Concepción no parecía un monstruo. Era muy pálida, hasta para una mujer blanca, pero tenía las yemas de los demos y los labios agrietados y sus ojos mostraban inseguridad y miedo. Si no hubiera visto al demonio en su interior, nunca lo había sabido. Pero lo vi. Bajo la mirada de Cristo, en lo alto del Corcovado, he visto a los diablillos del Demonio en acción.
Me llevó algún tiempo ganarme su confianza, pero su alma humana era todavía fuerte y todavía podía combatir el diablo que se había introducido en su interior. Me dijo que la había tomado una criatura que admiraba sus esculturas. El hombre la había hipnotizado con su diabólica hechicería y la había obligado a beber su corrompida sangre.
También me habló del hambre, el deseo de sangre que la empujaba hasta las chozas de las favelas, al pie de las montañas. Allí, lo sabía, podría encontrar víctimas a las que nunca se echaría en falta. Contra su voluntad, contra su criterio, contra su sentido del bien y del mal, se alimentaba entre los más pobres de Río. Dijo que el hambre la había convertido en un monstruo, como a todos los demás.
Yo le dije que no.
No eres como todos los demás, le dije. Tú sabes que lo que estás haciendo está mal. Todavía tienes un corazón humano y mientras lo tengas, podrás arrepentirte. Y mientras puedas arrepentirte, podrás salvarte.
Me creyó.
Alquilamos una habitación de hotel para realizar el exorcismo. Parecía más seguro. Sus semejantes conocían su casa y yo no quería que descubrieran la mía. El recepcionista me guiñó el ojo. Sí, un hombre negro y una mujer blanca que alquilan una habitación de hotel. Seguro que creía saber lo que estaba a punto de suceder. ¿Pero cómo podría él saber nada de la obra del Señor? ¿Cómo podría saber nada del Beso de Cristo?
Cuando mis labios tocaron los suyos, pude sentir la sangre contaminada y agria de su interior, el sustento robado que alimentaba a su demonio. Tiré de ella, la atraje hacia mí y mientras lo hacía, pude sentir cómo cambiaba la sangre del pecado, como se transustanciaba por mis venas la sangre del Cordero. El poder de Cristo se inflama en mi interior, llenándome de un gozo que ningún beso humano podría siquiera igualar.
Naturalmente, el demonio se resistió. Concepción había insistido en que la atara a la silla por mi propia seguridad. Era muy sabia. El diablo me maldecía y blasfemaba, con los ojos rojos como carbones ardientes. Sus colmillos atravesaban su propia carne. Pero no era rival para el poder de Dios. Con sólo una palabra, una orden respaldada por el poder de la Palabra Viviente, desbaraté su cólera y la obligué a retirarse, acobardado.
Concepción tenía un aspecto horrible. Sus mejillas se habían hundido y hasta sus labios estaban pálidos.
- Estoy hambrienta - dijo sencillamente-. No puedes imaginarte lo hambrienta que estoy.
Le pedí que fuera fuerte, que trocara su hambre por sed de justicia.
- Por favor - dijo. Y entonces se detuvo.
Le pregunté si quería que continuara, si era su voluntad ser salvada por Cristo. Temblando, asintió. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y abrió levemente la boca.
Mi segundo beso le arrebató hasta el último rastro de sangre corrompida.
Cuando abrí los ojos, los suyos estaban también abiertos. Moví los labios pero ningún sonido salía de su boca.
Ojalá ella hubiera podido vivir. Cristo no me había concedido ese poder. Pero había salvado un alma de la condenación eterna y ese era para mí milagro suficiente.
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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR
"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."





















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