Cuatro Viajes a la Segunda Ciudad (Relato)

Tres hombres muertos conducían a través de Chicago. Sus motos rugían conforme aceleraban por las calles atestadas. Ramrod y sus Ghouls iban a la retaguardia dejando a gran distancia a cualquier coche tras ellos. Terror iba en medio. Al frente, Tyrus conducía a su banda a uno de los centros sindicales de la ciudad, donde los Anarquistas se reunían.

Para Tyrus, encontrarse en lugares respetables como ése era mala señal. En los viejos tiempos, el Movimiento se limitaba a edificios okupados o almacenes en ruinas. Ésos eran buenos tiempos. Ahora, muchas de las viejas caras habían muerto o se habían marchado a los desiertos. En su ausencia, los Anarquistas se fueron volviendo más duros. Esta noche, Maldavis, una de sus mayores vergüenzas, los reunía para una «discusión sobre nuestro futuro».

Así, la Manada de Lobos iba de caza. Como agentes de la Camarilla, estaban obligados a instigarles el miedo a Dios. Patearles el cráneo era sólo pura diversión.

Tyrus sacó un paquete de tabaco y un encendedor de la chaqueta. Miró a sus Ghouls.

—¿Vosotros dois tenéis clara toda esta mierda?

No recordaba sus nombres. No le importaban, Ramrod había mencionado algo de que eran hermanos, los últimos de un linaje de gente desesperada por beber su Sangre. Tyrus nunca preguntaba dónde conseguía sus Ghouls, o por qué desaparecían cada par de años. Siempre que no avergonzase a la Manada, lo que hiciera era asunto suyo.

—Sí, sí —dijo el hermano. Como su hermana, acababa de alimentarse, tenía los ojos abiertos y salvajes. Sacó una navaja automática.

—Mejor que así sea —dijo Tyrus—. Los Anarquistas son unas nenazas, pero si tienes suficientes de ellos en una habitación, se creerán que pueden enfrentarse a cualquiera.

Encendió su cigarrillo. Terror y Ramrod se estremecieron en presencia de la llama del mechero.

Tyrus dio una calada y sonrió. Treinta años y eso aún les asustaba.

—¡A bailar!

Abrió la gruesa puerta de madera de una patada, anunciando así su presencia con una nube de polvo y astillas. Los otros cuatro se precipitaron por delante de él. Uno de los Anarquistas saltó hacia ellos sólo para ser acorralado por los Ghouls. Terror contuvo a cualquier otro aspirante a héroe con una escopeta recortada. Maldavis se encontraba en la parte frontal del salón mirando a Tyrus.

Ella gruñó.

—¿Te envía Jackson?

Tyrus sacudió la cabeza.

—Estábamos por el barrio y pensamos en hacer una visita. Asegurarnos de que a nadie se le ocurre ninguna gran idea.

—Y una mierda. —Maldavis se lanzó por los escalones frente al escenario—. ¿Ante quién más podrías responder?

Tyrus avanzó para encontrarse con ella a medio camino.

—Sólo ante nosotros. —Y le echó el humo a la cara.

Maldavis no parpadeó.

—Podrías haberte marchado, como el resto de tu Clan. Así podrías luchar por algo que realmente importe.

Él se sacó el cigarrillo de la boca.

—¿Crees que me importa lo que hace mi «Clan»?

Levantó el cigarrillo hasta la altura de su cara, junto a su mejilla. Maldavis hizo una mueca.

—Soy miembro de la Manada de Lobos. Eso es todo.

Aplastó el cigarrillo aún encendido contra su propio brazo, sin romper el contacto visual.

—Sé dónde yacen mis lealtades. ¿Pero qué hay de ti? He oído…

Un disparo resonó desde arriba. Tyrus se volvió para ver a uno de los Ghouls de Ramrod golpear el suelo entre sacudidas. Su cabeza estaba abierta.

—¡Ray! —Ramrod corrió hacia los Ghouls.

Terror apuntó su escopeta hacia arriba, pero el otro tirador le dio primero. El disparo le desgarró la garganta. La escopeta voló de sus manos.

Tyrus alzó la mirada para ver a una figura en las sombrías vigas sobre él.

—¡Eh! —Tiró a Maldavis al suelo y corrió hacia el muro. Escaló hasta las vigas para ver a un hombre vestido con ropa de combate a medio camino de la salida. El hombre le examinó con ojos grises inyectados en sangre.

Tyrus se precipitó hacia él.

—¿Tienes algo que decir?

Tyrus no supo de dónde sacó el hombre la pistola, pero para cuando se había limpiado la Sangre y los trozos de cerebro de los ojos, el tirador ya se había marchado.

• • •

Los cuatro entraron guareciéndose de la lluvia y siguieron los signos a la consulta del vidente. La sala de espera era pequeña, estaba pobremente iluminada y olía a incienso de salvia.

