De: Coctelera74
Para: hunter.list@hunter-net.org
Asunto: la visita
Leedlo, por favor. ¡Es importante!
He sobrevivido a una conversación extraordinaria con un visitante inesperado y estoy tratando de relatarlo ahora que aún puedo. Lo que me sorprende es que sea capaz de recordarlo todo tan claramente.
Una Conversación con el Más Allá
Lo primero que noté fue el olor entre podrido y dulce que desprendía, como el del cuero sin curtir que venden como juguete para animales en las tiendas de mascotas, solo que un poco más muerto. No hedía tanto como otros, pero desde luego este tipo olía a muerto. Por raro que suene, me alegré de que se tratase de él y no de mí; lo primero que pensé al despertarme por la peste fue: "¿es la pierna?".
Entonces me percaté de que había alguien. Me incorporé encima del catre (la cama seguía dando miedo) y lo vi sentado en la única silla de la estancia, no muy lejos de donde tenía los pies. Tenía las piernas cruzadas y la mirada relajada, como si lo hubiera invitado, pero no era el caso. Dado que en la habitación solo entraba la luz de la luna, era difícil percibir más detalles.
—Despierta ya —me dijo.
Hablaba un inglés casi perfecto, casi demasiado perfecto, con un acento tan imperceptible que me resultaba difícil atribuirle un origen. Lo que sí sabía es que no era caribeño.
Salté del camastro hacia la pared más alejada. Me llevó un momento situarme mentalmente y controlar el miedo. Entonces me di cuenta de lo mucho que me dolía la pierna solo por estar de pie. Tuve suerte de que no fuera agresivo de entrada, porque no le habría aguantado el envite.
—¿Quién eres? —pregunté.
Me contestó con más preguntas. Luego comprobé que lo hacía a menudo.
—¿Por qué has venido a Haití? ¿Desde cuándo eres capaz de ver a los muertos?
El fantasma parecía hablar ahora de forma menos perfecta de lo que podía, como si tuviera que vencer algún impedimento. Tenía dificultades con las bes, las uves y las emes.
Cuando por fin me atreví a mirarlo fijamente... no vi nada. La visión no servía con él. Luego lo miré como antes y volví a vislumbrar la silueta oscura de un hombre.
—Tranquilízate —me dijo—, aquí todos somos amigos. Al menos hasta ahora.
Se comportaba como si hubiera alguien más en la sala, pero yo no conseguía ver a nadie. Puede que me estuviera volviendo paranoico. Al fin y al cabo, tenía más razones que nadie.
—Norteamericano, ¿verdad? ¿Un desertor?
—Soy norteamericano —respondí—, pero no un soldado. Ya no. En el ejército decían que pensaba demasiado.
Probablemente estaba hablando demasiado. Sin embargo, la conversación no me incomodaba.
—Así que abandonaste tus obligaciones.
—No. Además, fue hace mucho.
—Entonces, ¿de qué huyes?
Llegados a este punto, ya se me habían acostumbrado los ojos a la oscuridad. Desde fuera empezó a percibirse el crepitar y el resplandor anaranjado de las piras callejeras, a cuya luz fui vislumbrando la cara descompuesta de aquel hombre, o lo que quedaba de ella. Tenía la piel grisácea y correosa, los ojos hundidos y las mejillas aplastadas, y le faltaban la nariz y los labios. Supongo que por eso le costaba hablar. Pese a ello, tenía una dentadura bastante intimidatoria. Se diría que era todo dientes.
—¿Qué eres? —le pregunté.
—Ni más ni menos que lo que ves. Tú, sin embargo, niegas ser un soldado y pese a ello los ayudas.
Estaba claro que se refería a los de la carretera.
—Necesitaban ayuda —dije.
—"Ayuda" es una forma interesante de decir "ejecución". ¿No crees?
No respondí. No cabía duda de que había estado siguiéndome desde que llegué.
—¡Ahora entiendo! Tú eres uno de esos otros norteamericanos, como el hombre de la NAS con el que hablé...
—¿Cómo?
—El tirador que disparó a mi sirviente. Bueno, tú lo considerarías un espía, pero "espía" no es más que una palabra fea para un trabajo sucio.
Entonces se sentó a la espera de mi respuesta. No contesté. Luego, prosiguió.
—No, me equivoco. Tú eres mucho más comunicativo de lo que lo era él.
—¿Hablas del francotirador, verdad? ¿Dices que era norteamericano?
—¿Lo haría un haitiano?
—Siempre me resisto a aceptar la versión oficial.
