Parte 01: La Decisión de los Shih

Yi vagó durante cinco años y descubrió mucho más sobre las criaturas que vivían entre los hombres y que se alimentaban de ellos como si fueran mero ganado. Aprendió a montar a caballo con los bárbaros Chou al oeste de su hogar, y vivió entre ellos para no enfrentarse a su propia gente. Combatió a los shen en algunas ocasiones, pero solo lograba herirlos antes de tener que escapar para salvar la vida.

Entonces llegó a un templo acosado por los demonios. El lugar era distinto a tantos otros que había visto: su mirada de halcón no detectó ninguna de las señales que marcaban la presencia de los shen. Los atacantes, hediondas criaturas arácnidas, querían beberse la sangre de los moradores del templo y casi habían derribado las barricadas defensivas. Yi estaba agotado por el viaje y su espíritu estaba prácticamente vacío, pero decidió hacer todo lo posible por ayudar a aquellos sabios; creía que había llegado el momento de su muerte y sabía que podría marcharse haciendo algo útil.

Desenvainó su espada y lanzó un grito de guerra mientras cabalgaba hacia los shen. Se preparó para morir, convencido de que su sacrificio conseguiría expiar en parte el pecado de su familia. Sin embargo, mientras volaba hacia el enemigo, los dioses le tocaron la frente. El tiempo fluía de forma diferente para él, y lo que parecía una hazaña imposible se tornó de repente mucho más sencillo de lo que hubiera podido pensarse. A pesar de todo, la batalla fue dura y sangrienta. Los shen le atacaron una y otra vez y él devolvió el favor con ferocidad sobrehumana. Cuando todo terminó los demonios habían muerto, y Yi apenas seguía con vida.

Se derrumbó exhausto, y hubiera fallecido de no ser por los sabios, que cuidaron de él, restañaron su cuerpo y sanaron su espíritu. Le contaron a su salvador su estilo de vida y él les habló de su pasado. En el transcurso de estas enseñanzas, Yi comprendió que lo que había hecho su padre era lo correcto: había salvado a su pueblo de los demonios negociando con ellos. Los shen eran, como descubrió, parte del orden natural tanto como las tormentas que a veces destruían ciudades, o las sequías que vaciaban los ríos del sur y dejaban a los granjeros sin arroz durante la cosecha.

Tras descubrir esta verdad, Yi meditó el asunto durante un año en el que también estudió la filosofía de los monjes. Después se acercó al más anciano y sabio y le hizo una sencilla pregunta: "Si los shen son tan imparables como la tormenta o los vientos que secan la Tierra, ¿Cómo fui capaz de derrotarlos cuando atacaron el templo?"

"¿Cómo sabe el sol cuándo ponerse?", respondió el monje. "Algunas cosas simplemente son. Eres un hombre virtuoso y tu causa es justa. Quizá ese sea el motivo de tu supervivencia. Por cada Yin existe un Yang, igual que hay una primavera para compensar el otoño".

"Yo soy un solo hombre y hay muchos shen". Yi observó al anciano y aguardó su consejo.

El monje dijo, "Entonces deberás encontrar a otros hombres virtuosos para que te ayuden a acabar con los demonios".

Yi sonrió y se sintió extraño, pues aquel había sido un gesto ajeno desde hacia años. "¿No son tú y tus hermanos hombres virtuosos?" Preguntó.

El monje se quedó sin respuesta por primera vez desde que se conocieran. Guardó silencio durante mucho tiempo pero Yi esperó pacientemente, ya que comprendía que su pregunta no era sencilla. El anciano terminó asintiendo y los demás monjes estuvieron de acuerdo. A lo largo de los meses de entrenamiento que siguieron, los Shih tomaron su decisión.

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LA CRÓNICA DEBE CONTINUAR

"No dejes que el olvido reclame este conocimiento. Ancla este grimorio a tu dispositivo móvil antes de que el sol naciente lo consuma."