La visita había sido idea de Nadine. Ahora Tyrus conocía su nombre. Era difícil olvidarlo tras oírselo decir a Ramrod cientos de veces en toda clase de tonos durante las últimas semanas. Después de que les ayudase a enterrar a su hermano en alguna parte de la I-80, quería hablar con su fantasma.

En un principio, Tyrus se opuso. Conocía a vampiros que podían hablar con los fantasmas. No eran buena gente. Aun así, había algo en la forma en que Ramrod hablaba con ella últimamente. Hacía incómodos intentos de gentiles promesas y manidos clichés de que «estaba en un lugar mejor». Estaba mal. Así que les llevó a la consulta de Max.

Tyrus no sabía cómo interpretarlo. Quizás Ramrod sencillamente se estaba ablandando. Puede que él también lo estuviera haciendo, siquiera por llevarlos allí. Se revolvió en el sofá, sus ropas empapadas resbalaban sobre el plástico protector del tapizado.

Max abrió la cortina que separaba su estudio de la sala de espera y la atravesó.

—Cuidado ahí, grandullón. El tobogán acuático Galura es sólo para los clientes de pago. —Y sonrió.

Tyrus no le devolvió la sonrisa. Agarró un montón de billetes mojados de su bolsillo. Estaba a punto de entregárselos cuando Nadine habló.

—¿Hablas con los muertos? —Miraba a Max con ojos esperanzados.

Tras un momento, él respondió.

—No. No es realmente lo que hago.

La expresión de Nadine se desplomó.

—Oh.

Tyrus estampó el dinero en la palma de Max.

—Nadine, es él o los Brujos.

Max contó el dinero.

—Y buena suerte consiguiendo que ellos hagan algo.

—Ahí tienes —dijo Tyrus a Nadine y luego susurró a Max—. Su hermano ha muerto. Simplemente… hazla sentir mejor.

El joven hizo un gesto al grupo para que pasase a su estudio.

—Lo intentaré.

Pidió a Nadine que mezclara una baraja de cartas de tarot y escogiera suficientes como para dibujar un semicírculo. Mientras lo hacía, Max se sentó en su silla con los ojos cerrados.

Tyrus frunció el ceño mientras Nadine revelaba las cartas. No se parecía en nada a las películas. La baraja estaba llena de imágenes de dragones voladores, forjas de hierro y esqueletos celebrantes. Max tocaba cada carta conforme se colocaba en la mesa, como si las leyese con los dedos.

—Veo un alma en paz —dijo—. Ha avanzado y perdonado.

Nadine dejó escapar un suspiro de felicidad. Ramrod le dio una palmada en el hombro. Terror y Tyrus se miraron el uno al otro, el primero con una sonrisa desconcertada.

Max continuó avanzando por las cartas y frunció el ceño.

—Veo lobos.

Tyrus alzó una ceja.

El adivino continuó.

—Han estado corriendo durante años. No saben lo cansados que están. No ven al águila vigilándolos.

Tyrus se levantó.

—¿De qué estás hablando?

—El líder de la manada cree que puede ocultarse en los bosques. Ellos siguen, pero el águila salta de árbol en árbol. —Max avanzaba por las cartas más rápido, tocando cada una—. Creen que están solos, y el líder de la manada se toma un momento para lamerse las heridas, pero el águila desciende. Y lo último que el líder ve antes de que le destroce la garganta son esos enormes ojos grises…

Tyrus golpeó la mesa con la mano.

—¡Cállate!

Max salió del trance.

—Todos vosotros estáis en peligro.

—Ajá. Eso no es nada nuevo. —Tyrus atravesó la cortina—. Vámonos, Manada. Tenemos lo que queríamos.

—¡No dejéis la ciudad! —gritó Max—. El águila va a terminar su trabajo si lo hacéis. ¡No sabéis a lo que dará comienzo eso!

—Déjala —dijo Tyrus—. Me gustaría la revancha.

• • •

Cuando Sierra Van Burrace aceptó la solicitud de la Manada de Lobos para verla, ella pidió que obedecieran el código de vestimenta de ropa moderna y de buen gusto de Asano Penthouse. Cuando finalmente llegaron al hotel, sólo Nadine y Ramrod cumplían la norma. Ella aún tenía algo de ropa buena que todavía no había vendido y permitió a su Sire usar la camisa y los pantalones de vestir de su hermano. El atuendo a cuadros de la época de la Guerra de Secesión de Terror encajaba en espíritu, aunque no en formas. Tyrus ni se molestó, llevaba el mismo cuero, cadenas y botas que siempre.

Sierra lo miró con desdén.

—No puedes seguir ni indicaciones sencillas.

—Las indicaciones son para los imbéciles —respondió Tyrus.

—Justo lo que quería oír de un Arconte. —Hizo un gesto a un asistente—. Tráenos las bebidas.