—Muy inteligente de tu parte. El tirador capturó al hombre asustado que más tarde le daría el alto al autobús, luego disparó a mi sirviente y dejó salir del camión a aquel haitiano bajo la amenaza de matarlo si no corría hacia el autobús y hacía salir a la gente. Parecía querer culpar del incidente a todos los negros del autobús para provocar un enfrentamiento de masas.
Sentía curiosidad por saber a qué raza había pertenecido antes esa... cosa. Su profunda comprensión de la química racial me inducía a pensar que conocía el asunto desde dentro. O eso, o es que había estado observando la situación durante mucho tiempo. En cualquier caso, su estado actual no permitía extraer conclusiones.
—¿Y, según tú, el tirador trabajaba para la NAS? —pregunté.
—¿Qué sabes sobre vudú?
—Solo que es peligroso. Sé menos de lo que creía saber.
En ese instante se me ocurrió que quizá había sucedido así en el caso de Ratón de Biblioteca. Luego recordé que acabó perdiendo las piernas.
—Estoy más interesado de lo que crees en averiguar qué sabes. ¿Crees en el vudú?
—Creo en muchas cosas últimamente. ¿Debería tener fe en el vudú?
Al decirlo, me sentí de nuevo intranquilo, como cuando veía símbolos en las chozas y pensaba en la relación que guardaban estos con los nuestros.
—¿Alguna vez has tenido fe en algo?
—Depende. A veces incluso demasiada, pero por lo general se me acaba yendo.
—A los mortales, la fe les llega con el tiempo y el reconocimiento de su naturaleza perecedera. La situación de los difuntos es, sin embargo, bien distinta. Al fin y al cabo, el paso de los siglos invita a la reflexión.
—¿Cuántos años tienes, exactamente?
—Todavía no me has dicho desde cuándo eres capaz de ver a los muertos.
—No puedo.
—Mientes mal. ¿Desde la infancia? ¿Venía el espíritu de tu bisabuela a cantarte nanas de esclavos para que te durmieras?
—Es... una habilidad reciente. Estoy aprendiendo a usarla.
¿Se sintió Ratón tentado de la misma forma a contarlo todo para conseguir respuestas por una vez en la vida?
—¿Y cuántos como tú trabajan para el gobierno estadounidense?
—Ya te lo he dicho.
—Solo quería asegurarme. ¿Por qué tu gobierno provoca enfrentamientos entre sus propios soldados y la población civil de la isla?
—No lo sé.
—Creo que tu país sabe de la existencia de los espontáneos y que los teme. Hace bien.
—¿Te refieres a los fantasmas?
—Los fantasmas han habitado en esta isla tanto como los vivos. Algunos africanos se sentían tan desconsolados por la pérdida de sus descendientes, convertidos en esclavos, que vinieron al otro lado del Atlántico para reunirse con ellos. Muchos han permanecido en los cuerpos de sus seres queridos, incluso hasta nuestros días. Los espontáneos son los que atemorizan hasta a los oungan más poderosos, los que vuelven sin necesidad de que los convoque ningún sacerdote vudú. Son muertos que dejan huellas a su paso.
—Creí que hablaba con uno de ellos —dije armándome de valor.
—Buena observación. No, nadie crea a los espontáneos. No hay razón para que aparezcan como tampoco la hay para la lluvia —contestó alzando la vista.
—¿Entonces te hizo alguien así? ¿Eres una momia o algo parecido?
No describiré su risa. Era una de las cosas más desagradables que jamás he oído, y aún me vienen escalofríos al recordarla. Cuando paró, dijo:
—¡Ah, estos yanquis!
—Supongo que no pero, si Estados Unidos está al tanto de esos espíritus a los que nadie les da vela en ningún entierro, ¿por qué debería temerlos con la de armas nucleares que tiene?
(¡Esto no me lo creo! En el momento de decir esto no recordaba esa palabra que usaba el muerto y que yo no había oído antes, pero ahora que lo escribo es como si tuviera la conversación grabada en el cerebro con puntos y comas).
—Los espontáneos forman un ejército que recluta hombres haciendo lo que hacen todos los ejércitos: matar al enemigo.
Yo me mantuve en silencio, pensando en lo que había dicho.
—¿Usaría tu país armas nucleares en su propio territorio? —preguntó.
—No creo que allí las cosas sean como aquí. He visto fantasmas allí, pero no tantos como aquí. Los vivos aún los superan en número en Estados Unidos, y los zombis que he visto no estaban organizados. Solo formaban turbas descontroladas.
—Creo que aún se enseña historia francesa en tu país.
—En las turbas, no obstante, hay líderes inteligentes...
