La Misión Jesuita

Para: hunter.list@hunter-net.org
De: Profesorgeo160
Asunto: La Misión Jesuita

Buenos días, llaneros. Veo que están discutiendo si debemos recurrir los unos al os otros en busca de ayuda. Por lo que a mi se refiere recibo muchas llamadas de esa clase, porque aquí en Sudamérica a veces tardamos bastante en saber que existen otros llaneros en el mundo y muchos de nosotros no tenemos acceso a Internet. Así que estamos más solos y nuestra ignorancia sobre los monstruos es mayor. Recientemente, recibí una de estas llamadas de mi amiga Paula. Al parecer, había encontrado pruebas sobre la existencia de otro llanero en su ciudad. Hasta entonces había creído que era la única. Cuando le siguió la pista, se encontró con que su apartamento estaba completamente desordenado. Había señales de lucha por todas partes. En medio del caos, encontró algunos papeles en los que el llanero había copiado varios de nuestros símbolos y escrito algunas notas junto a ellos. Además, algunos comentarios en los papeles demostraban que estaba buscando a la persona que había escrito los símbolos. Sabía que se trataba de una mujer, pero ignoraba su nombre. Paula me llamó y me pidió que la ayudara.

Margarita, Enrique y yo nos dirigimos en avión a la ciudad de Fuerte Olimpo, en Paraguay. Paila vino a recogernos al aeropuerto. Nos llevó a su apartamento y examinamos las notas entre todos. Margarita fue la primera en encontrar una pista. En la esquina de uno de los papeles, el llanero, Miguel había escrito "reducción jesuita" que es la palabra con la que en el siglo XVII, se conocía a las misiones jesuitas en las que tantos nativos se asentaron. Los misioneros educaron a los indígenas y vivieron todos en paz, labrando la tierra y rezando. Estas gentes aprendieron a cantar e interpretar música a mayor gloria de Dios. A mediados del siglo XVIII, el rey de España Fernando VI, traicionó a muchas de las misiones al entregar las tierras a Portugal. Después de que las misiones fueran cerradas, la mayoría de los nativos fue de nuevo reducida a la esclavitud, pero algunos de ellos decidieron combatir. Tanto los conversos nativos como los sacerdotes jesuitas lucharon contra los portugueses. El conflicto fue conocido como Revuelta Guaraní. De modo que, todavía hoy en día, la mayoría de las misiones permanecen abandonadas y cerradas. Los jesuitas han reconstruido algunas de ellas, como la que se encuentra cerca de Fuente Olimpo.

Así que, siguiendo el curso de acción más lógico, decidimos encontrar la misión. Nos dirigimos en coche al campo, donde no encontramos otra cosa que hierbas altas, marismas y bosques achaparrados. Aquel día hacía mucho calor y todos nos sentíamos muy incómodos en el coche de Paula. Mientras conducíamos, discutimos como íbamos a conseguir echar un vistazo. Enrique sugirió que entráramos superficialmente, pero decidimos que era demasiado peligroso y tampoco estábamos seguros de que hubiera conexión alguna entre los jesuitas y el desorden del apartamento de Miguel. Margarita quería que dijéramos ser conversos, pero a mi no me gustaba la idea de mentirles a los sacerdotes. Así que cuando Paula dijo que deberíamos decir que estábamos realizando una investigación y pedir permiso para hacer una visita, todos estuvimos de acuerdo.

Antes de llegar a la misión, comenzamos a ver los campos de trigo y maíz. Y entonces la hermosa misión apareció frente a nuestros ojos, detrás de unos árboles. Estaba rodeada por un muro de piedra y todos los edificios eran asimismo de piedra. Algunos de ellos estaban rematados con fachadas de estuco. La decoración era de corte español y la torre de la iglesia estaba coronada por una gran campana. Cuando ésta sonó, vimos correr hacia el patío numerosos indígenas que estaban trabajando los campos. Un hombre con alzacuellos nos esperaba en la entrada. Dijo llamarse Cornelio y nos dio la bienvenida, se mostró muy servicial. Hablamos con él durante algunos minutos y respondió de buen grado todas nuestras preguntas, aunque por el momento no mencionamos a Miguel. Creo que creyó que éramos investigadores, pero Paula tuvo que mentirle cuando le preguntó sobre el objeto de nuestro estudio. Le dijo que estábamos trabajando en un guion cinematográfico.

De pronto, escuchamos una hermosa música proveniente de la iglesia y el padre Cornelio nos dijo que el coro practicaba allá y nos invitó a verlo. Todos los cantantes se encontraban de pie en los asientos delanteros. Cantaban muy bien. A medida que nos aproximamos, comencé a experimentar un intenso sentimiento religioso. Las canciones estaban escritas en latín y yo las conocía un poco. Hablaban sobre la Gloria de Dios y sobre cómo un día todos regresaremos a su lado. Hablaban de ángeles que conducían al rebaño hacia la recompensa. Hicieron que mis ojos se llenaran de lágrimas y cuando miré a los demás, vi que habían tenido el mismo efecto sobre ellos.

