De: Coctelera74
Para: hunter.list@hunter-net.org
Asunto: miedo
Cuando volvía de la choza, me sucedieron tres cosas. La buena fue que me topé con un haitiano que vendía cosas útiles. Supongo que debería haberle pagado menos dinero para no llamar tanto la atención, pero parecía necesitarlo. Lo que compré era una bicicleta herrumbrosa pero entera, un pulverizador de lubricante herrumbroso pero útil y un martillo con una astilla gorda sobresaliéndole del mango. Me metí los dos últimos en la mochila y seguí caminando al tiempo que guiaba la bici hacia la carretera.
La mala, o por lo menos eso parecía, fue que la cadena de la bici se rompió en cuanto llegó la primera cuesta de verdad. Al principio me enfadé bastante, pero luego me di cuenta de que tenía una cadena que podría usar como arma en caso de necesidad. Cuando me aparté de la carretera para esconder la bici en unos matorrales, advertí que no estaba solo. Usé la visión mientras me volvía y vi al soldado que había subido al autobús. Estaba hecho un Cristo. Le salía sangre en abundancia de la cara, los brazos y el torso desnudo; tenía las manos cubiertas de sangre seca, pero lo peor era el fantasma que llevaba dentro. Casi no parecía humano. ¡Narices, quizá nunca lo fue! ¿Quién sabe? Decidí esperar a que hiciera algo para ver quién llevaba el timón.
El sonido que emitió al cargar contra mí no era nada en inglés, y tampoco sonaba humano, así que pensé: "Mmm, un teatro de marionetas". Le tiré la bici y tropezó con ella, pero incluso desde el suelo estiraba los brazos hacia mí y lanzaba dentelladas. Cuando intenté averiguar qué pasaría, me vino una imagen breve en la que yo lo estrangulaba con la cadena rota; sin embargo, estaba comprensiblemente cagado de miedo y lo que más deseaba era salir por patas para no tener que enfrentarme a ese tipo. Curiosamente, también me dio tiempo a pensar que quizá el dolor le había hecho perder el control y que no lo estaba guiando ningún espíritu. No obstante, lo que estaba claro de todos modos es que era un peligro.
Por suerte me pilló preparado la segunda vez que se abalanzó sobre mí. Al acercarse, le trabé las piernas con la cadena y lo derribé a plomo con los morros por delante. Cuando volvió a levantarse me había quedado bastante claro que no era aquel tipo quien estaba al mando.
Entonces es cuando me pasó la peor de las tres cosas. Me agarró la pierna y me mordió atravesando con facilidad la tela de los tejanos. Dolía una barbaridad, pero no me soltaba, así que empecé a golpearlo con la cadena. Entonces supe que me la estaba jugando a todo o nada. Giré sobre el talón y le caí encima, usando la rodilla para aplastarle la cabeza contra el suelo. Entonces intentó levantar la cabeza y yo aproveché para pasarle la cadena bajo la barbilla. Apreté con todas mis fuerzas y, hasta que no estuve seguro de que el espíritu se había ido, no lo solté.
Quería tomarle el pulso, pero si alguna vez habéis echado el bofe haciendo algo sabréis que lo que tocaba entonces era desmayarse. O sea, que me desplomé encima del tipo ese. Cuando volví en mí, él ya tenía los ojos saltones y vidriosos.
De pronto me recorrió una sensación de asco muy intenso que me impedía comprobar el estado de la herida de la pierna. Nunca me había repudiado tanto hasta ese instante. Ojalá no hubiera venido nunca a este estercolero.
Quizá podría haber enterrado a aquel tipo, pero aunque hubiera tenido la fuerza necesaria, lo último que quería es que me vieran haciéndolo. Tampoco me pareció que el lubricante del spray fuera suficientemente volátil como para quemar el cadáver, así que lo dejé entre los arbustos y me fui andando con la bici. Después de bajar montado la pendiente que había tras la subida en la que me detuve, eché la puñetera bici a la cuneta, tiré la cadena a una charca y continué a pie.
Por el camino me empezó a doler bastante la herida, de modo que compré agua oxigenada en la tienda de regalos del hotel. No quise preguntar sobre atención médica u hospitales; Haití no es un sitio donde la gente sensata haga esas cosas. Una vez en la habitación, me di cuenta de lo mucho que se me había hinchado la pierna. Por más que intento calmarme mientras escribo, la herida sigue preocupándome. No es que sea profunda, pero basta con saber que los dientes del soldado atravesaron la piel. En realidad sólo parece un rasguño, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que llevaba vaqueros. Además, cuando lo dejé entre los arbustos tenía los dientes normales. Me refiero a que no tenía colmillos, aunque, por otra parte, los chupasangres son capaces de esconderlos, ¿no? Es posible que me haya equivocado con el soldado. ¿Se ha enfrentado alguno a algún chupasangres que actuara como si estuviera poseído por un espíritu no humano o algo parecido? Puede que me preocupe por nada, pero... ¿y si tengo razones para hacerlo?
Por supuesto, también cabe la posibilidad de que no sea más que una simple infección. Las bocas transmiten ese tipo de males. ¿Alguien conoce los primeros síntomas de la gangrena?
No quiero morir aquí. No quiero transformarme en un fantasma o un vampiro o en el patético resultado de una plaga de espíritus. Además, si matar inocentes es la única forma de salvar el mundo, no creo que pueda seguir viviendo.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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