—Inteligentes y perversos. ¿Acaso no crees que existen cosas que todavía no has visto? ¿Tengo que recordarte que estás hablando con un cadáver?
—¿Estás diciéndome que alguien guía a esos bichos? ¿Quién? ¿Algún sacerdote vudú de la isla?
Con esto quería ver si reaccionaba de alguna forma, pero no lo hizo.
—No estarían a la altura.
—¿Me lo vas a decir o no?
—No des por hecho que lo sepa. Solo puedo decirte con seguridad de qué no se trata: no son manbo ni oungan.
—¿Cómo puedo averiguarlo?
—Quizá te ayude uno de nuestros amigos comunes.
Entonces señaló detrás de mí. Yo me volví con cautela, preguntándome por un segundo si sería un truco. El único "amigo común" que se me ocurría era el soldado que maté. En un rincón de la estancia había una urna de terracota de algo más de medio metro que me provocó náuseas cuando imaginé que quizá había partes del cuerpo de aquel tipo (puede que la cabeza, dadas las dimensiones del recipiente) en su interior.
—¿Quieres que la abra? —pregunté.
No dijo nada. A decir verdad, no me apetecía mirar qué había dentro, pero tenía que enterarme de qué pasaba. Aún algo cojo, me acerqué a la urna y levanté la tapa. Pese a no haber mucha luz, llegué a la conclusión de que no había nada dentro.
Confundido, me volví hacia el muerto.
—Paciencia, está contigo.
—Mierda...
Cuando usé la vista dejé de ver a mi interlocutor, pero me di cuenta de que la mujer muerta del autobús estaba saliendo de mí, como si la echaran.
—¿Pero qué haces? —grité, preparado para enfrentarme a lo que fuera.
—Eres el médium más remilgado que he visto nunca —dijo el pútrido—. Celia no pretende hacerte daño, y tampoco podría sin mi permiso. Dice que la has desalojado. ¿Cómo lo has hecho? Me temo que has herido sus sentimientos...
—¡A lo mejor es porque no quiero perder los míos!
Aquí ya estaba furioso. ¡Ya he visto lo que les hacen los fantasmas a la gente!
—Entonces hay que pensar en otra cosa. Celia tiene algo que contar, pero necesita un instrumento para hacerse oír.
—¡Pues tú sí que acabas de oírla! ¿Por qué no puede usarte a ti?
—El incidente con el soldado no fue la primera ocasión en la que sucumbiste a un... impulso lamentable. ¿Cómo decirlo? ¿Cuándo dejaste de maltratar a tu mujer? ¿Cuando ya estaba muerta? ¿Fue a partir de ahí cuando empezaste a ver fantasmas?
—Ya me estoy hartando. Nadie se mete dentro de mí.
—Parece un problema de masculinidad. Si quieres oírla hablar, tendrás que dejar que se introduzca en tu cuerpo. A no ser que prefieras que te lo diga en sueños...
Su tono indiferente sonaba como una amenaza. O le permitía entrar estando despierto y, quizá, en guardia, o tendría que aguantar que se colara en mis sueños.
—Te he preguntado por qué no puede usarte a ti ya que sois tan amigos.
—Las condiciones atmosféricas que imperan en las tierras de los muertos lo hacen cansino y difícil. La pobre Celia tiene que gritar con todas sus fuerzas para emitir un susurro y yo tengo que concentrarme demasiado. Por supuesto podría hablar a través de mí, pero deberías conocer bien el criollo, que no es igual que el francés.
—Ya veo. ¿Por qué no dices claramente que quieres ver de qué soy capaz y que no tengo opción?
Cada vez era más obvio que quería ponerme a prueba.
—Siempre hay alternativa; no quiero coaccionarte. ¿Qué me dices?
—Hagámoslo —dije.
Sin embargo, por dentro pensaba: ¿qué le parecería al "Dr. Phibes" este si le arrimase un soplete a la cara?
(N. del T.: Dr. Phibes es el personaje principal de una película con el mismo nombre en la que Vincent Price interpreta a un hombre que venga la muerte de su mujer en un quirófano matando uno por uno a los cirujanos que la operaron).
—Toma asiento. Mucha gente se marea o se desorienta cuando empieza a hablar el espíritu.
No lo tenía tan mal. Tenía el spray y el resto de las herramientas en la mochila, junto al catre. Lo habría cogido al levantarme, pero no estaba suficientemente espabilado. Me senté y dirigí la vista a las formas anaranjadas del muro de enfrente.
—¿Listo? —preguntó.
—Sí.
Mentí. En realidad llevaba usando la vista desde hacía unos minutos. Debido a esto, había estado escuchando al muerto sin verlo (muy raro) y había estado viéndola a ella sin oír lo que le decía. No podía permitirme errores.