El coro cantaba tan maravillosamente que estuve a punto de no advertir el cosquilleo que había comenzado a sentir en la nuca. Pero me detuve y miré a mi alrededor, en busca de cualquier cosa extraña. Me di cuenta entonces de que el aire se movía de manera insólita alrededor de la boca del director, que también estaba catado, como si salieran de ella ondas de calor o vapor de gasolina o aceite rociando en agua.

Mi cara debió de revelar mi sorpresa, porque el padre Cornelio se dio la vuelta y me preguntó si algo andaba mal. Traté de decirle que no era más que el efecto de tanta belleza, pero creo que mi reacción lo había alertado. Mirando a mi alrededor, reparé en más cosas extrañas. El sacerdote que se encontraba junto al fondo del edificio llevaba una camiseta roja debajo dela sotana negra; asomaba ligeramente por la manga. En la esquina más alejada, un hombre tenía la cara llena de magulladuras. En el marco de la puerta, situado a un lado del muro, se había grabado unos símbolos de naturaleza arcana que no me resultaban familiares. Por un momento me pareció que brillaban pero cuando los miré directamente, dejaron de hacerlo.

Paula comenzó a deambular y la seguí con la mirada. Lo mismo hizo el padre Cornelio. Discretamente le conté a Enrique todas las cosas que había visto y él lo hizo a su vez con Margarita. Paula cruzó desde un lado a otro y se arrodilló un minuto para rezar frente a la imagen de la Virgen. El padre Cornelio parecía estar muy alerta, incluso le hizo una señal a alguien, pero fingí no darme cuenta. El coro seguía cantando.

Al terminar sus oraciones, Paula se levantó y se volvió para observar al coro. Advertí entonces que se encontraba justo detrás del hombre con el rostro magullado. Comencé a preguntarme si se trataría de algún otro llanero desaparecido. Cuando se volvió y miró a Paula me di cuenta de que si, debía serlo. Ella avanzó un paso hacia él e intercambiaron algunas palabras en voz baja. Apenas tuvieron tiempo porque repentinamente, aparecieron algunos sacerdotes junto a Miguel y trataron delicadamente de alejar a Paula de allí. Ella insistió en que él permaneciera a su lado. Algunas voces se alzaron, pero no pude entender lo que decía. Rápidamente se dispararon todas mis dudas: los sacerdotes de aquella misión tenían tratos con el Diablo y estaban mostrando sus verdaderos rostros, rostros mágicos.

Qué Dios me perdone por mancillar Su tierra sagrada, pero cuando vi que uno de los sacerdotes comenzaba a entonar palabras que no seguían la canción del coro y cuando vi que comenzaba a poner los ojos en blanco y cuando comenzó a brillar con una luz arremolinada entre azul y púrpura, supe que tenía que actuar rápidamente. Varios ojos se volvieron hacia nosotros y muchos más cuando saqué mi arma y disparé al techo. Pensé que provocaría el pánico pero, para mi sorpresa, tal cosa no ocurrió. El coro me ignoró y continuó cantando. Paula había tomado a Miguel de la mano y trataba de arrastrarlo hacia la puerta. Enrique y Margarita se encontraban de espaldas a mí, de manera que formábamos un triángulo encarado en todas direcciones.

Entonces comenzaron a salir de todos los rincones. Aquel no era un lugar bueno. Por otra puerta aparecieron más y más, vestidos con túnicas extrañas y atavío cubiertos de perversos dibujos. Aquella iglesia había sido profanada mucho antes de que yo disparara mi arma. Trataba de mirar en todas direcciones al mismo tiempo y, por el rabillo del ojo, pude ver que Enrique giraba lentamente sobre sus talones con los brazos extendidos hacia los lados. Creo que estaba tratando de atrancar la puerta porque, repentinamente, ésta se cerró sobre los satanistas y no pudieron seguir entrando.

Lo siguiente que vi fue que uno de ellos le arrojaba una vela a Enrique. Lo golpeó y se incendió. Me abalancé sobre él para tratar de echarlo al suelo. Caímos juntos y juro que vi el fuego en sus ojos, como si las llamas también estuviesen ardiendo en su interior. "Vete" dijo. "Saca a Margarita de aquí". Creo que sabía que era demasiado tarde para él. Entonces aulló de dolor. No fue un grito normal. Fue algo horrible, como si contuviera todo el dolor del mundo. pero el dolor pareció afectar también a los satanistas. Muchos gritaron con él y algunos cayeron de rodillas o se doblaron mientras vomitaban.

