Exaltados y los Dauntain

Todos son enemigos de la luz, que no conocieron sus caminos, y no volverán por sus senderos.
—Job 24:13

A Jonathan aquello no le hacía ni pizca de gracia. Detestaba que le ocultaran algo, y más algo tan inusual. Y sabía lo que diría Claire si llegara a enterarse. Por suerte, no tenía ni idea. Se le daba bien mentir cuando era necesario, se dijo. Claro que tampoco hacía falta ser un mentiroso consumado para ocultar un intercambio de correos electrónicos.

Así había empezado todo... inocentemente al principio, pero enseguida la correspondencia se convirtió en mucho más de lo que hubiera podido imaginar Jonathan. Ahora, aquí estaba en un edificio entablado de la calle Queen, esperando a alguien que no había visto en su vida. Todas las personas que conocía le habrían dicho que esto era un error, que solo podía terminar mal. Había leído demasiados mensajes en Hunter-net que confirmaban sus presentimientos. Incluso había llegado a experimentar de primera mano el resultado de un encuentro similar que había salido mal. Sin embargo, había algo en su interior que le decía que corriera el riesgo.

¿Sería la voz que había escuchado meses atrás antes de darse cuenta de la existencia de las criaturas? No estaba seguro. La voz de su cabeza rara vez era tan sutil como esta. Quizá fuera otra cosa: un deseo de contribuir un poco más a los esfuerzos de los demás, en lugar de limitarse a filosofar sobre las cosas. Tenía que confesar que a veces envidiaba la dedicación de Claire. Sí, a veces eso mismo la impulsaba a cometer errores, pero al menos hacía algo. Jonathan se sentía tan impotente, sentado delante del ordenador, contestando mensajes en vez de salir y hacer lo que se esperaba de él.

Aunque también era cierto que ahora no estaría ahí si no hubiera pasado tanto tiempo frente al ordenador. Nunca habría entablado un diálogo con «Merryweather»... si es que ese era el verdadero nombre de la persona. A Jonathan le gustaba considerarse precavido. Se desvivía por mantener múltiples cuentas de correo electrónico y alternarlas cada pocos meses. Utilizaba los últimos programas de codificación que podía descargarse gratis de la Red. Pero el hecho era que seguía siendo un aficionado. Si no, ¿cómo podría haberlo encontrado Merryweather? ¿Cómo se explicaba si no que hubiera recibido un e-mail sorpresa en el que se le ofrecía «compartir información de interés mutuo»?

Ese había sido el comienzo de su relación a distancia, la que ocultaba a Claire con el mismo celo con que ocultaría a una amante secreta. Jonathan se había mostrado escéptico al principio. Esa era su actitud por defecto cuando se enfrentaba a lo desconocido. Pero fue abriéndose a Merryweather paulatinamente cuando se hizo evidente que su misterioso corresponsal sabía muchas cosas acerca del caso Scarborough. Aunque ese caso tenía desconcertados a muchos miembros de la lista, él había conseguido información de primera gracias a Merryweather. Pero incluso las habilidades de espionaje amateur de Jonathan bastaban para reconocer el peligro que suponía Merryweather. Había oído historias sobre cómo a veces las criaturas se hacían pasar por personas corrientes para ganarse la confianza de alguien... y luego lo mataban.

Por ese motivo, Jonathan había interrogado a conciencia a Merryweather. ¿Quién era y cómo sabía tantas cosas acerca de los trasgos? Y ya de paso, ¿cómo había encontrado a Jonathan? Las respuestas habían resultado ser más perturbadoras de lo que Jonathan se hubiera imaginado nunca. Merryweather, autoproclamado «observador de las hadas» —como llamaba a los trasgos—, necesitaba ayuda para expulsar a las criaturas. Afirmaba que le faltaban las fuerzas necesarias para hacerlo solo, y que por eso se había fijado en Jonathan.