La mujer se acercó a mí por el aire y después se paró como si se hubiera topado con una barrera invisible. Luego se volvió hacia él. Yo dejé de usar la vista, me tiré debajo del camastro, cogí la mochila y saqué... nada. No había nada. Cuando lo miré, seguía sentado en la silla, impertérrito.
—Hice desaparecer tus juguetes antes de despertarte —dijo—. ¿Continuamos?
La Comunión de las Almas
No contesté. Me limité a colocarme sobre el catre y, súbitamente, empecé a hablar en un idioma que no era el mío.
—Celia dice que tienes los dientes mucho mejor que la mayoría de los haitianos.
Intenté responder, pero una vez más me salieron palabras suyas de la boca.
—Quiere preguntarte si sabes por qué retienen a su hijo.
Traté de hablar nuevamente, me agarré la garganta y moví la cabeza para negar. Él dijo algo en francés (o criollo, sabe Dios) y aproveché que se calló ella para gritar yo:
—¡Cállate, joder!
—Debes dejar que hable para que esto funcione. ¿Qué hay de su hijo?
—¿El conductor del autobús?
Phibes asintió con solemnidad.
—No lo sé, yo también he estado buscándolo.
Ambos intercambiaron unas frases. Después, el hombre volvió a dirigirse a mí:
—Los soldados norteamericanos que llegaron después de que te fueras se llevaron a todo el mundo a un complejo militar en el interior de tu país. Celia no entró porque temía a los comefantasmas. Los que están en la entrada para impedir el paso a los espíritus. ¿Sabes a qué se refiere?
—No.
—No quería abandonar a su hijo, pero vio la oportunidad de cambiar de montura antes de entrar en aquel lugar y la aprovechó.
—¿Entonces usaba a la mujer del Holiday Inn como si fuera un vehículo, una montura?
El muerto asintió.
—¿Ha vuelto a ver a la mujer?
Él dijo algo así como: "Et ton cheval?". Después, escuchó la respuesta de ella, contestó algo que no entendí y me dijo:
—Tampoco sabe nada de ella.
—Pregúntale cómo se metió aquella cosa dentro del soldado que... del soldado que estrangulé.
A continuación estuvieron hablando durante bastante tiempo, más que desde que había empezado esta sesión o lo que fuera.
—No sabe —me dijo.
Me daba que solo estaba oyendo la versión censurada, pero lo único que podía hacer era concentrarme en la conversación y tratar de pillar palabras sueltas.
—Un momento —dije—, ¿no tienes otros lacayos norteamericanos, como el tipo al que dispararon?
—Ya no. Eso se acabó poco después de empezar en... el trabajo que tengo ahora. Los recolocaron a todos fuera de la isla, excepto a uno.
—¿Y?
—Murió.
Ojalá hubiera usado la visión con el soldado que yacía en el vehículo. Lo habría entendido todo mucho antes... o no. En realidad, todavía no lo tenía claro del todo.
—¿Cómo murió?
—Se esfumó.
—No podré ayudarte si no me lo cuentas.
—Vámonos —dijo.
Por primera vez parecía irritado.
—¿Han hallado la manera de detectar a tus espías, verdad? —le espeté—. ¿Querías que te explicara de qué se trata, no? Pues aquí tienes una pista: no soy yo.
—No hay más de qué hablar. ¡Celia! —gritó.
A eso le siguió una parrafada en criollo de la que no entendí nada.
De los labios empezó a salirme una respuesta igualmente incomprensible. Luego, el hombre se me acercó y me puso la mano en la pierna herida. Sentí pánico. Cuando usé la vista dejé de verlo a él, pero seguí notando la ligera presión que ejercía la mano. La vi aparecer a ella, por el contrario, expulsada de mi cuerpo como antes y, acto seguido, la vi volver a meterse en la urna como si esta la aspirara.
El muerto habló de nuevo. Seguía sin verlo, pero percibía el hedor que lo acompañaba y me entraron ganas de vomitar. Entonces dijo:
—No te he visitado esta noche, pero quizá lo haga Gédé. Sin embargo, él no siente tanto aprecio o curiosidad por la humanidad como yo.
Al decir esto, me agarró la pierna con más fuerza.
—Si permaneces en la isla, morirás.
Después, se esfumó con la urna y solo quedó el olor.
Hasta que no se fue la peste, no me di cuenta de que quizá las últimas palabras iban referidas a mi pierna.
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(
Atom
)
LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















0 comments:
Publicar un comentario