hechizado con alguna clase de conjuro. Pero seguían con vida. Regresaron al hotel y yo acompañé a Héctor al hospital. Héctor. Deberían haberlo visto cuando supo que ella había muerto. Se puso como loco. Comencé a temer que hubiera perdido la cordura a causa de ella. Huyó del hospital. Lo seguí porque es mi amigo. Traté de detenerlo pero insistió en ir a La Portada. Es un lugar junto al océano en el que hay rocas, rocas grandes que parecen un portal o entrada a otro mundo. Se encuentra un poco más allá de la misma costa.
El océano estaba todo negro. Parecía muy frío y las aguas rompían contra la base de La Portada. Héctor miraba fijamente las rocas. Parecía perdido, como un niño aterrorizado. Me quedé con el mucho rato, pero debí de quedarme dormido, porque repentinamente desperté y descubrí a Héctor en el agua. Se dirigía hacia La Portada. Las olas vinieron y lo atraparon. Eran codiciosas, pero a él no le importaba. No pude salvarlo. Lo intenté pero, cuando llegué junto al mar, ya había desaparecido. Se había ido. No podía verlo. Grité su nombre una vez tras otra. Me sumergí y traté de encontrarlo, pero en vano. Había desaparecido. Las olas comenzaron a arrastrarme también a mi y yo me encontraba terriblemente cansado. Estuve a punto de abandonar. Estuve a punto de dejar que el océano me llevara a mi también. Todavía ignoro por que no lo hizo. Supongo que sólo El Diablo lo sabe.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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