No se había explayado al respecto, pero parecía que Merryweather supiera de algún modo que Jonathan no era como todo el mundo. No parecía que estuviera enterado de las voces que oía Jonathan, ni siquiera de la mayoría de las cosas a las que se habían enfrentado Claire y él en la ciudad, pero sabía lo suficiente; lo suficiente para que Jonathan comenzara a confiar en su misterioso corresponsal. Puede que «confiar» fuese una palabra demasiado fuerte, pero Jonathan no conseguía encontrar otra que describiera adecuadamente la impresión que le producía su contacto. ¿Respeto? ¿Fe? ¿Miedo? ¿Todo eso en uno? Fuese lo que fuese, era lo bastante fuerte para que Jonathan mantuviera su subrepticia correspondencia e intercambiara información lentamente.

Había llegado la hora de verse las caras.

Allí estaba, aterido y solo en el interior vacío de un edificio en una calle que creía conocer bastante bien. Frecuentaba las librerías de segunda mano de la zona en busca de textos de filosofía en griego y latín. Nunca había reparado en la decadencia que lo rodeaba. Tenía gracia, la verdad. Hacía años que las cosas no iban bien para la ciudad. Jonathan podía ver a los monstruos que se paseaban entre los humanos y sentía su corrupción, pero no se había percatado de la putrefacción, igualmente real —y completamente humana—, que devoraba el corazón de la ciudad. A lo mejor sí que pasaba demasiado tiempo sentado delante del ordenador.

El ensimismamiento de Jonathan se vio interrumpido por un sonido a su espalda. Alguien más había entrado en el edificio, pisando la misma tabla suelta que había pisado él. Por un instante, un miedo cerval se apoderó del alma de Jonathan cuando comprendió que estaba de espaldas a la única entrada y salida. ¿Y si no era Merryweather? ¿Y si Merryweather era una de las criaturas a las que temía: un farsante que le había tendido una trampa elaborada?

El miedo se arremolinó en la cabeza de Jonathan cuando se giró para ver una figura que emergía de la oscuridad. No consiguió distinguir su rostro —como si eso importara—, pero sí vio que aquella cosa no era humana. El ser que se erguía ante él era otra cosa. Jonathan vio una luz lechosa que cubría el cuerpo de la figura, envolviéndolo en un revoltijo de tonos apagados. Le recordó al espíritu que había usado el padre Stone en la iglesia, pero era algo diferente. Sin embargo, no conseguía localizar esa diferencia, y menos identificar a la criatura. Lo único que sabía Jonathan era que no era normal, y retrocedió un paso para adoptar una postura defensiva.

La criatura extendió una mano y salió a la luz.

—Filósofo, supongo —dijo, revelando un rostro humano indistinto, casi anodino, surcado de arrugas y verrugas... el rostro de un anciano. El hombre contempló desconcertado a Jonathan un momento, antes de hablar de nuevo—: ¿Qué ocurre? Pareces asustado.

Jonathan no sabía qué hacer. Podía ver que esta cosa no era humana, o al menos no completamente humana, pero no tenía ni idea de qué debería hacer. Así que hizo lo único que podía: iniciar una conversación.

—¿Merryweather?

—Exacto. —El ser asintió, sonriendo.

—Perdona, es que me has dado un buen susto.

—Lo entiendo. Este lugar le pone los pelos de punta a cualquiera.

—Entonces, ¿por qué lo has elegido?

—A modo de prueba, supongo. Quería comprobar que eras la clase de persona que esperaba que fueras.

—¿Qué es...?

—Valiente —respondió Merryweather, terminantemente—. Como ya sabes, te he estado observando a distancia desde hace algún tiempo. Estaba casi seguro de que eras el tipo de compañero que buscaba. El que hayas venido aquí da fe de ello. Tengo que decir que estoy complacido.

—¿Complacido? —preguntó Jonathan, mirando en derredor en busca de otra salida.

—Desde luego. Pensaba que ya te había explicado que pertenecemos a una especie poco frecuente; tú y yo. Visto a lo que nos enfrentamos, tenemos que permanecer unidos.