Ella los sentó a la mesa. Oyeron un coro de gritos proveniente de la habitación de al lado. Los gritos se desvanecieron hasta ser gemidos de dolor. El asistente regresó con vasos de sangre caliente, aún fresca. Puso uno de los vasos ante Nadine, que se lo bebió de un trago.

Sierra sonrió.

—¿Es nueva?

—No tan nueva —respondió ella, aún paladeando el sabor de terror que tenía la sangre—. Un par de noches.

Pese a todo su miedo de estar ablandándose, llevar a toda la Manada en su primera cacería con la recién Abrazada Nadine había sido un tremendo éxito. Fue serendipia: el coche de una familia se averió en un camino privado. Los miembros incluso confiaron en la Manada, justo hasta que soltaron a Nadine contra ellos. La ingenuidad era algo escaso a día de hoy, pensó Tyrus. Algo que atesorar.

Sierra deslizó un sobre de manila por encima de la mesa. Tyrus lo agarró y tiró de él dejando una huella aceitosa.

—Ésa —dijo ella— es la solicitud del Clan Lasombra.

Terror se levantó de la mesa con la mano en su escopeta.

—¡¿Lasombra?!

En torno a Sierra, serpentearon sombras pared arriba y a través del techo. Tyrus agarró a su amigo y lo devolvió de golpe a su asiento.

—¡Calma, calma! —Odiaba admitirlo, pero ésta era una pelea que no se podía permitir empezar.

La habitación regresó a la normalidad.

—¿Él no lo sabía? —preguntó Sierra.

—No, le tenía a oscuras —dijo Tyrus—. Sin doble sentido.

Terror la miró.

—He tenido malas experiencias con las sombras.

Tras un momento para recuperar la compostura, Sierra continuó.

—La solicitud describe lo que esperamos aportar a la Camarilla, y lo que hemos hecho para ganarnos nuestro lugar. Confío en que se lo hagas llegar al Príncipe lo antes posible para que podamos comenzar las negociaciones.

—Descuida, lo recibirá. —Tyrus olisqueó la sangre del vaso. Era lo bastante humana. Tras un sorbo dijo:— ¿Sabes? Es gracioso.

—¿El qué?

—Los Lasombra lo tenían todo en el Sabbat. Si estas negociaciones se joden, no obtenéis nada. Si no os conociera mejor, diría que os habéis precipitado con esto. Diría que estáis huyendo de algo.

Sierra tomó su vaso vacío.

—Puede que estés en lo cierto.

• • •

Dos hombres muertos hablaban en un muelle. Después de que Tyrus terminase su informe, el Príncipe Kevin Jackson se mantuvo en silencio durante largo rato. Escuchaban el sonido del agua lamiendo la playa.

—¿Sabes cuál es tu problema, Tyrus? —dijo entonces el Príncipe.

Tyrus estiró la espalda.

—Soy demasiado guapo.

—Jodes las cosas —dijo Jackson—. Actúas como si nada hubiese cambiado, y eso nos pone a todos en peligro.

—Eh —dijo Tyrus—. Si quieres mantener la paz, a veces tienen que reventar algunos cráneos.

—Eso es a lo que me refiero. Aún crees que tu banda es lo único que mantiene la paz, así que revientas un encuentro Anarquista donde yo ya tenía gente y luego te das la vuelta y contrarias a la persona con quien te he pedido hablar.

Tyrus se rio.

—Sólo estábamos haciendo las preguntas que necesitaban hacerse.

—¿No crees que yo ya las estaba haciendo? —El Príncipe Jackson agarró a Tyrus por el hombro y lo acercó a él—. Es el siglo XXI, Tyrus. Mantenemos el orden, pero queremos mantener a todos a salvo mientras lo hacemos. ¿Crees que estás manteniendo a todos a salvo?

—Bien. —Tyrus se levantó—. Entonces será mejor que vuelva con la Manada. No vaya a ser que jodamos nada, ¿verdad? A crear inseguridad.

Jackson hizo un gesto para que se sentase.

—No había terminado. Tengo un trabajo para ti.

—¿Oh?

El Príncipe le tendió la imagen de un sonriente joven negro.

—Es uno de los nuestros, pero está buscando mudarse a Seattle. No ha viajado antes y ese viaje es más que simplemente ir a Milwaukee. Necesitará protección y vosotros vivís en la carretera.

Tyrus giró la foto en sus manos.

—Siempre quise ver los bosques.

Jackson enarcó una ceja.

Tyrus sonrió.

—No te preocupes por ello. Simplemente pensaba en algo que oí tiempo atrás. Le diré a la Manada que se prepare.

Jackson asintió. El Príncipe se alejó caminando del muelle, escoltado por sus guardias. Tyrus permaneció allí. Fumó un cigarrillo y vio como el lago Michigan brillaba a la luz de la luna.

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