Levanté la mirada y vi que Margarita se encontraba allí, de pie, mirando fijamente a Enrique mientras lloraba. Un satanista se le acercaba tambaleante, tratando de poner su mano sobre ella. Entonces corrí, la sujeté antes de que él consiguiera alcanzarla y la empujé a un lado. Le grité al hombre que se detuviera y se desplomó. Algo que aleteaba en el extremo de mi visión atrajo mi atención y miré. Era un banderín. Pero extrañamente, sobre él podía leerse las palabras. "¡VÁYANSE AHORA!". Cuando volví a mirarlo, estas palabras habían desaparecido, sustituidas por una bendición escrita en latín. Enrique se convulsionaba sobre el suelo y supe que no viviría mucho más. No vacilé. Agarré a Margarita por el brazo y comencé a correr hacia la salida. Mientras lo hacía, elevaba una plegaria por el alma de mi amigo.

Paula había conseguido llevar a Miguel hasta la puerta pero no parecía encontrarse bien. Jadeaba como si le faltase el aliento de una manera que me hizo ponerme nervioso. Margarita y yo salimos de la iglesia. Entonces la situación empeoró. Puede que no quisieran mancillar su propia iglesia pero cuando salimos al exterior, como dice Poli90, el infierno se desató. Un ciclón polvoriento se levantó de la tierra y trató de arrojarnos al suelo. Miguel y Paula cayeron. Margarita parecía haberse recuperado en parte de la conmoción producida por lo de Enrique y no tuve que arrastrarla demasiado. Corrimos hacia Miguel y Paula. Vi entonces que Miguel tenía un palo clavado en el brazo. El ciclón estaba levantando palos y pedazos de madera y los arrojaba contra nosotros. La madera nos cortaba, pero a pesar de ello, de algún modo, no me importaba. Al menos impedía que los satanistas se nos acercaran. Creo que simplemente estaban esperando a que nos hiciéramos pedazos y la verdad es que estuvo a punto de ocurrir.

Todos sangrábamos por numerosas heridas y un palo muy afilado había atravesado el muslo de Margarita. Tuve que arrastrarla hasta el coche. Sin embargo, cuando llegamos hasta él descubrimos que no funcionaba. Los satanistas habían roto el motor. Eso me enfureció. No podíamos quedarnos allí pero tampoco teníamos ningún lugar a donde ir.

Paula volvía a respirar normalmente. Repentinamente, gritó. "¡Allí!". Yo también lo vi. Había un autobús aparcado a un lado. Paula dijo "puedo arrancarlo, si consigues distraer a los brujos". Asentí. Salí del coche y comencé a disparar. Estaba realmente encolerizado y les llamé muchas cosas. Traté de hacer tanto ruido como me fuera posible y que el ciclón me siguiera, de manera que ocultase a mis compañeros de la vista. Lo estaba pasando realmente mal. No podía ver bien porque tenía sangre en los ojos. Estaba asustado, pero tenía que seguir adelante. Si no podía salvar a la gente que se encontraba allí, al menos salvaría a mis tres amigos. Más tarde, pensé , podría regresar y limpiar el lugar por completo. Naturalmente, en aquel momento no sabía si sobreviviría para poder regresar pero a pesar de ello no me detuve.

De nuevo se me acercaban, desde todas las direcciones. Los indígenas que se habían refugiado en el interior: por todas partes volaban colores mágicos, pero parecían apartarse de mí. Uno de los satanistas. pude verlo perfectamente, tenía el brazo marchito. Era extraño. La magia de otro se volvió contra sí mismo y lo hizo gritar de agonía. Empezaron a retroceder. Creo que habían sobrepasado sus límites. O puede que fuéramos más duros de lo que ellos pensaban. La cruz en lo alto del campanario brillaba con tanta intensidad como el sol.

"¡Dios!", grité. "¡Sálvanos de estos demonios!". Cuando invoqué Su nombre, algunos de los satanistas parecieron sufrir un tormento, de modo que continué haciéndolo. "¡Sus trucos no pueden dañarnos, diablos!". Grité y grité sin descanso. Casi nada de ello tenía sentido, pero Dios se encontraba de nuestro lado. Volví al autobús, que Paula acababa de arrancar y salimos de allí a toda prisa. No nos siguieron. No sé como pero creo que conseguimos herirlos de muerte.

Margarita y Miguel habían perdido mucha sangre, pero ayudé a curarlos con un Beso Divino de la Vida. Descansamos en el apartamento de Paula. Más tarde, nos enteramos de que Miguel había descubierto la existencia del aquelarre demoníaco y había seguido a uno de sus sacerdotes hasta la misión. Lo habían capturado y torturado, tratando de averiguar lo que sabía sobre ellos y si alguien más estaba al corriente. Se ha alegrado mucho al descubrir que existen otros llaneros. Paula y él van a formar un grupo. Más tarde, volveremos y limpiaremos la iglesia.

El pobre Enrique murió como un héroe. Creo que nos salvó a todos. Siempre recordaremos su nombre con reverencia.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."