Jonathan asintió distraídamente al tiempo que sus sentidos aguzados localizaban una forma que se movía fuera del edificio, frente a la entrada. Era una trampa. No tendría que haber venido. Había sido un error confiar en alguien al que no conocía. No dejaría su vida en manos de muchas de las personas de Hunter-net... y eso que eran como él (exaltados). Pero aquí estaba, haciendo exactamente eso con una especie de ser al que no había visto en su vida. Era un idiota y se merecía lo que le fuese a ocurrir.

—Y bien, amigo, ahora que nos hemos conocido, ¿qué me dices si salimos de aquí y vamos a un sitio más adecuado para conversar?

—Claro —respondió Jonathan—. ¿Dónde?

—Eso depende de ti, pero yo recomendaría mi apartamento. Te garantizo que allí estarás a salvo. Lo evitan como a la peste.

—¿Quiénes lo evitan?

Merryweather sonrió.

—Ya sabes, las hadas. No les gusta mi presencia, y ese es el motivo por el que necesito tu ayuda. Pensaba que ya lo habías entendido.

—Que sí, que sí. Es que estoy un poco abrumado. Supongo que no sabía exactamente qué eras, si es que eso tiene sentido.

Merryweather sonrió de nuevo, enseñando esta vez unos dientes amarillos por la edad.

—Lo entiendo perfectamente. Estoy tan sorprendido como tú por haber encontrado un alma gemela, alguien que las comprende como yo. Créeme, mi corazón se alegra al saber que tengo un compañero.

Jonathan asintió mientras ambos caminaban hacia la salida. A través de las rendijas que separaban las tablas, podía ver la sombra de la otra persona que aguardaba al otro lado. Se le formed un nudo en la garganta y le costó respirar. Nunca se le había dado bien este tipo de enfrentamientos... pero esta vez se jugaba la vida.

—Después de ti —dijo Merryweather señalando la entrada.

Jonathan tragó saliva, volvió la vista atrás en busca de una escapatoria y no encontró ninguna. Soltó el aire con fuerza y se agachó para colarse entre las tablas sueltas. Se dispuso a recibir un porrazo en la nuca... pero este no se produjo. Se incorporó para buscar el origen de la sombra que había visto, ¡y se encontró con que alguien atacaba a Merryweather! Retrocedió de un salto para observar mientras el anciano era derribado. Sin dar crédito a sus ojos, reconoció al agresor: era Claire.

—¿Qué demonios estás haciendo? —chilló, mientras Claire propinaba un puntapié al cuerpo tendido de Merryweather.

—Te podría preguntar lo mismo. ¿No te das cuenta del peligro que corres?

Jonathan rechinó los dientes.

—Sí.

—¡Vete! —ladró Claire—. Me reuniré contigo más tarde.

Jonathan no volvió la vista atrás mientras se alejaba corriendo del solar hacia la boca de metro que se abría al final de la calle. Oyó cómo chocaban el metal y la madera y supo que Claire tardaría un buen rato en reunirse con él.

Una vez a salvo en el andén, Jonathan se sentó, con la dolorida cabeza entre las manos. ¿Qué había pasado? ¿Qué era Merryweather? Sin duda, sabía muchas cosas acerca de las actividades de Jonathan, pero parecía que no comprendía su propósito. Lo más extraño era que Merryweather no había intentado amenazarlo en ningún momento. Parecía pensar seriamente en la seguridad de Jonathan cuando sugirió ir a otro sitio.

El anciano era evidentemente inhumano. Jonathan había visto los colores apagados que le cubrían el cuerpo... un posible indicio de posesión, como le había enseñado la experiencia. Pero Merryweather parecía saber más acerca de los trasgos que ninguna otra persona que él conociera. Y se había ofrecido a ayudar con el caso Scarborough. ¿En qué situación dejaba eso a Jonathan ahora? ¿Quién ayudaría a esos niños? ¿Quién pondría fin a la violencia?

Jonathan levantó la cabeza y suspiró. ¿Habría sido un error reunirse con Merryweather? ¿O el error era haber dejado al anciano en manos de Claire? No lo sabía con certeza, y eso era lo que más le asustaba.

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