Aunque se trataba de un guerrero capacitado, su padre no creía que tuviera la madera necesaria para ser un gran líder, por lo que lo envió a recaudar impuestos del pueblo y a que informara de todo lo que viera. El padre de Yi comprendía a su hijo mejor que la mayoría, y sabía que el muchacho estudiaría cada detalle que observara.
De esto modo Yi recibió un objetivo importante, mientras su padre aprendía más que con una decena de observadores. Con lo que no contaba era con que Yi viera más de lo que se esperaba. El padre del joven era un buen hombre, pero estaba muy influido por los Kuei-jin. No cumplir las órdenes de sus maestros significaba la destrucción de su familia, algo que no podía permitir. La prosperidad estaría con él mientras siguiera obedeciendo, y amaba demasiado a los suyos como para hacerles daño.
A medida que pasaba el tiempo, el muchacho vio a los shen tejiendo sus magias sutiles. Recorrió aldeas en las que se temía a los licántropos y conoció lugares habitados por los muertos. Vio los cadáveres de las víctimas de los Kuei-jin cuando éstos estaban hambrientos y la altanera indiferencia de los soldados que trabajaban para su padre. Informó de todos estos descubrimientos y pidió permiso para reunir un ejército y marchar a la batalla. La petición fue rechazada, y en la intimidad de los aposentos de su padre descubrió el vergonzoso secreto de su familia y de todos los nobles de la dinastía. Incapaz de creer que su progenitor no solo conociera aquellas cosas, sino que las condonara, el tranquilo Yi alzó furioso su voz y le tachó de cobarde. El daimyo no podía permitir aquellas palabras, aunque procedieran de su propio hijo.
Yi fue exiliado de su hogar con solo un pequeño carro, su armadura y sus armas. Furioso, humillado y herido por la maldad de su padre, hizo lo que muchos otros en tiempos de crisis: buscó el consejo de las fuerzas superiores.





















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